Twist and shot

16 marzo 2021

El gran día

Llevaban meses… años planeando aquel día. Estaban seguros de que haría buen tiempo, aunque eso era ni más ni menos que un acto de fe, ya que en primavera puede pasar de todo. Desde nieve hasta temperaturas veraniegas. También tenían claro que mucha gente los acompañaría y compartiría su felicidad. Los imaginaban vestidos de gala, con sus mejores sonrisas y las ganas de pasarlo bien a punto de nieve.

Todo sería perfecto. Habría una pequeña ceremonia en la playa, a media tarde, antes de que el sol empezara a caer. Irían descalzos en la arena, sintiendo la calidez de la misma bajo sus pies. Y después comenzaría la fiesta. Un banquete al aire libre en el que todos comerían y beberían en un buffet delicioso que habían seleccionado al detalle; y charlarían y bailarían hasta que se cansaran. Habían pensado en la música que sonaría aquella tarde/noche, casi desde la primera canción hasta la última. Sería perfecto, no había margen para la improvisación o el error.

No contaron con algo básico, que la vida es puro azar y si crees que la controlas ella aprovecha la ocasión y te demuestra lo contrario.

Una semana antes de la fecha esperada el parte meteorológico anunciaba tormentas. Era probable que las playas se cerraran al público ante las previsiones de fuerte oleaje en la costa. Los teléfonos de ambos comenzaron a sonar, recibiendo llamadas de cancelación. Muchos de los invitados no acudirían. Pusieron excusas de todo tipo, que si las carreteras, que si los vuelos, que si el tiempo… Pero eso, que no irían.

La empresa del catering no quiso ajustarles el presupuesto. Aunque fallaran gran cantidad de asistentes, todo estaba ya encargado y había que pagarlo sí o sí. Él tenía todo el tiempo cara de póker. Ella no pudo aguantar el tipo y el día antes de la gran fecha se vino abajo. Lo que habían planeado con tanto mimo, lo que les había llevado meses y meses concretar, cada detalle, cada sueño que creían que iba a cumplirse, se iba cayendo como un castillo de naipes, hasta quedarse en nada.

El día en cuestión amaneció nublado. Genial, masculló ella aún desde la cama. Se pensó mucho si quedarse allí tumbada tapada por completo con el edredón o levantarse y acabar con aquello cuanto antes.

Optó por lo segundo. Se arregló y al verse tan guapa frente al espejo, comenzó a animarse por instinto. Se dirigió hasta la playa acompañada por su padre y al llegar el sol ya se había deshecho de las nubes. Lucía espléndido. Él la esperaba con cara de felicidad. Entre los invitados, los mínimos, los justos, los imprescindibles.

La ceremonia comenzó y fue preciosa. Después, la fiesta dio comienzo, disfrutaron mucho más de lo que habían imaginado unas horas antes. Bailaron hasta perder la noción del tiempo. Y se rieron de toda la comida y la bebida que había sobrado, decidiendo que la donarían al día siguiente a un comedor social. En un momento dado de la noche, ella se detuvo y miró a su alrededor. Nada era como había ideado, como había soñado. Era mucho mejor.

Foto: Caroline Hernández


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8 marzo 2021

Una mujer va a la oficina #8M

Una mujer va a la oficina un lunes cualquiera de una semana cualquiera. Es invierno y cuando llega aún es de noche. Se quita su bufanda, su abrigo y los guarda en el cajón grande que hay bajo su escritorio. Está a punto de comenzar su jornada.

A lo largo del día los micro y los macromachismos empiezan a sucederse desde primera hora. Se ve a sí misma ordenando lo que los demás tiran de cualquier manera, sus compañeros le piden que sea ella la que se haga cargo de las llamadas que se presienten incómodas, se quejan porque el pedido de comida que hizo no es de su gusto (del de ellos, claro). Ella contiene las lágrimas en varias ocasiones antes del mediodía; y aún no ha entrado en juego la figura del jefe.
¿Te suena esta historia? ¿La has vivido igual o parecida? ¿Te parece ciencia ficción? Si la respuesta a la última pregunta es sí, puedes considerarte afortunada.

Lo relatado en los primeros párrafos es el inicio de The assistant, una película fabulosa que puedes ver en Filmin y que refleja una cara oculta del llamado Me Too, el movimiento feminista que surgió en Hollywood a raíz de los abusos realizados por el poderoso productor Harvey Weinstein, acusado por decenas de mujeres y condenado en firme a más de 20 años de cárcel.

La película es absolutamente recomendable, especialmente porque no refleja el punto de vista más obvio (el de la actriz que se ve obligada a mantener relaciones sexuales con el jefazo para conseguir un papel) o al menos no únicamente. El fondo del argumento nos lleva a la oficinista normal y corriente, asistente del productor de turno, que tiene que permanecer callada ante los abusos que contempla a diario y hacer su trabajo como si nada sucediera. Cuando intenta pedir ayuda para denunciar las injusticias a las que asiste desde su puesto, la respuesta es: «Tengo 400 currículums de personas que quiere estar en tu lugar».

Si nos cuesta ponernos en la piel de estrellas de cine acosadas, no nos costará en absoluto ponernos en la de este personaje, protagonizado brillantemente por Julia Garner, y muchas, en mayor o en mayor medida, nos sentiremos identificadas con algunas de las situaciones que vive. ¿A quién no le ha mirado un compañero por encima del hombro para «explicarle» cómo tiene que escribir un simple email?

Algo muy sorprendente, tras ver la película, ha sido leer los comentarios de los espectadores en la plataforma. Muchos, muchísimos, encuentran el filme lento, dicen que es muy exagerado, un tostón, insípido, sin nada que destaque… Y así. En redes sociales veo qué piensan de ella personas que conozco, hombres. Y también para mi sorpresa encuentro quizá algo más de comprensión, pero una falta de reconocimiento total del asunto, del machismo al fin y al cabo. Dicen que parece que no pasa nada, pero que si te fijas en realidad sí pasan cosas. Por supuesto que pasan cosas, pienso, yo, pasa de todo. Pero en mi opinión salta a la vista.

Todo esto me hace reflexionar, en este 8M, cuánto queda por avanzar, qué lejos estamos aún de algo tan sencillo como conseguir una igualdad de trato en el ámbito laboral. Es solo un aspecto de los muchos en los que las desigualdades caen de nuestro lado de la balanza. Y esto, en vez de desalentarnos, debe hacernos luchar con más fuerza si cabe, por lo que nos pertenece por ley y por sentido común. Y tratar de que los hombres se enteren.

La directora de The assistant es Kitty Green. Por supuesto, una mujer.

Foto y ©: Bleecker Street


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5 ComentariosEnviado por: Sandra Sánchez

26 febrero 2021

La mujer sin rostro

Caminar es una de las mejores maneras que existen de pasar el tiempo. Sobre todo porque de paso activas tu corazón y te pones en forma. Por eso a Alma le gustaba dedicar al menos una hora al día a hacerlo, si podía, más. Se calzaba sus deportivas, las más cochambrosas y cómodas que tenía, llevarlas era mejor que ir descalza. Y echaba a andar sin rumbo fijo desde su casa. A veces, cuando se aburría de ver siempre los mismos paisajes, cogía el coche y se alejaba un poco de su zona. Aparcaba a las afueras de cualquier barrio que no fuera el suyo y lo mismo, caminar sin destino concreto. Llevaba una vida solitaria, sin duda.

La vida cambia mucho de un barrio a otro. Así, Alma descubrió por ejemplo, cómo en algunos la gente era mucho más respetuosa con las medidas de seguridad frente al covid que en otras. Y se preguntó si el hecho de ver a la gente más «relajada» haría que ella también fuera por la vida así. Decidió que en su caso no, pero que entendía que otras personas variaran su comportamiento por eso.

Al principio le había costado mucho llevar la mascarilla a todas partes. Le agobiaba, no podía respirar bien, le molestaba y era consciente todo el tiempo de que la llevaba puesta. No veía el momento de llegar a casa para quitársela. Sin embargo, con el tiempo, poco a poco se había ido acostumbrando a ella y desde hace meses nunca se le olvida al salir. Es como coger las llaves, un acto ya prácticamente instintivo.

En uno de los paseos, se cruzó con un hombre. También llevaba mascarilla, pero supo que lo conocía. O más bien, que en algún momento le había conocido. Sin pensarlo ni un segundo, lo siguió.
Era mucho más alto que ella y caminaba a mucha más velocidad, a ella las piernas no le daban tanto de sí, por lo que al doblar una esquina lo perdió. Seguramente él había entrado en algún portal, pero no quedaba ni rastro de él.

Desde ese día, decidió buscarlo. Así, sus paseos dejaron de ser erráticos para llevar un plan preconcebido. Encontrar a aquel hombre enmascarado. Recorrió todas y cada una de las calles de aquel barrio durante semanas sin dar con él. Sabía que si lo veía en cualquier lugar lo reconocería al instante, pero no se cruzó con nadie ni parecido.

Optó por abrir el abanico de búsqueda y entrar en bares, tiendas y restaurantes de la zona. No tuvo mejor suerte. Aun así, no cejó en su empeño por encontrarlo. Un viernes a mediodía, cuando ya entraba en su coche con la intención de volver a casa, lo vio de espaldas. Esta vez fue más avispada y lo siguió con el coche. Anduvo hasta un portal, llamó a algún piso y esperó. Ella, agazapada en su asiento, se quedó atónita cuando vio cómo una mujer abría la puerta del portal y se bajaba la mascarilla para saludarlo con un beso. Fue como verse reflejada en un espejo. El rostro de aquella mujer era el suyo propio. Y la pareja se dirigió, ajena a todo, hasta su coche.

Foto: Ayo Ogunseinde


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