Twist and shot

7 abril 2019

Resistencia

Hay gente insegura y gente que no lo es. Hay quien tarda un mundo en tomar una decisión, pero cuando lo tiene claro da un golpe de mando y va hacia adelante con todo. Mía es una de ellas. El pasado martes decidió dejar su trabajo. Llevaba años en él, no era un trabajo ni especialmente bueno ni terriblemente malo. Era un trabajo más y precisamente por eso le aburría.

Lo dicho, decidió dejarlo. Le llevó tiempo estar segura, pero lo hizo y hoy se lo ha comunicado a sus jefes. Tras la sorpresa inicial, no le agradecieron los servicios prestados, pero le desearon suerte.

¿Qué es la suerte? El Diccionario de la Lengua Española tiene nada menos que 18 acepciones de este término. La primera reza “encadenamiento de los sucesos, considerado como fortuito o casual”. Interesante. No hace ninguna referencia al hecho de que sea algo positivo, favorable, en definitiva bueno.

La suerte es entonces puro azar. Todas las posibilidades están ahí, existe un mundo abierto en el que puede pasar de todo, tanto genial como desastroso. Y la gente te desea suerte, que te lances a la piscina sin averiguar antes si tiene agua. O sin saber si aunque la tuviera serías capaz de nadar.

En las aguas de Noruega existen criaturas marinas del todo desconocidas. Viven a unas profundidades locas, en un mundo oscuro, tan diferente al nuestro que podría considerarse que existe otro planeta formando parte de este. De hecho, les hemos usurpado el nombre. En vez de Tierra nuestro mundo debería llamarse Agua.

Estos seres acuáticos se mueven a su suerte, o al menos eso parece si no lo pensamos mucho. Pero en realidad tienen unos mecanismos súper avanzados que los ayudan a dirigirse con la máxima seguridad posible dentro de su inhóspito y salvaje mundo.

Mía viajó una vez hasta esos mares y no pudo ver a ninguna de esas criaturas, pero aprendió algunas cosas sobre ellas. Por ejemplo, que el calamar gigante recoge sus tentáculos para adoptar una forma acuodinámica y deslizarse a toda veelocidad a gran profundidad; o que hay peces de colores que utilizan sus aletas para caminar por el fondo abisal, como si fueran patas.

Y ahora, mientras pasea por una calle sin nombre camino de ningún lugar, sin una mochila laboral a cuestas que cargar, sabe que a pesar de todo, cuando piensa en su profesión le gusta la libertad. No desearía contar con esos mecanismos de defensa de los animales de las profundidades marinas; le va el factor sorpresa. Sabe que el vértigo de no tener un puesto fijo le traerá quebraderos de cabeza, nadie dijo que fuera fácil. Pero ella lo tuene claro. Aún le gusta sentirse preferiblemente viva.

Foto: Alexandra Isvanescu


Etiquetas: , , , , , , , ,

1 comentarioEnviado por: Sandra Sánchez

29 marzo 2019

El gigante de Leiva

Hace unos días, creo que fue uno antes de que Leiva lanzará su nuevo disco, él mismo hablaba en Twitter de la historia que inspiró una de sus canciones, ‘El gigante de Big Fish’. Recomiendo muchísimo leerla en sus propias palabras, pinchando aquí. Desde que vi su hilo pienso muchas veces en esa historia.

Cuenta cómo una amiga suya empezó a cartearse en el colegio (en aquella época era algo muy común) con un niño de otro cole, Matthew, al otro lado del charco. Y cómo la vida hace que esa relación de amistad avance hasta que en un momento determinado, años después, llega a una vía muerta. A partir de aquí esa niña, ya adulta, tiene un recuerdo de su amigo y puede pensar mil cosas sobre por qué todo se paró. Pero lo que más me impacta del relato, que a estas alturas ya habréis leído en el enlace de arriba, es cómo la realidad supera a la ficción. Cómo por mucha imaginación que tengamos, por muy lejos que la llevemos, hasta lo imposible quizá, la vida es más lista y la supera. El final de la historia de la amiga de Leiva es triste, pero mágica. Y hace pensar y pensar sobre la condición humana, sobre cómo somos y cuánto tenemos que aprender continuamente de nosotros mismos y de los demás.

Investigué un poco acerca del gigante de Big Fish y descubrí que nació el mismo año que yo, quizá eso también ha hecho que su relato me haya llegado aún más hondo. Todo esto viene para comentar también que Nuclear, el nuevo disco de Leiva, es muy especial. Mi amigo Bor, también músico y también con disco nuevo que se puede escuchar aquí (hoy el post va de links), me lo enseñó el sábado pasado, él se lo ha comprado en vinilo y en CD, tal es su pasión por el artista de la Prospe. Y me estuvo mostrando cómo la cubierta estaba formada por capas y capas de papel quemadas a fuego que iban formando un corazón. Las canciones que contiene son también así, muy íntimas y quizá más pequeñas que las de trabajos previos, pero están llenas de emoción. Tengo dos claras favoritas. Una es ‘Como si fueras a morir mañana’, esa música in crescendo que acompaña tan bien la progresión de la letra hasta estallar en el estribillo: “Hazlo, como si ya no te jugaras nada, como si fueras a morir mañana, aunque lo veas demasiado lejos, hazlo”. Me encanta el mensaje, el lanzarse a lo que sea, un amor, un trabajo, un proyecto, si se quiere hacer, si se tiene que hacer porque en realidad no hay otra opción, porque lo necesitas, lo quieres con el alma. Es emocionante.

La segunda favorita es la que cierra el disco y la que abre este texto. ‘El gigante de Big Fish’ es una canción tierna y delicada sobre lo más íntimo de la persona, sobre los complejos que desearíamos no tener, pero que no podemos evitar. Me encanta su letra, su melodía que al inicio me recuerda muchísimo a otra canción que no consigo, de momento, identificar. Y me gusta también su primer vídeo, con ese gigante en un carro de caballos en marcha bajo la lluvia y la nieve, negro sobre crudo. Qué paradójico resulta, ahora que lo pienso, el complejo de un gigante.

Foto: Diego Catto


Etiquetas: , , , , , , , ,

1 comentarioEnviado por: Sandra Sánchez

20 marzo 2019

El día de la felicidad

Dolor de cabeza inasumible, andares cautelosos, sombras oscuras. Nada parecía ir bien esa mañana, y sin embargo, en la radio decían que era el día de la felicidad. Camino del trabajo solía escuchar una emisora musical, pero hoy había optado por las noticias. Todas eran malas. Y sin embargo, al finalizar el boletín de las 8, el locutor comentó, como si de una broma macabra se tratara, que era el día de la felicidad.

Tocaba, por lo visto, ser feliz. Pero, ¿ser feliz todos a la vez? ¿Y con la misma intensidad? ¿Qué le sucedería al mundo si eso fuera posible, si de hecho ocurriera? El caos se apoderaría de nosotros, pensó, Sonia; era una pesimista de libro.

La migraña no le dejaba vivir. Debería haberse quedado en casa, haber llamado a su jefe, ese que al mínimo dolor de garganta causa baja, para decir que no iba, que se encontraba fatal. Pero no lo hizo y ahí estaba, camino de la oficina, viéndolo todo borroso. En un momento dado se agarró a una farola y cerró los ojos. Entonces, empezó a llover. Una lluvia fina y persistente, de las que cala hasta los huesos sin que te des cuenta. Era raro, juraría que antes brillaba el sol y no había una nube en el cielo. Sin embargo notaba perfectamente cómo las gotas entraban en sus poros, frías como hojas de cuchillo. Haciendo un gran esfuerzo abrió los ojos y miró hacia arriba. La lluvia salía de la farola. Concretamente del espacio en el que debía estar la bombilla.

Desnortada del todo, miró a su alrededor. Y vio gente como ella. Personas agarradas a farolas que llovían sin parar. Casi todas temblando y con los ojos cerrados. Algunas abrazadas a esos gigantes de metal como si fueran botes salvavidas en medio de un naufragio.

Esas personas seguramente también habían escuchado por la radio o leído en algún periódico digital que era el día de la felicidad. Y se habían sentido derrotadas, porque eso les había hecho pensar que ellas no eran felices. Las farolas… un momento, también los árboles, eran el refugio de los infelices. De aquellos que no tienen a quién abrazar. Y por eso tanto unas como otros, alcanzados por la empatía, lloraban sobre esas personas, compadeciéndolas, mojándolas hasta lo más profundo, compartiendo su dolor.

Sonia empezó a comprender. Los infelices del mundo eran muchísimos y todos estaban allí, invisibles para el resto. Ahora ella era una de ellos y quienes eran invisibles eran los alegres, esos a los que todo les iba bien. Tenía que salir de esa situación como fuera, pero su farola no dejaba de llover. Pensó en poner la radio de nuevo, buscar algo de música vital y desenfadada, sintonizar una radiofórmula quizá. Se resistía contra la tristeza, tenía que escapar de ella costara lo que costara y mientras luchaba internamente la cabeza le empezó a dolerle menos. Cerró los ojos y al otro lado de los párpados parecía brillar de nuevo el sol. No era un día perfecto, ni mucho menos. Pero ya casi no llovía y le importaban un pimiento los mensajes absurdos que algunas mentes maquiavélicas quieren que las personas de a pie compremos. Ella sería feliz cuando le diera la gana. Bueno, o cuando pudiera. Pero no porque se lo dijera un señor por la radio. Al llegar al trabajo la migraña había remitido casi por completo. Su compañera le dio los buenos días y le dijo: “Hey, ¿sabes que esta noche empieza la primavera?”

Foto: Issara Willenskome


Etiquetas: , , , , , , , , ,

Deja tu comentarioEnviado por: Sandra Sánchez

Post Anterior Siguiente Post