Twist and shot

9 enero 2019

Un vuelo en invierno

Comenzaba el año y ella conducía de noche por Madrid. No era por el centro de la ciudad, eso ya es casi imposible, lo hacía por una carretera secundaria, que la llevaba desde su lugar de trabajo hasta su casa. El día había sido de los duros. Miércoles, pero con sensación de lunes o, peor aún, de martes, ya cansadísima y con mucha semana por delante todavía. A diario solía escuchar música y cubrir el tiempo del trayecto evadiéndose de las horas anteriores, cambiando el chip, dejando el estrés atrás.

De repente empezó a nevar. Echó un vistazo rápido al indicador de la temperatura exterior y marcaba seis grados. No parecía que hiciera demasiado frío. Alejó por unos segundos la vista del carril por el que circulaba para mirar al cielo. Estaba despejadísimo, le pareció que si pudiera contemplarlo durante más tiempo podría distinguir claramente las estrellas. Y la nieve seguía cayendo, blanca y tranquila sobre el parabrisas. Entonces, mientras volvía a levantar la vista hacia el cielo, recordó un poema de Steve Crow, llamado ‘Revival’. Sí, aún se lo sabía de memoria, era, es, precioso:

“La nieve es un espíritu que cae, un soplo de giros, espirales, descensos sobre la tierra. Como luciérnaga blanca que quiere aterrizar buscando su reflejo entre las casas, escondiéndose en su propia luz. Quién sabe si la nieve es un recuerdo prolongado de un vuelo en invierno”.

Solían pasarle cosas así, ir conduciendo y que de repente acudiera a su mente algún pensamiento o un recuerdo que no sabía ni que guardaba en ella. Y eso le sorprendía y a la vez le gustaba. Sin pensarlo tomó el primer desvío dirección norte y siguió conduciendo a una velocidad considerable, pero dentro de lo permitido. Pareciera que fuera el propio coche el que la conducía a ella. ¿Hacia qué lugar? No tenía ni idea y aunque cuando fue consciente de ello tuvo un momento de inquietud, consiguió calmarse y dejarse llevar. La ciudad, su ciudad, quedaba cada vez más lejos y el bosque, los árboles oscuros, le daban la bienvenida. El coche llegó a su destino y paró. Para entonces ella no sabía durante cuánto tiempo había conducido.

Bajó y un frío helador le abofeteó la cara, pero no le importó y ni siquiera se molestó en subir la cremallera de su cazadora. Se puso a caminar hasta una casa en la que se veía luz. Solo en una ventana, pero alguien habría allí, con seguridad. Sin tener ni una pizca de miedo abrió la puerta al llegar. De algún modo sabía que bajo la primera maceta del alféizar se encontraba la llave, por lo que eso no fue un problema. Al entrar sintió un calor acogedor, la chimenea estaba encendida y esperaban su llegada.

Entonces el escenario cambió. Todo era blanco a su alrededor, tan blanco como la nieve. Pero no estaba en ella, ni en la casa, ni en el bosque. Comenzó a oír voces conocidas, primero lejanas, después cercanas y con más nitidez. Se encontraba en el hospital, había tenido un accidente volviendo de su trabajo, no habían encontrado un motivo claro, parecía haber sido un despiste de la conductora, es decir, suyo. Estaría en las nubes, como casi siempre. O estresada sin medida, también como casi siempre. El médico le dijo días más tarde que al chocar de forma violenta contra el quitamiedos de la carretera había salido literalmente volando del coche y había aparecido junto a un árbol. Desde entonces, aunque trata de mantenerse alejada de la nieve, a menudo tiene ese recuerdo prolongado, de un vuelo en invierno.

Foto: Mitchell Hollander


4 ComentariosEnviado por: Sandra Sánchez

18 diciembre 2018

La convulsión

No importa lo que decimos, sino lo que hacemos. O más bien, solo importa lo que decimos si acompaña a lo que hacemos, si esa coherencia entre una cosa y la otra se produce. Esa frase, o parecida, la dijo Jane Austen hace ya más de 200 años, y también la dice, o parecida, el actor Bruno Ganz en The Reader. En esa película, maravillosa, Kate Winslet interpreta a una mujer alemana, humilde, sin cultura, y con un pasado terrorífico y secreto. La acción transcurre unos años después de la Segunda Guerra Mundial, cuando esa mujer lleva una vida gris y solitaria hasta que conoce a un joven estudiante al que dobla la edad y empiezan a vivir, al principio casi a pesar de ella, un intenso romance.

Kate, es decir, su personaje, desaparece y transcurren los años, pero el joven vuelve a encontrarse con ella en el sitio más inesperado y su pasado sale a la luz. A partir de aquí, ¿qué hacer? ¿Todo es perdonable, cualquier cosa, por grave que sea se puede olvidar? El chico opina que no y aunque retoma el contacto con ella la relación ya será completamente distinta.

Desde hace años pienso de vez en cuando en la primera frase de este post. No he comentado que Bruno Ganz, en la película, interpreta al profesor del joven, un hombre sabio de esos cuyos consejos no son un ‘tienes que hacer esto o lo otro’, sino ‘yo te dejo caer esta idea y tú si te parece bien haz con ella lo que veas’.

Hay cosas imperdonables. Es fácil caer en el ‘buenismo’, sobre todo si opinamos desde lejos, sin que el asunto en cuestión, sea el que sea, nos alcance de lleno. Como aquella cita de Alejandra Pizarnik: “Qué fácil callar, ser serena y objetiva, con los seres que no me interesan verdaderamente, a cuyo amor o amistad no aspiro. Soy entonces calma, cautelosa, perfecta dueña de mí misma. Pero con los poquísimos seres que me interesan… Allí está la cuestión absurda. Soy una convulsión”.

La sociedad está cambiando. Parece que no, pero se van moviendo cosas. Ya casi finaliza este año y desde el punto de vista social al repasarlo lo primero que me viene a la cabeza es el 8 de marzo. El de 2018 ha sido como ningún otro que yo recuerde, una auténtica marea de mujeres de todas las edades en las principales calles de todas las ciudades del país con una causa común. La igualdad de derechos y de libertades, ni más ni menos, porque de eso y no de otra cosa va el feminismo. Fue realmente emocionante, tanto ese día como los posteriores, una sentía una esperanza flotar en el ambiente, como de un avance que está a punto de acontecer.

Terminar el año con la noticia del más que probable (no está confirmado mientras escribo esto, aunque todo apunta a ello) asesinato de Laura Luelmo, una joven zamorana que empezaba una nueva etapa de su vida, con todo por hacer, por descubrir, por disfrutar… por vivir, es sencillamente insoportable. Pensar en ella y en las personas que la querían produce una tristeza infinita. Y pareciera como si el mundo se nos viniera de nuevo encima, un cielo negro y pesado en el que se hace imposible respirar.

El cambio que se ha producido este año creo que es justamente este: que aunque no conociéramos personalmente a Laura su muerte nos alcanza a todas, a todos, de lleno y ya es así con cualquier niña, joven, mujer, que sea atacada. Con todas, el resto somos ya una convulsión. Y eso nos hace imparables. Esta noche pienso en otra cita de Pizarnik, esta me gusta más que la anterior. La poeta argentina decía lo siguiente: “Soy mujer. Y un entrañable calor me abriga cuando el mundo me golpea. Es el calor de las otras mujeres, de aquellas que hicieron de la vida este rincón sensible, luchador, de piel suave y corazón guerrero”. No menguará ese calor. Irá a más.

Foto: Suhyeon Choi


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3 ComentariosEnviado por: Sandra Sánchez

15 noviembre 2018

La chica del autobús

Era un día más o un día menos en aquella ciudad de Japón. El bullicio propio de la media tarde recorría sus calles, atestadas a esas horas de gente deseando llegar a sus apartamentos para olvidarse de la jornada de trabajo hasta mañana.

Mientras él conducía, o trataba de hacerlo, pues el tráfico era infernal, giró su mirada hacia la derecha y ahí, desde su coche, contempló una imagen en el autobús. Era algo borrosa, el reflejo de ambos cristales, el vaho del interior del vehículo, le impedían ver con claridad. Pero sin embargo, no podía quitar la vista de allí, de aquella chica. Era joven, pero de edad imprecisa. Miraba hacia el infinito, parecía cansada, y con su brazo derecho se agarraba a la barra del autobús como el que se aferra a una tabla en medio del mar.

El conductor volvió a su mundo cuando los coches detrás de él le iluminaban con sus luces, avisándole de que había vía libre y podía seguir conduciendo. Así lo hizo, con cierto fastidio, la verdad, porque se hubiera quedado toda la vida observando a aquella chica.

Esa misma noche soñó con ella. Y en el sueño él mismo era su punto de agarre, de seguridad, de salvación. Ella se mostraba frágil, apenas pronunciaba unas cuantas palabras y cuando lo hacía, era casi en susurros, en un tono tan bajo que él no lograba comprenderlas. Cuando ella, de apariencia tan frágil, le abrazó con fuerza, la impresión fue tan fuerte que se despertó.

Al día siguiente, a la vuelta del trabajo, no quería reconocérselo a sí mismo, pero la buscaba. Estuvo a punto de chocar un par de veces con el coche de delante mirando hacia todas partes, buscando algún autobús en el que ella pudiera viajar. Miraba a toda velocidad y con toda la atención posible en su interior, para ver si la encontraba. Pero parecía imposible. En la ciudad viven casi tres millones de personas, hablamos de Japón, y del mismo modo que nunca se había cruzado con ella hasta el día anterior, lo más probable es que no volviera a hacerlo jamás.

Este pensamiento le causó una gran desazón, empezó a sentirse mal. No quería resignarse a no verla de nuevo, sentía que iba a pasar, que iban a encontrarse, porque tenía que ser así, algo en su interior se lo decía a gritos. Al llegar a casa, después de darse una ducha rápida se metió en la cama con el deseo de volver a soñar con ella. Nada sucedió, fue una noche en negro absoluto, sin sueños. Y al despertar se encontró muy triste.

Era ya viernes, último día laborable de la semana, última oportunidad de la misma para tratar de coincidir. Decidió dejar el coche en casa, era una locura conducir por la ciudad, ni siquiera sabía por qué lo había estado haciendo hasta ahora. Se subió en la estación de Nankō y recorrió toda la Midosuji, la línea roja, hasta llegar a su oficina. Mientras lo hacía, mientras era empujado dentro del vagón por decenas, por cientos de ciudadanos trajeados camino de sus puestos de trabajo, de sus citas médicas, de la rutina que les marcara a cada uno de ellos aquel día, de repente se estremeció. Cayó en la cuenta de que todo el mundo se mueve de un lado a otro en tren. Porque no hay autobuses en la ciudad.

Foto: Nuria Cabrera


2 ComentariosEnviado por: Sandra Sánchez

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