Twist and shot

14 mayo 2018

Estrellas desordenadas

En el sueño todo era oscuridad. Bueno, solo al principio; luego los ojos de la soñadora se acostumbraron a ella y pudo percibir los matices. Sobre su cabeza brillaban las estrellas, con una luminosidad tan intensa que las convertía en irreales, tanto que la soñadora pensó que estaba soñando. Fue solo un instante en el que casi estuvo a punto de despertar, que es lo que suele suceder cuando piensas que estás soñado, pero esta vez no fue así. Siguió contemplando el cielo, que se mostraba silencioso e inquietante, como a la espera de que algo pasara. De repente pasó. Una aurora boreal, de un verde eléctrico, se mostró desnuda frente a ella, como una ola sedosa que imaginó tocar. Ojalá poder hacerlo, internarse en la aurora, fundirse en ella y adquirir también esa suavidad y ese color sobrenatural, imposible.

La soñadora caminaba sobre algo semi líquido. Una superficie nunca antes pisada, al menos no por ella, pero por la que le resultaba agradable andar. Sus botas hacían un ruido levísimo al dar cada paso, un sonido relajante que casaba a la perfección en la atmósfera en la que se encontraba.

De repente, a lo lejos, le pareció que iba a empezar a amanecer. Un fulgor claro se abría paso en el horizonte, que hasta ese momento no estaba definido, e iba haciéndose cada vez más amplio, alrededor de una enorme bola roja, que debía de ser el sol. A partir de ahí todo empezó a pasar muy deprisa, amaneció, el sol alcanzó altura como en un time lapse, a cámara rápida, y de pronto lo tenía sobre ella, con un resplandor naranja tan potente que creyó que la iba a devorar y se cubrió la cara con las manos esperando que así sucediera.

Fue entonces cuando despertó. Al abrir los ojos volvió a ver las estrellas. Pero esta vez en seguida encontró la explicación. Estaba tumbada en su cama y en el techo de su habitación brillaban las estrellas fluorescentes que había pegado hace unos días. Le gustaba mirarlas cada noche antes de quedarse dormida. Tenía estrellas enormes, planetas pequeños, uno de ellos Saturno, sin duda, pues tenía anillos, un sol diminuto y una media luna espectacular. Porque aquí las escalas y el orden no importaban, no tenían por qué guardar ninguna relación con la realidad. Cada cuerpo celeste estaba puesto sin orden ni concierto, al libre albedrío. Y eso a ella le gustaba, le parecía un mapa bastante exacto del mundo en el que habitaba, de su mundo interior.

Encendió la luz y el brillo de sus estrellas se apagó al instante. Se duchó, puso su cafetera italiana al fuego y cuando el café estuvo listo se sirvió una taza y encendió el ordenador.

Tenía mucho trabajo pendiente. Lo que no era de una urgencia insoportable lo iba dejando hasta que lo fuera, por lo que al final siempre había algo de una urgencia insoportable y siempre tenía cosas que hacer.

Se puso a ello de forma mecánica y estuvo trabajando sin parar hasta el mediodía, cuando salió de casa para dirigirse al pequeño café en el que había quedado con una de sus mejores amigas. Pidió uno cargado mientras la esperaba y cuando lo hizo la abrazó y escuchó con atención lo que le contaba; los últimos progresos de su hija en la guardería, el enfado que había tenido con un compañero de trabajo, lo difícil que le resultaba últimamente encontrar tiempo para ella misma. La soñadora despierta sonreía, aconsejó a su amiga lo mejor que pudo sobre lo que le preocupaba y evitó en todo momento contar algo de sí misma.

El día había empezado bien. Estaba consiguiendo una vez más no mostrar su galaxia desordenada al mundo exterior. Porque con los años había aprendido que no todo el mundo comprende a las desordenadas, a las personas que normalmente no encajan. Y ella era así, una mujer soñadora con un único y raro objetivo, el que también tenía Frida Kahlo, llegar a alcanzar la tranquilidad de haber logrado ser lo más parecida posible a ella misma. Eso le parece más que suficiente, teniendo en cuenta que nuestro paso por el mundo es en realidad fugaz. Como las estrellas.

Foto y ©: Kaylah Otto


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4 ComentariosEnviado por: Sandra Sánchez

7 mayo 2018

Dos tickets

Cuando no esperas nada es cuando existen más probabilidades de que pasen cosas. Ella lo sabía por experiencia. Los años te dan cantidad de lecciones que no se encuentran en ningún libro de texto. Hay cosas que no se estudian, que simplemente se viven. En esto iba pensando cuando el sol se despedía despacio y la temperatura, que durante toda la tarde había sido magnífica, empezaba, al mismo ritmo que el sol, a decaer. Su paseo por la playa tocaba a su fin. Cerró del todo su chaqueta de cuero para proteger su cuerpo del frío y dejó la naturaleza atrás, camino de la parada de autobús que le llevaría a su casa, desde la que el mar, aunque estaba cerca, no se veía, solo se presentía.

Con la sensación de tener la sal marina pegada a su rostro se lo acarició con las dos manos justo cuando vio su autobús doblar la esquina. Subió, pagó su euro con cincuenta al conductor, que la miró como sorprendido de que aún hubiera gente que pagara un ticket con monedas; correspondió a esa expresión de sorpresa con una leve sonrisa y se dirigió hasta la penúltima fila del pasillo de la izquierda, donde se sentó junto a la ventana. Siempre que era posible escogía ese asiento, sin ningún motivo en especial, sencillamente lo sentía como suyo, le parecía que era el que le correspondía o algo así. Esa noche era la única pasajera, con lo que no hubo ningún problema y allí se sentó. Miró por la ventanilla y vio cómo terminaba de anochecer, cómo las farolas iban cobrando vida y se hacían fuertes en las calles. Luego cerró los ojos y no pensó en nada.

Le pareció que llevaban un largo trecho sin que el conductor efectuara ninguna parada y abrió los ojos. Justo entonces el autobús frenaba y recogía a un pasajero. Él no pagó con cash, llevaba una de esas tarjetas que por lo visto tienen todos los mortales menos ella. Echó un vistazo al interior del vehículo y se dirigió hacia ella. La miró muy de reojo, ella podía pensar que lo había hecho o no, y se sentó al otro lado del pasillo, también en la penúltima fila.

La primera reacción de ella fue sentirse algo molesta. Todo el autobús vacío y tiene que ponerse tan cerca… Luego le observó disimuladamente, con algo de interés; y resultó que aquel hombre le gustó, por lo que dicho interés fue creciendo y ya casi no le importó que él pudiera verse intimidado por su mirada. Su cerebro empezó a maquinar a mil por hora y de pronto se imaginó cómo sería aquel tipo. Pensó en su nombre, se le ocurrieron dos o tres que le iban perfectos y lo redujo a uno; sí, seguro que se llamaba así, le pegaba muchísimo. Después imaginó a qué se dedicaba, a continuación qué hacía allí en ese autobús de esa línea tan poco transitada a esa hora de ese día entre semana. Vio con claridad adónde se dirigía y por fin pensó qué podría decirle para entablar una conversación con él. Volvió a mirarle. Había un motivo por el que ese hombre estaba allí, sentado a su lado, no tenía ninguna duda. Hacía mucho tiempo que no sentía una atracción de esa intensidad por alguien, era algo tan fuerte que su corazón latía de forma escandalosa, hasta temió que él pudiera llegar a notarlo. Se trataba de una persona del todo desconocida, pero estaba convencida de que muy pronto iba a dejar de serlo, que de alguna forma ya no lo era.

Cuando respiró hondo y abrió los labios para hablarle él la miró y se puso de pie. Ella no pudo descifrar nada de esa mirada, era absolutamente neutra. Boquiabierta, vio cómo él recorría el pasillo tambaleándose ligeramente, sin agarrarse a ningún asiento. Pulsó el botón para que el conductor parara, al instante se abrieron las puertas y se bajó del autobús. Ella no podía creerlo. Lo vio marcharse caminando despacio sin mirar atrás. El autobús se puso en marcha y ellos cada vez estaban más lejos. En menos de un minuto lo perdió de su vista.

No entendió nada de lo que había pasado hasta que se dio cuenta de que había caído en la trampa. Cuando no esperas nada es cuando existen más probabilidades de que pasen cosas. Pero ella, al pensarlo, ya lo estaba esperando.

Foto y ©: David Bazo


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19 abril 2018

Viajera en casa

“Teníamos mucho por recorrer; pero no importaba. El camino es la vida”. Cerró la novela de Jack Kerouac y a continuación los ojos. Se vistió, pues estaba medio desnuda en el salón de su casa, y decidió salir. El calor había llegado sin previo aviso, pero sabía que sería así, aunque suene paradójico. Las estaciones, como tantas otras cosas, se van radicalizando año tras año y se van dejando de tibiezas, para tristeza de los que amamos la primavera y el otoño. Ahora ya todo es invierno o verano. Y parecía que el verano este año llegaba en abril. Concretamente el día 20.
Ella comprobó que la calefacción estaba apagada e imaginó que ya no volvería a encenderla hasta dentro de seis meses, quizá más. Esa idea le causó cierta desazón, pues se imaginó a sí misma dentro de seis meses y le pareció una cantidad de tiempo enorme. Todo podría pasar de ahora a entonces, sobre todo cosas que ni siquiera podía llegar a imaginar, pues así solía ser su vida, sorprendente e impredecible.

Con este pensamiento rondando aún por su cabeza salió a la calle. Echó a andar sin rumbo fijo con ese pudor extraño de sentir las piernas libres de ropa en público por primera vez después de tantos meses ocultas. A la potente luz del sol se veía la piel blanquísima y a ella le gustaba estar morena. Calle abajo, por sorpresa, se encontró con un viejo amigo. Estudiaron juntos en la Universidad, pero no habían vuelto a verse. De hecho ella en un primer momento no le reconoció, fue él quien lo hizo. Y los recuerdos brotaron como un torrente incontenible.

En mitad de la calle se vieron a sí mismos muchos años atrás y no les costó ni un minuto hacerlo. Ella lo recordó como un tímido interesante. Tenía un grupo reducido de amigos y no salía de él. Sin embargo, cuando sus miradas se cruzaban en el aula, en mitad de alguna clase, él no la bajaba. Al contrario, normalmente ponía una mueca rara, súper graciosa, o le sacaba la lengua. A ella eso le encantaba. Por supuesto no había vuelto a pensar en ello hasta ahora, que volvía a causarle el mismo sentimiento de simpatía hacia él.

Después de charlar sobre aquellos momentos comunes empezaron a hacerlo sobre los que cada uno vivió por su lado al terminar la carrera. Resultó que él no había dejado de viajar, trabajando para distintos organismos internacionales. Ella asentía como dando a entender que conocía todos los nombres que él le citaba, pero la realidad es que sobre algunos de ellos no habría podido decir absolutamente nada y esperaba que el nivel de la conversación no se elevara demasiado en ese tema, porque se notaría que no era capaz de seguirlo.

Afortunadamente la charla se desvió más hacia los destinos que hacia los trabajos y eso le relajó. Él había vivido en Noruega, un país que ella aún no conocía, pero que soñaba con visitar. También había estado unos años en Nigeria, país que sin embargo a ella no le decía nada en especial. Y por último, en Colombia. Ahí sí había viajado ella también, por lo que pudieron hablar de sus ciudades, de sus playas, de su gente, tan sociable que parecía que llevaran el sol dentro, de las sonrisas tan luminosas que tenían. Colombia…

El móvil vibró dentro de su bolso y tras ver el mensaje que le enviaban el reloj se iluminó y se dio cuenta de que habían estado hablando más de una hora. Ninguno dijo nada de ir a otro lugar a seguir charlando, ni mucho menos de verse otro día. Ahora que lo piensa le parece raro, pero a ninguno se le ocurrió intercambiar los números, no tuvieron intención de volver a estar en contacto y estaba bien así.

Se despidieron con dos besos y sendas sonrisas y empezaron a andar en direcciones opuestas. Ninguno de los dos se giró a mirar al otro.

Ella volvió a su casa, dejó las llaves en el mueblecito de la entrada y miró a su alrededor. Todo su salón estaba lleno de recuerdos. Recuerdos, que no souvenirs, de viajes en los que había sido feliz. Hacía años que no viajaba. ¿Cuándo fue la última vez que subió a un tren o a un avión? Uf, tendría que pensarlo, no lo recordaba. Sin embargo sus viajes vivían allí, con ella. La vida no le había tratado tan bien como a su compañero de carrera. Ella empalmaba un trabajo precario con otro desde hacía ni se sabe y ya se había acostumbrado a ello. Se dio cuenta entonces de que vivía de recuerdos, ellos la mantenían en pie y así tendría que seguir siendo hasta que las cosas le fueran mejor.

Acercó una silla al armario y se subió en ella para llegar al altillo. Encontró en él una vieja hamaca, traída precisamente de Colombia un millón de años atrás. La enganchó en mitad del salón; no fue fácil, nunca ha sido muy mañosa y le llevo media tarde. Pero una vez lo hubo conseguido se tumbó en ella a soñar con sus viajes futuros sin miedo a caerse. Sabía que aguantaría.

Foto y ©: Kinga Cichewicz


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