Twist and shot

26 febrero 2019

Dos emociones posibles

A bordo de un avión hojeaba despreocupada la revista de la aerolínea que le traía de vuelta a casa y entonces comenzaron las turbulencias. Miró a su alrededor y comprobó que el resto de pasajeros dormía plácidamente. Alba, sin embargo, estaba más despierta que nunca. Envidiaba a las personas que eran capaces de dormirse en cualquier parte, para ella era algo simplemente imposible. Vino a su cabeza, de repente, una frase de Orson Welles. Divertida y macabra a la vez: “En los aviones solo existen dos emociones posibles, el aburrimiento y el terror”.

El vuelo desde entonces fue movidísimo, una tortura para sus nervios, ya de por sí poco templados. Cuando por fin la nave pisó tierra firme, mientras la gente se desperezaba ella ya estaba con el abrigo puesto y el bolso colgado en la puerta delantera, dispuesta a salir de allí la primera. Malditos aviones, cada vez le daban más miedo.

Un viaje es una aventura, es conocerte a ti mismo, no importa el destino, sino lo que vives al llegar a él… Cuántas frases hechas, lugares comunes sobre los viajes. Alba había hecho el suyo por trabajo y afortunadamente ya estaba de vuelta en casa. Nadie la esperaba en el aeropuerto y eso le extrañó. Después de tres escalas y casi un día entero en el aire habría sido agradable encontrar un alma amiga que le llevara a su hogar. Se acercó a la parada de taxis, pero nada, estarían en huelga. La ciudad parecía fantasma y hacía más frío de lo habitual para esa época del año. Empezó a respirar algo raro en el ambiente.

Cada ciudad tiene su aroma, un olor propio, difícil de describir con palabras, pero que identificas al instante. Y el olor de su ciudad había cambiado. Caminó hacia una parada de tren mientras el frío se hacía más y más intenso. Los pasajeros que iban con ella en el avión la rodeaban, caminando como autómatas hacia la estación de tren. Allí, en el andén, el pánico se apoderó de Alba. Se quedó paralizada. Los carteles eran los de siempre, pero el nombre de las paradas eran del todo desconocidas. Nada tenía sentido ya. Miró a su alrededor y la gente parecía no notar nada extraño. Esperaban pacientes y abrigados a que llegara algún tren. Miraban sus móviles, la vida parecía estar en orden para ellos.

Se puso su chal de cuadros por la cabeza, menos mal que era de lana y siempre lo llevaba consigo por si acaso; nunca lo había necesitado tanto como entonces. Llegó un tren. Los altavoces anunciaron su llegada en un idioma que ella ni hablaba ni entendía. El conductor bajó de su cabina e indicó a los que allí esperaban que subieran en orden a los distintos vagones. Así lo hicieron, sin protestas, sin empujones, sin ruido, sin palabras.

Un viaje puede decir tanto de nosotros como no viajar. Y Alba decidió no subirse a ese tren. No dejarse llevar por la corriente, quedarse quieta hasta que pudiera entender algo de lo que estaba sucediendo y solo entonces actuar. Vio cómo los que habían sido sus compañeros de viaje la miraban impávidos desde las ventanillas mientras el tren se alejaba. Se había quedado sola. Y encima empezaba a nevar.

Foto: Yns Plt


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13 febrero 2019

13 de febrero de 2013

Hoy cumple seis años el pequeño blog, como me gusta llamarlo. Un blog íntimo en una revista grande. En este tiempo han pasado tantas cosas, tantas que es imposible recordarlas todas, ni aun intentándolo. Me pareció entonces, en febrero de 2013, que empezar un día 13 (no me acordaba de si era martes y lo he buscado en el calendario; no, era miércoles, como hoy) solo podía traer buena suerte. Y creo que sí lo hizo, pues aquí estamos, seis años después.

Echo la vista atrás y me doy cuenta de que gracias a él he conocido a personas encantadoras, que a día de hoy se siguen sumando, dejando sus comentarios al principio en Twitter y en Facebook y ahora sobre todo a través de Instagram. También gracias a él me lancé a escribir mi primer libro (ojalá el blog llegue a ver el tercero), cuyo germen nació aquí, en estos relatos. De hecho el primero que publiqué ese día 13 y que titulé ‘El futuro es hoy’ ya no está aquí, me lo llevé al libro.

En fin, un montón de recuerdos asociados a este espacio y todos ellos buenos, ninguno malo. Escribir te hace una compañía increíble, te ayuda a exteriorizar cosas que necesitan ser aireadas aunque no lo sepas, te ayuda también, quizá justo por eso, a conocerte más a ti misma, a identificar tus miedos, tus intereses, tus preocupaciones, los detalles que forman parte de ti.

En este último año, del quinto al sexto, han pasado multitud de cosas, ha sido algo asombroso. Ya no trabajo en la empresa editora de Elle, pasé allí muchísimos años, casi todos los de mi vida laboral. En agosto emprendí un nuevo camino, pero este blog al que tengo tanto cariño sigue haciendo las veces de lazo con aquel lugar y con aquellas personas con las que conviví de 10 a 17 h durante todo ese tiempo. Esta tarde estaba un poco desanimada, porque había tenido un mal día en mi trabajo actual. Básicamente extraño a mis antiguas compañeras. Y de repente, ya en casa, he recibido un whatsapp. Era de una de ellas, muy querida, con la que más tiempo pasé mesa con mesa. Llevábamos creo que más de un mes sin hablar, seguramente desde que nos felicitamos el año nuevo. Y me decía que la gente allí me recordaba y que le preguntaban por mí. A veces cuando necesitas algo, un detalle mínimo, pero importante, ese algo llega. Y eso también me lo ha demostrado muchas veces este blog. Por otros seis años más, o los que quieran venir. Gracias por seguir ahí, al otro lado, que en realidad es el mismo.

Foto: Ramille Soares


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6 febrero 2019

Las historias invencibles

Despierta con una emoción incontenible, no sabe bien dónde está. Por fin se ubica, pero la emoción sigue presente. Se debe a un sueño, es uno de esos sueños que impactan sobre todo por lo inesperado, porque ni en su momento más creativo sería capaz de idear una historia tan potente, tan bien montada, tan invencible.

Se queda unos minutos, aún medio dormida, recreándose en ella, en su historia, y alcanza a pensar que debería escribirla, anotar algo rápidamente para no perder ninguno de sus matices. Pero se está tan bien así, simplemente recordándola, que sabe que no habrá quien le mueva de su posición, mucho menos ella misma.

No sabe de dónde salen los sueños, por qué de pronto una chica de ciudad sueña con un animal exótico, por qué un niño asegura haber hablado en sueños con un emperador, o por qué una adolescente se ve a sí misma veinte años mayor, como le pasó a ella hace veinticinco años. Un sueño ese que jamás podrá olvidar.

¿Por qué soñamos lo que soñamos? Parece el título de un artículo sensacionalista de cualquier publicación on line con poco rigor, pero con muchos clics. No va a buscarlo en Google por si acaso existe ese artículo. Dicen que que los sueños nos ayudan a conocernos mejor, a identificar nuestros miedos y deseos, a que el cerebro procese y dé salida a cosas que en la vigilia no llegamos a atender o a solucionar. Pero ella ve complicado entender por qué una noche soñó con la caída del imperio romano; o por qué otra subía una montaña en Perú y veía a una llama envuelta en llamas, valga la redundancia, pero así fue. Y le parece más difícil aún creer que esos sueños le enseñan algo de sí misma. Le da pereza solo pensar en dedicar unos minutos a darle vueltas.

“Giros. Todo da vueltas como una gran pelota, todo da vueltas, casi ni se nota… Mi necesidad se va modificando con los demás, así mi luna llega a ti y así yo llego a tu luna”. Es la letra de una canción que habla de cómo todo cambia tanto a medida que pasan los días que pareciera que no sucede nada. La vida está llena de paradojas y a veces solo los sueños nos permiten salir de ellas, como si nos lanzara de una noria una fuerza centrífuga descomunal.

Poco a poco se fue desperezando, la emoción inicial no era ya tan intensa, y las rutinas cotidianas le fueron devolviendo al mundo real. El desayuno a toda prisa, la ducha de dos minutos, porque no hay tiempo de más, el frío de febrero en la cara al salir de casa, el bullicio del tráfico y las charlas insustanciales de los compañeros en el trabajo. A mediodía solo sintió una cosa, no haber anotado el sueño. Porque ya no recordaba nada de él.

Foto: Jordan Bauer


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