Twist and shot

20 mayo 2020

El viaje interior

Los libros son campos magnéticos de cuya atracción no se puede huir. Es una cita de Italo Calvino. También dijo George R. R. Martin que un lector vive mil vidas antes de morir, mientras que aquel que no lee vive solamente una. Y la poeta Emily Dickinson afirmó que para viajar lejos no hay mejor nave que un libro.

En estos días todas estas frases cobran más sentido que nunca. Creo que durante estos dos meses de película de terror, nos hemos acercado a los libros de distintas formas, según nos sintiéramos en ese momento. El estado de ánimo ha sido tan cambiante que podíamos pasar del desánimo más absoluto a la esperanza más grande en un mismo día. Y así, los libros podían acompañarnos en ese estado inicial. haciéndolo aún más profundo, o bien liberándonos de él y cambiándolo por completo. Tal es el poder de los libros.

Estas semanas a veces ha sido imposible pasar de una página al día, porque no estábamos en lo que estábamos y no había forma de avanzar; o, por el contrario, si el libro era el indicado, lo hemos devorado, adentrándonos en su mundo y olvidándonos del nuestro. Es también el mérito de los libros. En mi caso he empezado a leer muchos y he terminado pocos, porque la mayoría no conseguían engancharme y los dejaba de lado. Esperando un momento mejor o devolviéndolos a su estantería (o más bien al tsundoku que es mi casa) sin intención de retomarlos.

Durante todo este tiempo he añorado y añoro aún, pisar una librería. O dos, o muchas. Recorrer sus estantes ordenados por editoriales o por temáticas, y olvidar el paso del tiempo. Mis favoritas ya han abierto, pero me pillan lejos de casa y tardaré todavía en ir. Pero queda menos, muy poco, para hacerlo, para visitar esos lugares llenos de mundos por descubrir, que además tienen la facultad de ser diferentes para cada lector. Será extraño no poder pasar la mano por los lomos de los libros, y sacar aquel que nos llama la atención para observarlo más detenidamente y sentir su tacto. Los libros son también tacto, con lo que habrá que acostumbrarse a únicamente mirarlos antes de decidirse por uno o varios, los que queramos comprar.

Ayer la editorial Blackie Books publicó un anuncio maravilloso sobre los libros, las librerías, los autores, las novedades que ya no lo son tanto… o sí. Merece la pena verlo y disfrutarlo.

Los libros nos han permitido estos días adentrarnos en otras vidas, ser testigos de otras realidades más bonitas que la que la vivíamos y aún seguimos viviendo. Como leí el otro día por ahí, cuando te digan que el arte no tiene ningún valor práctico, piensa cómo habrían sido estos dos meses sin lectura, sin música, sin películas… Ahora que las librerías y las bibliotecas vuelven a subir la persiana y a colgar el cartel de “Abierto”, es el momento de agradecérselo.

Foto: Hatice Yardim


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2 ComentariosEnviado por: Sandra Sánchez

13 mayo 2020

Cruce de caminos

Dos trenes se cruzan en mitad de ninguna parte. Ambos van prácticamente vacíos para la cantidad de vagones que portan, las distancias de seguridad hacen que el mundo sea otro, no hay posibilidad, ni ganas, de ir con ningún desconocido al lado. Lo mínimo, a dos metros. Los pasajeros viajan en zigzag, un asiento libre a la izquierda en una fila y otro libre a la derecha en la fila de delante y en la de detrás. Y así sucesivamente.

Todos o casi todos extrañan a alguien a su lado, pero la mayoría ha aprendido a disimular, por lo que la vida parece más fría.

Los viajeros no se acercan a la cafetería, porque está cerrada. Únicamente hay una maquina expendedora de productos poco saludables, tipo cafés torrefactos de la peor calidad o sándwiches que nadie en su sano juicio comería a no ser que estuviera hambriento de verdad. Las bolsas de patatas fritas, los refrescos y las chocolatinas son los artículos más demandados, a mitad de viaje sus existencias van menguando hasta quedar en nada poco antes del destino.

Nadie habla a bordo de los trenes. Hay quien ha desplegado la mesita y ha colocado sobre ella su portátil para trabajar, el sonido de dedos golpeando teclas es el único que se oye. Puedes dedicarte a escucharlo atentamente y jugar a adivinar si la persona está de mejor o de peor humor según su forma de teclear. Con contundencia, a toda velocidad, o levemente, como pidiendo disculpas de antemano por molestar.

Algunos pasajeros llevan puestos auriculares conectados a sus móviles. Ninguno ve la película que ofrece la compañía en las pantallas que cuelgan del techo. Ni siquiera se molestaron en darle una oportunidad. Escuchar por megafonía el título fue suficiente para pasar a otra cosa. Prefieren ver series previamente elegidas y descargadas por ellos mismos, confiando en que no les fallarán.

Un par de personas leen. Ninguna libros de papel, sino electrónicos, ebooks los llaman. Imposible desde la distancia adivinar su portada, su grosor o su título. No hay forma más discreta que leer que en uno de estos artilugios. Pero deben de ser interesantes, pues sus propietarios no levantan la mirada de ellos y les hacen compañía durante todo el trayecto.

Al llegar a la estación de destino la gente continúa respetando la distancia de seguridad. Se ponen de pie y alcanzan sus pertenencias de los estantes superiores, pero permanecen en su sitio pacientemente hasta que es su turno de salir. Ya en el andén, cada uno camina a su ritmo y en pocos minutos no recordarán nada de ese viaje.

Solo dos personas seguirán pensando en él, en el trayecto. Los conductores de ambos trenes, emocionados por haberse encontrado hoy, siquiera un segundo fugaz, y deseando volver a hacerlo mañana, durante otro instante, en sentido contrario.

Foto: Egor Vikhrev


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1 comentarioEnviado por: Sandra Sánchez

4 mayo 2020

El bosque

Los sueños raros son perfectamente normales en situaciones de estrés. Y si estas son colectivas, las probabilidades de tenerlos se multiplican de forma exponencial.

Sonia tenía una amiga que llevaba noches soñando lo mismo. Corría por un bosque frondoso, lleno de árboles altísimos que no dejaban entrar la luz y un suelo cubierto de hojas grandes y húmedas que hacían un ruido inequívoco y fantástico al pisar sobre ellas.

No es que nadie le persiguiera, más bien era como si corriera por el mero hecho de correr, de avanzar camino, de ver qué había más allá del lugar en el que se encontraba. De pronto, una pared invisible le hacía frenar en seco; y ahí, en ese shock, se despertaba.

Una noche tras otra, intentaba hacer actividades diferentes para no soñar lo mismo. Si antes de dormir veía una película de acción, al día siguiente optaba por una comedia romántica. Al otro se daba un baño caliente; o se ponía música relajante; o escuchaba un podcast sobre el fútbol argentino de la década de los 80. Cualquier cosa valía, lo importante era que le alejara al máximo de aquel sueño. Pero nada funcionaba. Noche tras noche, era quedarse dormida y verse corriendo en aquel bosque.

Cuando despertaba intentaba analizar el sueño, rescatar el mayor número de detalles posibles que le hicieran comprender a qué venía aquello. Así, un día descubrió que la velocidad a la que iba era excesiva para una persona. Y que su altura también debía de ser mayor de la real. Más allá de eso, no era capaz de entender nada.

Llegó a obsesionarse de tal manera, que empezó a visitar páginas web que hablaban de los sueños, nada fiables pero daba igual. También leía, por supuesto, estudios científicos sobre las distintas fases nocturnas, así como sobre psicoanálisis. Intentó cubrir la mayor cantidad posible de frentes abiertos sobre el tema, pero nunca encontró una respuesta y mientras, seguía soñando lo mismo una y otra vez.

Los días avanzaban y la epidemia, que ya hacía tiempo era pandemia, pasó su punto máximo (el pico de la curva, lo llamaban en las noticias) y empezó a descender. Muy poco a poco, la gente empezó a tener más esperanza, a ver un poco de luz. Nadie quería confiarse, pero se percibía un sentimiento común, mejor dicho, una sensación, de que las cosas estaban mejorando.

Durante esas largas y oscuras semanas, la gente que había tenido la suerte de no caer enferma, hacía planes, tenía proyectos, se veía a sí misma en un futuro próspero y feliz, vaya, con una vida nueva mucho mejor de la que era antes de todo esto. Pero la amiga de Sonia no había avanzado nada. Conservaba su trabajo mediocre, pero cuando terminaba la jornada y apagaba en casa el portátil, no se le ocurría nada más que nacer.

Un sábado, Marta le propuso que participara de un nuevo negocio que estaba ideando. Era muy loco, pero ella estaba dispuesta a todo.Y antes de que su amiga le contara los detalles dijo un sí rotundo.

Esa noche, al apagar la luz de su habitación y quedarse dormida, el caballo salvaje que habitaba en ella echó de nuevo a correr al galope por el bosque. Pero esta vez el muro transparente no la frenó, sino que lo atravesó sin inmutarse.

Foto: Allef Vinicius


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