Twist and shot

6 agosto 2020

La chica del supermercado

La mañana en el supermercado transcurría tranquila. Pocos clientes a primera hora, alguno más a medida que avanzaba la jornada; llamar a algún reponedor para que comprobara un precio de un artículo sin marcar, pasar a una compañera de caja un cartucho con monedas para que no se quedara sin cambio… Lo de siempre.

A eso de las dos menos cuarto, justo antes de finalizar el turno, sucedió algo. Se aproximaba a su caja un rostro vagamente familiar. Él no reparó en ella, lo que no le molestó en absoluto, porque estaba acostumbrada, casi ningún cliente lo hace. Se limitó a ir sacando sus productos de la cesta y a ir colocándolos sin orden ni concierto sobre la cinta transportadora. Champú de marca, patatas fritas, champán francés, helado, sandía, guantes…

Finalmente posó su vista sobre ella para averiguar cuánto era el importe, pero fue un vistazo fugaz, en menos de un segundo ya estaba de nuevo centrado en su compra, en meter todo lo más ordenadamente posible, ahora sí, en sus bolsas. Ella lo observaba impasible. Parecía que estuviera jugando al Tetris.

Entonces esbozó una sonrisa, más bien para sí misma, y lo vio alejarse sin un simple ‘hasta luego’; tal como vino se fue.

El turno terminó en seguida y ella se dirigió al parking, donde le esperaba su pequeño coche de segunda mano. Conduciendo camino de la salida lo vio a lo lejos. Se metía en su coche, de alta gama y matrícula reciente y reluciente, y arrancaba. Qué sonido tan fantástico el de aquel motor. No se lo pensó dos veces y decidió seguirle. Al volante hizo una llamada rápida a casa para avisar de que se retrasaría y se dejó llevar por carreteras desconocidas que llevaban a barrios ricos que ella no había pisado jamás. Se respiraba tanto silencio en sus calles que sintió un pequeño escalofrío. Parecía más bien una zona residencial fantasma. No, se dijo a sí misma, es que la gente con pasta es silenciosa.

Finalmente el coche al que seguía desde una distancia prudencial llegó a su destino. Un chalet unifamiliar cuya verja se abrió como si estuviera esperando su llegada. Engulló al coche de alta gama y se volvió a cerrar. Ella se quedó allí plantada, en una calle desierta, con un sol criminal y una temperatura exterior de 40 grados, pensando que tanto su automóvil, como su persona, estaban totalmente fuera de lugar. Arrancó, temblorosa, y regresó a su piso compartido.

Sin embargo, algo hacía que cada día, al terminar su turno, condujera hasta aquella casa lujosa y se quedara unos minutos contemplando su exterior. Así averiguó que junto a él vivía una mujer y al menos dos hijos. Los vio entrar y salir varias veces, siempre motorizados, nunca caminando. También tenían varias personas contratadas a su servicio. Un jardinero con su mono de trabajo, cuya segadora escuchaba los martes, y un par de mujeres que probablemente se ocuparían de la limpieza o la cocina de la casa.

También tenían una piscina, pero solo se oía la depuradora, los niños no eran ruidosos, se bañaban en silencio, algún que otro chapoteo como mucho, pero nada de tirarse en bomba o cosas así. Lo que hubiera dado ella por bañarse en aquella piscina.

Una tarde, después de asegurarse de que la casa estaba vacía, decidió entrar. No llegó a hacerlo, pues se asustó de su propia decisión, estaba a punto de cometer un delito. Y entonces se dio cuenta de que sí, ella podría haber sido la mujer que vivía allí con él, la madre de esos niños, la propietaria de todo cuanto veía. Hace años, cuando estaban juntos, todo hacía presagiar que así sería y tanto ellos, como sus familias y amigos, daban por hecho que su amor duraría para siempre. Sin embargo, ahora, él no había sido capaz ni de reconocerla. Y ella no volvió a visitar aquel lugar.

Foto: Joshua Rawson Harris


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2 ComentariosEnviado por: Sandra Sánchez

27 julio 2020

El verano de Elena

El mes de julio del verano más extraño avanzaba impasible. La mitad de la población estaba de vacaciones, si bien no lo parecía. La sensación era de fingimiento. Elena veía las fotos en Instagram y tenía la sensación de que sus protagonistas simplemente simulaban estar disfrutando en las playas a las que viajaban, en las piscinas en las que se zambullían o frente a ese campo abrasador o esa terraza casera mojito en mano.

Sus vacaciones, las de Elena, duraban ya demasiado, pues llevaba meses sin ocupación alguna más que la de sí misma, la de mantenerse a flote física y psíquicamente. No las sentía, por tanto, como algo esperado y divertido, sino como un pasar de los días.

La mañana del lunes (tuvo que mirar el móvil para saber en qué día estaba) algo parecía diferente, más diferente si cabe que las jornadas anteriores. Elena abrió la ventana y vio ante sí una ciudad difuminada. La noche anterior el calor había sido extremo. Los informativos ya habían alertado de que sería la más calurosa del año y aseguraban que el riesgo continuaría los días siguientes.

No recordaba si había soñado esa noche, ni si quiera si había dormido bien o mal. El vasito de agua seguía intacto sobre su mesilla y el enchufe anti mosquitos mostraba su pálida luz. Lo desenchufó, fue al baño a lavarse la cara y el agua fresca sobre el rostro le proporcionó un bienestar instantáneo.

Desayunó un té helado con pastas, porque de vez en cuando hay que darse algún lujo para levantar la moral; o simplemente porque sí. Se vistió con las prendas más ligeras que encontró en su armario, cogió su bolso, se puso su mascarilla, su sombrero y sus gafas de sol y salió a la calle.

En las escaleras y el portal, nadie. Hacía meses que no coincidía con sus vecinos, quizá una especie de autoprotección extraña hacía que salieran a horas diferentes para no encontrarse. En todo caso, no les echaba de menos. Bastante los oía desde casa, a través de esas paredes que parecían de papel. Sabía de ellos más de lo que le gustaría, en aquel edificio las intimidades ya no eran tales.

Le extrañó no ver al portero de la finca en la entrada. Él siempre estaba por allí saludando y animando al personal, un hombre divertido y feliz de la vida en cualquier circunstancia.

Abrió la puerta de entrada y salió por fin a la avenida principal del barrio. Estaba desierta, era primera hora de la mañana, la mejor para salir, ya que en nada los termómetros empezarían a dispararse; y sin embargo solo ella parecía haberlo hecho. Caminó y caminó entre comercios cerrados y parques sellados sin un rumbo fijo. El sombrero empezó a resultarle insuficiente para soportar el calor. No encontró dónde comprar una botella de agua ni terraza abierta en la que refrescarse un poco. Siguió andando. Se quitó las gafas de sol, la mascarilla, el sombrero… Todo le sobraba de un modo imperioso. Miró hacia el horizonte, agotada y exhausta. Y solo entonces, afinando mucho la mirada, le pareció ver el mar.

Foto: Kinga Cichewicz


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21 julio 2020

Las películas que vivimos peligrosamente

Me gustan las películas de terror. Bueno, para ser más precisa, me encantan las primeras escenas de las películas de terror. En ellas todo es paz, armonía y familias felices viviendo en pueblos tranquilos y amigables de Indiana o de Wisconsin. Los vecinos cortan el césped de sus jardines los domingos por la mañana, leen el periódico en el porche o preparan limonada en sus cocinas retro; y todo parece funcionar.

En estas películas los niños son siempre muy afortunados. Tienen un montón de amigos con los que salen en grupo a montar en bicicleta y a explorar el bosque que rodea el pueblo, porque siempre lo hay. Lo peor que le puede pasar a alguno de estos niños es que sus padres no tengan demasiado dinero, pero eso casi da igual, porque la comunidad se hace cargo y todo el mundo es igualmente querido y apoyado por el resto.

Me gustaría vivir en el inicio de esas películas. Hay niños gorditos, niños con gafas, niños con problemas dentales (pienso ahora en Stranger Things), pero nada que les impida ser felices, porque tienen a sus colegas cerca y eso es oro. Lo malo es cuando cae la noche y las cosas se empiezan a complicar a lo loco. O surge un árbol que cobra más vida de la deseable, o hace acto de presencia una pandilla de animales salvajes nunca antes visto por la zona, o llega en una furgoneta un visitante desconocido capaz de poner en jaque la vida de la gente de bien en cuestión de minutos.

Casi todas estas películas y series tienen algo en común, y es que están ambientadas en los años 80. Incluso muchas de las que se ruedan actualmente se trasladan a esa década para plantar allí sus personajes y su historia. Los protagonistas son niños de los 80 y yo, que lo fui, incluso de finales de los 70, me identifico cantidad con ellos. Los guionistas y los directores no son tontos y saben cómo utilizar la historia, la ambientación, el vestuario, los detalles que hacen que te sitúes de vuelta en tu infancia y que lo reconozcas todo.

Me pregunto también cómo verán la generación Z o los millennials este tipo de pelis. Supongo que es como si yo me pongo un maratón de series de los 60, época que no viví, pero que me puede hacer gracia conocer. Le falta, eso sí, ese punch, importantísimo, de pertenencia, de haber “formado parte”. Para mi generación, E.T. no es una película de culto, es la peli de mi infancia, como muchas otras, no todas infantiles, por supuesto. Pienso en Star Wars, en Tiburón, en Regreso al Futuro o incluso en Poltergeist. Qué maravilloso inicio, por cierto, y qué miedo se pasa después…

Hoy día yo sigo sin entender muy bien esto que está sucediendo en la realidad; y no soy capaz de aceptarlo. De convivir con el peligro a las puertas, de tener que pensar dos veces cada movimiento que hago o cada plan que surge y que no siempre se logra disfrutar del todo; al menos no como antes.

No entiendo que la gente se relaje hasta el punto de pasar de todo, no después de lo sucedido y de lo que sigue ocurriendo y de lo que probablemente vaya a suceder. Y estas personas me parecen ahora los malos de las películas; esos que impiden que la vida tranquila en Indiana o en Wisconsin siga siéndolo, los que fastidian porque sí a los buenos. Y lo peor es que no están al otro lado de la pantalla y no puedes ver el final de la peli. Al menos todavía no.

Foto: Amy Peryam


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