Twist and shot

12 septiembre 2018

De mujeres y de trenes

Aunque de repente todo se oscurezca y empiece a llover, a pesar de que los niños hayan empezado ya el nuevo curso en el colegio y que las mañanas te pidan salir a la calle en manga larga, sigue siendo verano. Eso dice el calendario. Y hay que creerlo.

Estas últimas semanas no he publicado en el blog, pero he pensado en él. Desde que empecé a escribirlo me ha acompañado muchísimo y lo siento, desde hace años ya, como parte de mí. En él vuelco pequeños pensamientos, cosas que he leído, detalles que he visto o he escuchado, canciones que me gustan (últimamente no, porque el programa por ahora impide hacerlo); y al terminar cada entrada siempre me siento mejor que al empezarla. En muchas ocasiones, diría que en la mayoría, cuando comienzo a teclear no tengo ni idea de por dónde tiraré, qué palabras, qué frases irán saliendo en la pantalla; y casi siempre me sorprenden como si fuera alguien que las leyera y no quien las escribe. Será porque siempre seré más lectora que escritora. No me parece mal.

Como decía, últimamente no he escrito por aquí y el motivo principal es que no he dejado de hacerlo en otro sitio. He comenzado en un nuevo trabajo después de llevar un montón de años en el mismo y el cambio está siendo muy intenso. He pasado de trabajar en una revista a hacerlo en un periódico; de estar en una redacción formada casi en su totalidad por mujeres a integrarme en otra en la que somos clara minoría. Y de escribir poco a escribir mucho. La vida no deja de sorprendernos, esa es una de las cosas que ya sabía, pero que he comprobado una vez más.

También este verano he empezado a ver series. Historias sobre mujeres, en mundos reales o distópicos, lo mismo da, porque cada vez están más cerca unos de otros. De ‘El cuento de la criada’ a ‘Big Little Lies’, relatos aterradores en distintos grados, pero que siempre te agitan. Estas dos series me hacen pensar en lo necesario que es que las mujeres nos ayudemos entre nosotras, algo que creo que en general no hacemos.

Esta misma tarde, hace un rato, he entrado en Twitter y lo primero que he leído ha sido un tuit de una chica que no sigo (ahora las redes sociales te muestran lo que quieren que veas, independientemente de lo que quieras ver tú). Decía algo así como que estaba harta de que las madres dijeran (o dijéramos, me he sentido aludida) a las que no lo son que no tienen ni idea de lo que es estar realmente cansadas porque no tenían hijos. Me he quedado atónita y bastante desesperanzada, para qué decir otra cosa. Una persona gasta energía en hacer una crítica negativa a otra para afearle que “se queje” de estar agotada y de no poder con su vida.

Me ha recordado a aquella otra chica que tuiteó hace un tiempo desde su asiento en el AVE, el “horror” de viaje que le esperaba por tener sentada delante de ella a una madre con su bebé. Y lo ilustró con una foto robada a dicha mamá en la que se la veía agobiada intentando entretener como fuera a su hijo para que estuviera calmado. Qué tristeza y qué falta de empatía. Ninguna de estas dos tuiteras sin hijos imagina, porque quiero pensar que si lo hicieran no actuarían así, lo que desearía la primera madre no sentirse cansada y lo que daría la segunda por tener un viaje en tren tranquilo con su bebé. Casi lo más demoledor de todo ha sido, como fue entonces, ver la cantidad de retuits de ambas quejas insolidarias, prácticamente todos de mujeres. Sin hijos.

Y pienso que así no vamos a ninguna parte. No podemos creernos feministas si no empatizamos con el resto de mujeres, si nos molestan. Ya podemos leer a Virginia Woolf o a otra Virginie, Despentes; a Chimamanda Ngozi y a Caitlin Moran. O llevarnos las manos a la cabeza con las situaciones que viven las protagonistas de las dos series que nombraba al principio. Si en nuestra vida real no echamos un cable a las mujeres con las que compartimos los espacios y los tiempos, si ni siquiera intentamos comprenderlas o ponernos en su situación, feministas desde luego no somos. Y modernas tampoco.

Foto y ©: Joshua Rawson-Harris


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2 ComentariosEnviado por: Sandra Sánchez

6 agosto 2018

Sobre el olvido

Al comienzo del verano, cuando aún no había llegado realmente el calor, me contaron una historia sobre el olvido. El olvido, pienso, es el adiós en su máxima expresión, porque no deja posibilidad de retorno; lo que no se recuerda parece que no ha existido, con lo que va más allá de una despedida, es el vacío total.

Por eso me pareció de una crueldad insoportable la historia que me contó mi amiga, sobre un hombre al que ella todavía amaba, y que le pidió que le olvidara. Fue así de categórico: “olvídate de mí”. Y lo aderezó con una toque de condescendencia, en mi opinión más insoportable si cabe, “es lo mejor para ti”.

Consolé a mi amiga como pude, seguramente mal, porque no dije prácticamente nada, solo dejé que ella se expresara y soltara lo que tenía dentro. Pero me dolió muchísimo su desolación, que comparé con una casa en ruinas, un corazón abandonado de repente, tirado al asfalto a pleno sol.

Ella no sabía qué hacer, porque ¿cómo olvidar lo que no quieres olvidar? ¿Se puede olvidar a alguien solo porque te lo pida? La respuesta claramente es no. Nuestro plan fue el siguiente: hacer planes. De todo tipo, daba lo mismo. Un cine (las películas románticas quedaron prohibidas hasta nuevo aviso, claro), un paseo en bici, un helado carísimo y absurdo en la heladería de la que todo el mundo habla, un sí a cualquier persona que te llame y te proponga cualquier cosa, una visita nocturna al planetario para ver las estrellas y comprender lo pequeños que somos y lo poquísimo que importan en realidad la mayoría de lo que llamamos problemas. En definitiva, sí a todo con tal de no pensar.

Al principio no funcionaba, y contábamos con ello, podía pasar. Ella le recordaba, miraba sus fotos, leía sus viejos whatsapp, marcaba todos los números de su teléfono menos el último, pensaba todo el tiempo en él.

Después sucedió algo inesperado. La posibilidad de un viaje. Era de trabajo, pero tendría también tiempo libre para callejear por una isla del norte de Europa, para perderse por alguno de sus pueblos, para llegar hasta el mar y respirar otro aire, dejarse mecer por otras olas. Dijo que sí, por supuesto. Y voló hasta Copenhague desde Madrid una mañana cálida con el plumas bajo el brazo, porque no había mirado el tiempo en Dinamarca e imaginó que sencillamente haría frío. El plumas nunca llegó a ponérselo, ni la chaqueta, ni una manga larga. También allí era verano y mi amiga empezó a despojarse de todo lo que le sobraba.

Comenzó a sentir dentro de ella una paz inusitada, casi ni siquiera era consciente, sencillamente se sentía bien. Conoció gente, hizo amigos, pero sobre todo le gustaba estar sola, pasear, descubrir nuevos lugares que no significaban nada para ella, pero que a partir de ahora sí los sentiría de alguna manera como propios, porque en ellos se encontraba a gusto.

Mi amiga me escribe hoy desde Olsker, en la isla de Bornholm. Me cuenta que sus paisajes son increíbles, todo es de un verde rabioso, las casas, blanquísimas, destacan en medio de la naturaleza y hay graneros de madera por todas partes. En uno de ellos, abandonado, se hizo la foto que me envía, en la que salta feliz. Y pienso que al fin lo ha conseguido. No queda ni rastro de dolor en ella, la desolación ha desaparecido y ahora, si entra en una casa en ruinas, se pone a bailar.

El olvido llega cuando quiere y sin que lo sepas; has olvidado exactamente cuando no sabes que lo has hecho. Porque de aquello que querías olvidar ya no recuerdas nada, ni siquiera que lo has olvidado.

Foto y ©: Miguel Bruna


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5 ComentariosEnviado por: Sandra Sánchez

6 julio 2018

Los días infinitos

Este es un post sobre fútbol. Sí, en estos cinco años y pico de blog no había escrito nada aún acerca del fútbol. Y la verdad es que me gusta, así que ha llegado el momento de hacerlo, ahora, en pleno Mundial. Estas semanas estoy viendo partidos por encima de mis posibilidades y me parece perfecto. Tan enganchada estoy que ahora que ya han terminado los octavos y hay días de descanso entre partido y partido siento que me falta algo; aparece una pequeña, mínima, ansiedad, por no poder encontrar lo que el cuerpo y la mente se ha acostumbrado ya a tener. Somos claramente animales de costumbres.

Viendo jugar a las distintas selecciones aprendo un montón de cosas. La primera y seguramente la más importante, que la vida es como el fútbol: injusta en muchas ocasiones. Ves a once jugadores luchando hasta la extenuación, dominando claramente a los once contrarios, pero no consiguen acertar con el gol. Al final, en los penaltis, se van a casa. Ahí te quedas, con la boca abierta y la lección aprendida. ¿Qué hacer la próxima vez? ¿Luchar menos, implicarse lo justo, directamente no volver a participar en esa competición? No. A pesar de todo habrá que hacerlo exactamente igual; bueno, no, mejor. La lucha tendrá que ser más titánica aún, incluso sabiendo (o precisamente por eso) que la injusticia puede repetirse. No recuerdo qué entrenador o jugador la dijo, pero me quedé hace años con esta frase: “hay cosas que no por saber que son imposibles debes dejar de intentar alcanzarlas”. Me encanta.

Segunda cosa importante que aprendes viendo el Mundial: Selecciones que se consideraban favoritas ahora ya no lo son; y al revés, otras de las que no se esperaba mucho de repente triunfan. No hay que darlo todo por sentado. Y siempre hay un lugar para la sorpresa. También en la vida. Esto es maravilloso.

La selección que ganó en Sudáfrica no tiene nada que ver con la que ha quedado eliminada (ay) este año. Todo se mueve y todo cambia, en muchas ocasiones de un modo cíclico y en otras no, simplemente hacia adelante o hacia atrás, en línea recta. El pasado, los recuerdos, el presente, lo que existe en realidad. Los veranos de la infancia y de la adolescencia, a todo color, en analógico. Esos viajes interminables en coches sin aire acondicionado y con toda la familia a bordo, esa ilusión cuando veías a lo lejos, desde la carretera, el mar. Los días infinitos, sin obligaciones, sin planes por delante más allá de hacer cualquier cosa que sonara divertida. Y el presente, en digital, más veloz que la luz y con más responsabilidades. Pero también con ese espacio virgen, más pequeñito quizá, pero que permanece, para aferrarse a él y vivirlo con toda la intensidad.

Un verano no tiene nada que ver con ningún otro, como un Mundial no se parece en nada a otro. Cada uno es una nueva oportunidad, ¿una oportunidad de qué? ¿Para qué? Cada cual tendrá que contestar a esta pregunta de forma personal. Pero el simple hecho de que sea nuevo, de estrenarlo, resulta ya emocionante. Yo no me lo quiero perder. Ni el Mundial ni el verano.

Foto: Kendra Kamp.


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