Twist and shot

20 enero 2020

El deshielo

La radio decía que el minuto de oro de la televisión en el día de ayer, el más visto en la pequeña pantalla, tuvo lugar a las 21.56 h en TVE. ¿Qué emitía la cadena pública en ese momento? El tiempo. La información meteorológica nos resulta cada vez más fascinante. Sobre todo si esperamos fenómenos salvajes, temporales, ventiscas, grandes nevadas que pudieran incluso dejarnos incomunicados. Ojalá, pensarán algunos.

En las grandes ciudades sin embargo, vivimos la mayor parte del tiempo ajenos a la naturaleza. Solo nos afecta en momentos como el de ayer, cuando nos atiza una bofetada sin guante en plena cara, impidiéndonos continuar con nuestras rutinas del día a día.

Mientras conducía e iba escuchando la información atmosférica, Nadia ya había abandonado Madrid. Había puesto rumbo al confín del mundo en busca de una paz imposible de encontrar en la capital. Tuvo que facturar la maleta en el avión que la llevó hasta el norte del norte, no era factible el equipaje de mano en un viaje así, ya que tenía que llevar botas, abrigo de plumas, camisas, jerseys, monos térmicos…

En el aeropuerto de Bergen recogió el coche que había alquilado y condujo sin un destino fijo; lo único que sabía era que quería llegar lo más al norte posible, ver las montañas heladas, conectadas entre ellas formando cordilleras en forma de sierra, contemplar los lagos helados que habría en sus faldas, avistar algún ave a lo lejos, ¿también quizá ver osos? No, estarían hibernando.

Apagó la emisora española que escuchaba a través de internet en su móvil y buscó alguna en la radio del coche. El noruego es un idioma infernal, al menos para los oídos mediterráneos, no existe posibilidad alguna de entender nada, porque no se parece a nada que nos resulte mínimamente familiar. Moviendo el dial encontró un canal de música de los 80 y subió el volumen. Los viejos temas de A-Ha le acompañaron por las carreteras secundarias de doble sentido por las que circulaba, y le dieron confianza frente al peligro que probablemente corría al hacerlo. El tráfico era inexistente y la nieve cubría en muchos casos el asfalto, por lo que solo podía intuir que iba por el carril correcto.

Condujo durante toda la noche, atravesó algunos pueblos dormidos, y al amanecer llegó a uno llamado Ornes, cerca de la ciudad de Bodo, y decidió quedarse allí.

Alquilar una cabaña bien acondicionada fue más fácil de lo esperado. En invierno muchos habitantes de la zona emigran a Oslo o incluso realizan el camino contrario al de Nadia, en busca de climas más amables, por lo que muchas casas quedan disponibles durante esos meses. En menos de una hora la suya ya estaba caldeada y ahora ya solo quedaba hacer lo que había venido a hacer, absolutamente nada. Deshizo la maleta y durmió a pierna suelta horas y horas. El hecho de que en esta época del año a las 3 de la tarde ya sea allí noche cerrada ayudó bastante. Y al día siguiente fue caminando hasta el mar. Se sintió maravillosamente bien de forma instantánea.

La contaminación de Madrid, su ruido de fondo constante, el tráfico, el estrés… Todo eso había desaparecido para ella. A cambio, el frío infinito, el aire que de tan puro era doloroso, le llenaban de energía. El agua es el origen de todo, de ahí surge la vida. Dijo Melville que el mar y la meditación están íntimamente unidos y Nadia comprendió perfectamente en aquel momento, mirando esas aguas limpias y tranquilas, lo que el autor de Moby Dick quiso decir con esa frase. Sorprendentemente, estar en uno de los lugares más fríos del mundo había provocado en ella un fenómeno espectacular, el deshielo.

Foto: John Salvino


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7 enero 2020

Los mejores regalos

El 7 de enero es un día raro. Es como una jornada de resaca, pero sin poder quedarse en casa para pasarla como es debido. Se trata de un agujero negro, es ese abismo entre el final de las fiestas navideñas, de las vacaciones, y el comienzo de una nueva etapa, todavía por descubrir.

Sofía se despertó esa mañana sintiéndose así, extraña. Se dio una ducha rápida y se puso la ropa que había dejado preparada encima de la butaca de su habitación la noche anterior. Pantalón de vestir, blusa color crema y chaqueta oscura. Medias de cristal (vuelven a estar de moda) y mocasines de cuero negro. Con su taza de café en la mano, desde la cocina, de pie, echó un vistazo al salón: la guerra parecía haber pasado por allí. Quedaban restos de los regalos de Reyes por todas partes: bolsas vacías, papeles arrugados, y en una esquina un montón de paquetitos listos para ser cambiados en el famosísimo centro comercial de la ciudad. La fiesta había sido el día anterior y sin embargo en esos momentos a Sofía le parecía tan lejana…

No se veía con fuerzas, ni con tiempo, de poner un poco de orden en la casa, así que dio un último mordisco al roscón (¿cuándo aparecería la sorpresa?), apuró su café y salió pitando hacia el trabajo. Al llegar saludó con fingida efusividad a su jefa y tomó asiento frente a su ordenador. Primer problema: no recordaba la clave de acceso. Tecleó unas cuantas y cuando ya pensaba que tendría que llamar al compañero de la sección de informática, dio con la buena y su escritorio se abrió ante ella tal como lo había dejado el 21 de diciembre.

Pasó la mañana contestando emails pasados de fecha, en los que le felicitaban las navidades y le deseaban que le tocara el gordo de la lotería. Sonrió para sí misma pensando que ahí iba a estar ella si eso hubiera sucedido. A mediodía sonó la alarma en la empresa. Vaya día para poner en marcha un simulacro de incendio. Todos bajaron a la calle, los más temerosos a toda velocidad, los descreídos tranquilamente, después de recoger parsimoniosos sus carteras y sus abrigos.

Estaba fumando un pitillo frente a la entrada general, esperando que alguien diera el aviso para volver a entrar en las oficinas del edificio, cuando su móvil vibró en el bolsillo de su pantalón. Abrió el whatsapp y apareció una foto en la que se veía en plena naturaleza, de espaldas, con los brazos en alto y el pelo al viento, libre. La instantánea se la habían hecho sin que ella lo supiera, esas mismas vacaciones, en una escapada que surgió sin planearla, de un día para otro.

Pensó que le gustaría estar allí, en aquella montaña, bajo ese cielo lleno de nubes que amenazaban con dejar caer la lluvia de forma inminente. Y no tiene ni idea de cuánto tiempo pasó contemplando la foto y disfrutando del momento, como si de alguna manera volviera a encontrarse en aquel maravilloso lugar. Solo sabe que ahora se sentía nueva, llena de vitalidad.

Cuando quiso darse cuenta estaba sola en la calle. Los más de cien compañeros que la rodeaban se habían esfumado. Seguramente habían avisado de que ya podían volver a sus puestos de trabajo sin problema y ella no se había enterado. Metió el móvil en su bolsillo, se acercó al bar de enfrente a pedir un café para llevar y, este sí, le supo a gloria. Fue degustándolo con calma mientras subía las escaleras de la oficina, lista para lo que estuviera por llegar, sin miedo ni pereza alguna por lo que el nuevo año le fuera a deparar.

Los mejores regalos pueden llegar cualquier día, incluso el 7 de enero, cuando ya nadie los espera.

Foto: Yingchou Han


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1 comentarioEnviado por: Sandra Sánchez

11 diciembre 2019

Le Pavillon

Convaleciente, leyendo artículos viejos sobre el feminismo y echando mano a cada rato de su taza de té. Así pasaba la mañana de un día de lluvia entre semana Silvia, mientras el mundo giraba a su alrededor y ella se mantenía ajena a él, aislada en su pequeño, mínimo, universo interior.

Quería sentirse cerca de aquellos textos, compartir sus tesis, pero no lo lograba. Su idea del feminismo era otra y nada tenía que ver con aquella lucha encarnizada que utilizaba un lenguaje ‘hipermasculino’ para hacerse oír.

De repente sonó el teléfono. Llamaban de la compañía de seguros. Le comunicaban que el año estaba acabando y que en 2020 la tarifa de su póliza subiría un 4%. ¿Le parecía bien? ¿Qué podía contestar? No, por supuesto que no. Prefería seguir pagando lo mismo, qué demonios, quisiera pagar menos. Pero qué alternativa había… ¿Cambiaría algo si decía que no? Así que no perdió el tiempo, le dijo a la comercial que ok y colgó en cuanto le fue posible.

Cogió un libro al azar de entre la montaña de ellos que esperaban ser leídos. Era pequeño, de relatos, y la autora era Natalia Ginzburg. Una apuesta segura. Comenzó a leer a su italiana favorita y eso le proporcionó una calma prácticamente inmediata. Sus descripciones de Londres; su amor confeso por la comida cuando esta es de verdad, rica, natural, sabrosa; la naturalidad con la que habla de temas comunes, de unos zapatos que acaba de comprar, del apartamento de su amiga, del frío que siente a veces sin motivo.

Silvia mira por la ventana y primero levanta la vista hacia el cielo. Tiene un color impreciso, a medio camino entre el gris, el plata y el blanco, sin ser ninguno de ellos. Después va bajando la mirada y se encuentra con las ramas desnudas de los árboles, melancólicas de las hojas que acaban de perder. Bajo ellas, la calle, vacía a esas horas, donde todo el mundo está en sus trabajos o en sus casas, enfrascados en sus labores cotidianas. Y en frente, Le Pavillon. Un restaurante francés al que nunca ha entrado. Tiene una entrada barroca y rimbombante, pero sin embargo su nombre está escrito en letras diminutas, como si se arrepintiera de llevarlo. A Silvia le inquieta ese detalle y tiene curiosidad por saber quién y por qué se lo puso. Ella imagina el pabellón de un hospital de principios del siglo pasado. Una gran sala en la que se reúnen sin quererlo heridos de guerra, cuidados por enfermeras atentas, jóvenes o de mediana edad, todas ellas muy ocupadas. Entran y salen cargando con sábanas limpias, vendas, jarras llenas de agua tibia y frascos de medicamentos que lo impregnan todo con su olor. Ellos, los combatientes, agradecen en silencio su atención, asintiendo o acariciando un segundo sus manos cuando se acercan a sus camas de hierro.

Sumida en ese pensamiento se transporta a otra época y a otro lugar, y no sabe cuánto tiempo pasa en él. Solo regresa al presente cuando la alarma de su móvil se pone en marcha. Es hora de tomar su medicina. Le Pavillon, ese magnífico restaurante, tendrá que seguir esperando. Como esperan los árboles volver a ser poblados por las hojas. Quizá el año que viene, total, ya no puede tardar mucho en llegar.

Foto: Brooke Cagle


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2 ComentariosEnviado por: Sandra Sánchez

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