Twist and shot

20 marzo 2019

El día de la felicidad

Dolor de cabeza inasumible, andares cautelosos, sombras oscuras. Nada parecía ir bien esa mañana, y sin embargo, en la radio decían que era el día de la felicidad. Camino del trabajo solía escuchar una emisora musical, pero hoy había optado por las noticias. Todas eran malas. Y sin embargo, al finalizar el boletín de las 8, el locutor comentó, como si de una broma macabra se tratara, que era el día de la felicidad.

Tocaba, por lo visto, ser feliz. Pero, ¿ser feliz todos a la vez? ¿Y con la misma intensidad? ¿Qué le sucedería al mundo si eso fuera posible, si de hecho ocurriera? El caos se apoderaría de nosotros, pensó, Sonia; era una pesimista de libro.

La migraña no le dejaba vivir. Debería haberse quedado en casa, haber llamado a su jefe, ese que al mínimo dolor de garganta causa baja, para decir que no iba, que se encontraba fatal. Pero no lo hizo y ahí estaba, camino de la oficina, viéndolo todo borroso. En un momento dado se agarró a una farola y cerró los ojos. Entonces, empezó a llover. Una lluvia fina y persistente, de las que cala hasta los huesos sin que te des cuenta. Era raro, juraría que antes brillaba el sol y no había una nube en el cielo. Sin embargo notaba perfectamente cómo las gotas entraban en sus poros, frías como hojas de cuchillo. Haciendo un gran esfuerzo abrió los ojos y miró hacia arriba. La lluvia salía de la farola. Concretamente del espacio en el que debía estar la bombilla.

Desnortada del todo, miró a su alrededor. Y vio gente como ella. Personas agarradas a farolas que llovían sin parar. Casi todas temblando y con los ojos cerrados. Algunas abrazadas a esos gigantes de metal como si fueran botes salvavidas en medio de un naufragio.

Esas personas seguramente también habían escuchado por la radio o leído en algún periódico digital que era el día de la felicidad. Y se habían sentido derrotadas, porque eso les había hecho pensar que ellas no eran felices. Las farolas… un momento, también los árboles, eran el refugio de los infelices. De aquellos que no tienen a quién abrazar. Y por eso tanto unas como otros, alcanzados por la empatía, lloraban sobre esas personas, compadeciéndolas, mojándolas hasta lo más profundo, compartiendo su dolor.

Sonia empezó a comprender. Los infelices del mundo eran muchísimos y todos estaban allí, invisibles para el resto. Ahora ella era una de ellos y quienes eran invisibles eran los alegres, esos a los que todo les iba bien. Tenía que salir de esa situación como fuera, pero su farola no dejaba de llover. Pensó en poner la radio de nuevo, buscar algo de música vital y desenfadada, sintonizar una radiofórmula quizá. Se resistía contra la tristeza, tenía que escapar de ella costara lo que costara y mientras luchaba internamente la cabeza le empezó a dolerle menos. Cerró los ojos y al otro lado de los párpados parecía brillar de nuevo el sol. No era un día perfecto, ni mucho menos. Pero ya casi no llovía y le importaban un pimiento los mensajes absurdos que algunas mentes maquiavélicas quieren que las personas de a pie compremos. Ella sería feliz cuando le diera la gana. Bueno, o cuando pudiera. Pero no porque se lo dijera un señor por la radio. Al llegar al trabajo la migraña había remitido casi por completo. Su compañera le dio los buenos días y le dijo: “Hey, ¿sabes que esta noche empieza la primavera?”

Foto: Issara Willenskome


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26 febrero 2019

Dos emociones posibles

A bordo de un avión hojeaba despreocupada la revista de la aerolínea que le traía de vuelta a casa y entonces comenzaron las turbulencias. Miró a su alrededor y comprobó que el resto de pasajeros dormía plácidamente. Alba, sin embargo, estaba más despierta que nunca. Envidiaba a las personas que eran capaces de dormirse en cualquier parte, para ella era algo simplemente imposible. Vino a su cabeza, de repente, una frase de Orson Welles. Divertida y macabra a la vez: “En los aviones solo existen dos emociones posibles, el aburrimiento y el terror”.

El vuelo desde entonces fue movidísimo, una tortura para sus nervios, ya de por sí poco templados. Cuando por fin la nave pisó tierra firme, mientras la gente se desperezaba ella ya estaba con el abrigo puesto y el bolso colgado en la puerta delantera, dispuesta a salir de allí la primera. Malditos aviones, cada vez le daban más miedo.

Un viaje es una aventura, es conocerte a ti mismo, no importa el destino, sino lo que vives al llegar a él… Cuántas frases hechas, lugares comunes sobre los viajes. Alba había hecho el suyo por trabajo y afortunadamente ya estaba de vuelta en casa. Nadie la esperaba en el aeropuerto y eso le extrañó. Después de tres escalas y casi un día entero en el aire habría sido agradable encontrar un alma amiga que le llevara a su hogar. Se acercó a la parada de taxis, pero nada, estarían en huelga. La ciudad parecía fantasma y hacía más frío de lo habitual para esa época del año. Empezó a respirar algo raro en el ambiente.

Cada ciudad tiene su aroma, un olor propio, difícil de describir con palabras, pero que identificas al instante. Y el olor de su ciudad había cambiado. Caminó hacia una parada de tren mientras el frío se hacía más y más intenso. Los pasajeros que iban con ella en el avión la rodeaban, caminando como autómatas hacia la estación de tren. Allí, en el andén, el pánico se apoderó de Alba. Se quedó paralizada. Los carteles eran los de siempre, pero el nombre de las paradas eran del todo desconocidas. Nada tenía sentido ya. Miró a su alrededor y la gente parecía no notar nada extraño. Esperaban pacientes y abrigados a que llegara algún tren. Miraban sus móviles, la vida parecía estar en orden para ellos.

Se puso su chal de cuadros por la cabeza, menos mal que era de lana y siempre lo llevaba consigo por si acaso; nunca lo había necesitado tanto como entonces. Llegó un tren. Los altavoces anunciaron su llegada en un idioma que ella ni hablaba ni entendía. El conductor bajó de su cabina e indicó a los que allí esperaban que subieran en orden a los distintos vagones. Así lo hicieron, sin protestas, sin empujones, sin ruido, sin palabras.

Un viaje puede decir tanto de nosotros como no viajar. Y Alba decidió no subirse a ese tren. No dejarse llevar por la corriente, quedarse quieta hasta que pudiera entender algo de lo que estaba sucediendo y solo entonces actuar. Vio cómo los que habían sido sus compañeros de viaje la miraban impávidos desde las ventanillas mientras el tren se alejaba. Se había quedado sola. Y encima empezaba a nevar.

Foto: Yns Plt


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13 febrero 2019

13 de febrero de 2013

Hoy cumple seis años el pequeño blog, como me gusta llamarlo. Un blog íntimo en una revista grande. En este tiempo han pasado tantas cosas, tantas que es imposible recordarlas todas, ni aun intentándolo. Me pareció entonces, en febrero de 2013, que empezar un día 13 (no me acordaba de si era martes y lo he buscado en el calendario; no, era miércoles, como hoy) solo podía traer buena suerte. Y creo que sí lo hizo, pues aquí estamos, seis años después.

Echo la vista atrás y me doy cuenta de que gracias a él he conocido a personas encantadoras, que a día de hoy se siguen sumando, dejando sus comentarios al principio en Twitter y en Facebook y ahora sobre todo a través de Instagram. También gracias a él me lancé a escribir mi primer libro (ojalá el blog llegue a ver el tercero), cuyo germen nació aquí, en estos relatos. De hecho el primero que publiqué ese día 13 y que titulé ‘El futuro es hoy’ ya no está aquí, me lo llevé al libro.

En fin, un montón de recuerdos asociados a este espacio y todos ellos buenos, ninguno malo. Escribir te hace una compañía increíble, te ayuda a exteriorizar cosas que necesitan ser aireadas aunque no lo sepas, te ayuda también, quizá justo por eso, a conocerte más a ti misma, a identificar tus miedos, tus intereses, tus preocupaciones, los detalles que forman parte de ti.

En este último año, del quinto al sexto, han pasado multitud de cosas, ha sido algo asombroso. Ya no trabajo en la empresa editora de Elle, pasé allí muchísimos años, casi todos los de mi vida laboral. En agosto emprendí un nuevo camino, pero este blog al que tengo tanto cariño sigue haciendo las veces de lazo con aquel lugar y con aquellas personas con las que conviví de 10 a 17 h durante todo ese tiempo. Esta tarde estaba un poco desanimada, porque había tenido un mal día en mi trabajo actual. Básicamente extraño a mis antiguas compañeras. Y de repente, ya en casa, he recibido un whatsapp. Era de una de ellas, muy querida, con la que más tiempo pasé mesa con mesa. Llevábamos creo que más de un mes sin hablar, seguramente desde que nos felicitamos el año nuevo. Y me decía que la gente allí me recordaba y que le preguntaban por mí. A veces cuando necesitas algo, un detalle mínimo, pero importante, ese algo llega. Y eso también me lo ha demostrado muchas veces este blog. Por otros seis años más, o los que quieran venir. Gracias por seguir ahí, al otro lado, que en realidad es el mismo.

Foto: Ramille Soares


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