Twist and shot

19 abril 2018

Viajera en casa

“Teníamos mucho por recorrer; pero no importaba. El camino es la vida”. Cerró la novela de Jack Kerouac y a continuación los ojos. Se vistió, pues estaba medio desnuda en el salón de su casa, y decidió salir. El calor había llegado sin previo aviso, pero sabía que sería así, aunque suene paradójico. Las estaciones, como tantas otras cosas, se van radicalizando año tras año y se van dejando de tibiezas, para tristeza de los que amamos la primavera y el otoño. Ahora ya todo es invierno o verano. Y parecía que el verano este año llegaba en abril. Concretamente el día 20.
Ella comprobó que la calefacción estaba apagada e imaginó que ya no volvería a encenderla hasta dentro de seis meses, quizá más. Esa idea le causó cierta desazón, pues se imaginó a sí misma dentro de seis meses y le pareció una cantidad de tiempo enorme. Todo podría pasar de ahora a entonces, sobre todo cosas que ni siquiera podía llegar a imaginar, pues así solía ser su vida, sorprendente e impredecible.

Con este pensamiento rondando aún por su cabeza salió a la calle. Echó a andar sin rumbo fijo con ese pudor extraño de sentir las piernas libres de ropa en público por primera vez después de tantos meses ocultas. A la potente luz del sol se veía la piel blanquísima y a ella le gustaba estar morena. Calle abajo, por sorpresa, se encontró con un viejo amigo. Estudiaron juntos en la Universidad, pero no habían vuelto a verse. De hecho ella en un primer momento no le reconoció, fue él quien lo hizo. Y los recuerdos brotaron como un torrente incontenible.

En mitad de la calle se vieron a sí mismos muchos años atrás y no les costó ni un minuto hacerlo. Ella lo recordó como un tímido interesante. Tenía un grupo reducido de amigos y no salía de él. Sin embargo, cuando sus miradas se cruzaban en el aula, en mitad de alguna clase, él no la bajaba. Al contrario, normalmente ponía una mueca rara, súper graciosa, o le sacaba la lengua. A ella eso le encantaba. Por supuesto no había vuelto a pensar en ello hasta ahora, que volvía a causarle el mismo sentimiento de simpatía hacia él.

Después de charlar sobre aquellos momentos comunes empezaron a hacerlo sobre los que cada uno vivió por su lado al terminar la carrera. Resultó que él no había dejado de viajar, trabajando para distintos organismos internacionales. Ella asentía como dando a entender que conocía todos los nombres que él le citaba, pero la realidad es que sobre algunos de ellos no habría podido decir absolutamente nada y esperaba que el nivel de la conversación no se elevara demasiado en ese tema, porque se notaría que no era capaz de seguirlo.

Afortunadamente la charla se desvió más hacia los destinos que hacia los trabajos y eso le relajó. Él había vivido en Noruega, un país que ella aún no conocía, pero que soñaba con visitar. También había estado unos años en Nigeria, país que sin embargo a ella no le decía nada en especial. Y por último, en Colombia. Ahí sí había viajado ella también, por lo que pudieron hablar de sus ciudades, de sus playas, de su gente, tan sociable que parecía que llevaran el sol dentro, de las sonrisas tan luminosas que tenían. Colombia…

El móvil vibró dentro de su bolso y tras ver el mensaje que le enviaban el reloj se iluminó y se dio cuenta de que habían estado hablando más de una hora. Ninguno dijo nada de ir a otro lugar a seguir charlando, ni mucho menos de verse otro día. Ahora que lo piensa le parece raro, pero a ninguno se le ocurrió intercambiar los números, no tuvieron intención de volver a estar en contacto y estaba bien así.

Se despidieron con dos besos y sendas sonrisas y empezaron a andar en direcciones opuestas. Ninguno de los dos se giró a mirar al otro.

Ella volvió a su casa, dejó las llaves en el mueblecito de la entrada y miró a su alrededor. Todo su salón estaba lleno de recuerdos. Recuerdos, que no souvenirs, de viajes en los que había sido feliz. Hacía años que no viajaba. ¿Cuándo fue la última vez que subió a un tren o a un avión? Uf, tendría que pensarlo, no lo recordaba. Sin embargo sus viajes vivían allí, con ella. La vida no le había tratado tan bien como a su compañero de carrera. Ella empalmaba un trabajo precario con otro desde hacía ni se sabe y ya se había acostumbrado a ello. Se dio cuenta entonces de que vivía de recuerdos, ellos la mantenían en pie y así tendría que seguir siendo hasta que las cosas le fueran mejor.

Acercó una silla al armario y se subió en ella para llegar al altillo. Encontró en él una vieja hamaca, traída precisamente de Colombia un millón de años atrás. La enganchó en mitad del salón; no fue fácil, nunca ha sido muy mañosa y le llevo media tarde. Pero una vez lo hubo conseguido se tumbó en ella a soñar con sus viajes futuros sin miedo a caerse. Sabía que aguantaría.

Foto y ©: Kinga Cichewicz


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10 abril 2018

En un café con vistas a la lluvia

Últimamente pienso mucho en el clima. En las lluvias que no cesan, en el viento que te desordena el pelo y junto a él la cabeza entera, dando lugar a los pensamientos más irracionales o salvajes. Escribo desde un café con vistas a la lluvia. A través del enorme cristal transparente, que parece llorar con las gotas recorriendo su rostro de arriba abajo, solo hay agua. Los edificios de en frente, señoriales, pues me encuentro en un barrio de postín, se reflejan en los charcos de la acera, dando lugar a imágenes simétricas que me gusta contemplar. Nada se mueve, hasta que pasa un coche y la mitad de esas imágenes tiembla asustada y va buscando de nuevo poco a poco la estabilidad, hasta que el agua del charco vuelve a estar en calma y lo consigue.

También pasa alguien muy de vez en cuando. Una señora mayor paseando a un perrito pequinés, calado hasta los huesos, pero aparentemente feliz. Un chaval con su patín al que le da lo mismo que truene o que brille el sol. Y ahora una pareja joven, bueno, no tanto, tendrán lo que se conoce con el terrible nombre de “mediana edad”. Caminan muy juntos, a toda prisa, cogidos del brazo y llevando ella el paraguas que comparten.

Decía que estos días pienso mucho en el clima. Y es así, porque el invierno está siendo tan largo, las lluvias tan intensas y seguidas, que empiezo a estar segura de que intenta decirnos algo. Y voy más allá en un arrebato de locura originado sin duda por el viento; creo que el mensaje que nos quiere transmitir es incluso personalizado. Aquí, con mi taza calentándome las manos, viendo pasar la tarde y oyendo el ruido de la cafetera italiana competir con el del diluvio, me pregunto en qué consistirá mi mensaje.

Tengo alguna idea, pero ninguna certeza. De todas formas, al cuerno, a quién le importan a estas alturas de la vida las certezas.

El caso es que llevo un tiempo esperando una noticia. Una sola. Muy concreta. Recibirla puede ser muy fácil o muy difícil, incluso imposible. Pero no llega. Y los días cada vez son más largos, pero también más grises. Algunos llevo la espera mejor, otras me desespero y no sé qué hacer. Mientras tanto solo llueve y he descubierto que empiezo a amar la lluvia. Antes la detestaba, pues soy como tantos otros carne de ciudad, y para nosotros resulta básicamente molesta. Ahora, por algún motivo desconocido, ya no es así. Ahora me da igual mojarme, incluso me gusta. No quiero que salga el sol, ni que llegue el verano, ni ponerme un vestido de tirantes. Necesito que siga lloviendo hasta el infinito. Porque el agua me acompaña en esta espera que presiento eterna.

De repente, al otro lado del cristal surge un arcoíris doble. También se refleja, algo tímido, en el enorme charco del suelo. Me recuerda a aquella frase tan manida, esa de que para ver la belleza del arcoíris primero tienes que soportar la lluvia. Y justo cuando pienso en ello el arcoíris desaparece. Ha sido solo un espejismo.

Me giro a la derecha, porque noto que alguien me está mirando. Sí, ahí está. Un hombre impávido, de mediana edad, como también supongo que soy yo, no se corta y tiene su mirada clara clavada en la mía mientras saborea un té con hielo o algo así. Trato de sostenerla, pero gana él y la aparto en seguida. Unos segundos después vuelvo a intentarlo, pero me vuelve a ganar. Me levanto y me dirijo a la barra a rellenar mi taza de café. Cuando regreso a mi sitio encuentro una nota claramente dirigida a mí. La leo. “La suerte es una flecha lanzada a quien menos la espera”. Busco al hombre que estaba a mi derecha, pero ya no está allí. Sin embargo sí me sigue mirando. Ahora lo hace desde el otro lado del cristal; me sonríe levemente y se va.

Foto: Curt Kennedy


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2 ComentariosEnviado por: Sandra Sánchez

2 abril 2018

Sueño de amor

Le conoció hace poco tiempo, apenas unos meses atrás. Pero este pensamiento le resulta muy extraño, porque su concepción del tiempo respecto a él va por un camino completamente distinto al que marca el calendario. Para ella estos meses han condensado un siglo entero, pues se le hace difícil recordar la vida antes de él.

Apareció como suelen aparecer las personas que nos dejan huella, por sorpresa. Y se hizo un sitio en su corazón del mismo modo, sin pedir permiso. Hablaron durante horas, compartieron lecturas, música, recuerdos, pero sobre todo sentimientos.

Ella acaba de leer, este mismo fin de semana, en El País, una entrevista interesantísima a un neurocientífico, Antonio Damasio. En ella decía que hoy en día no se da suficiente valor a los sentimientos. Vivimos en la sociedad de los códigos, los algoritmos, la tecnología, que en teoría está al servicio de las personas, pero que es fría como el hielo. La inteligencia artificial, ese raro oxímoron que según el entrevistado jamás podrá compararse a la inteligencia humana. Porque no puede separarse el intelecto del sentimiento y nunca un ordenador podrá sentir.

A ella le gustaría hablarle de esta entrevista, de lo que le ha hecho pensar, porque ella se pasa la vida pensando. Pensando y sintiendo, dejando latir su corazón al libre albedrío y analizándolo después, cuando la felicidad o el daño ya lo habitan.

Pero no puede hacerlo. Porque él no aparece por ninguna parte. Tal como vino se fue, la tarde de un domingo soleado, como si el tiempo quisiera burlarse de ella, de su estupor, de su fragilidad, de su tristeza. Sentimientos que fueron sucediéndose uno tras otro hasta que el último se instaló en su alma, sin que ella pueda hacer nada por expulsar a ese okupa indeseado. Si acaso algún día nota la melancolía algo mitigada, pero basta que se dé cuenta de ello para que al instante recupere su intensidad.

Él le regaló un sueño de amor y le habló de Franz Liszt, el compositor más popular del siglo XIX, que provocaba una auténtica locura entre su público, siempre ansioso por verle, por tocarle tras sus conciertos, por hacerse con alguna reliquia, uno de sus guantes de pianista, la cuerda de alguno de sus instrumentos… algo que conservar de tan brillante artista. Tal fue la pasión desbocada de sus admiradores que el poeta Heinrich Heine confirmó que había nacido una nueva enfermedad, a la que llamó “Lisztomanía”.

Ella ahora también se siente enferma y pasea sola por las calles de Budapest, donde cree que él puede estar. Imagina que se encuentran y que él le explica el motivo de su desaparición. Un motivo razonable que a ella se le habrá pasado por alto, porque ha pensado en las razones más trágicas y absurdas posibles, pero que tendrá sentido, será fácil de comprender y pondrá todo en su lugar.

Se sienta en terrazas vacías y mira alrededor por si él apareciera. Extiende sus manos de pianista, que se saben huérfanas, y trata de no imaginarse nada más. Solo espera y espera, confiando en que aquel regalo que él le hizo no se quede en un sueño. Aunque el sueño fuera de amor.

Foto y ©: Tanja Heffner


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2 ComentariosEnviado por: Sandra Sánchez

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