Twist and shot

25 octubre 2019

Una historia de violencia (y de superación)

¿Cómo puede una mujer del siglo XXI llevar una vida laboral y personal plenamente satisfactoria, sin que ninguna de estas facetas se resienta? Quien tenga la respuesta que la ponga en común, por favor. La vida, en general, empieza bien para la mayoría. Todas las posibilidades están ahí, solo tienes que elegir, hay muchas puertas abiertas. Luego, van pasando los años y las cosas se complican. Ya tienes que empezar a renunciar a algo si quieres disfrutar de otra cosa. Madurar es tomar decisiones, decir que no a un asunto y que sí a otro; arriesgarte o no hacerlo en absoluto, pero en todo caso decidir.

Ayer mismo conocí una historia. Una terrible, que me dejó emocionada, sin palabras y con la piel de gallina. Una mujer de mediana edad contaba en un evento de Fundación Telefónica cómo había sido su vida. En el colegio todo pintaba fenomenal, sacaba unas notas buenísimas y después estudió una carrera, creo recordar que dijo Económicas, pero no lo sé con seguridad porque en ese punto su relato aún no me había enganchado.

Después vino lo fuerte. Conoció a un hombre y ahí, según ella misma contó, tuvo que decidir si dar más peso a su carrera o al amor. Y la educación recibida, la cultura social imperante entonces (esto fue hace unas décadas), le impulsó a decantarse por lo segundo. La opción que tomó, en su caso fue fatal. Porque más tarde descubrió que de amor nada y de horror todo. Resultó que su marido era un maltratador. Ella narró, ante una audiencia con el corazón encogido, cómo este hombre la violentaba, tanto física como psicológicamente. Hasta en sus silencios le hacía daño. Dio detalles estremecedores. Y contó algo que me dejó boquiabierta: ella veía en la televisión anuncios sobre maltratadas y no se reconocía en ellos. Es más, pensaba, “¿cómo puede haber mujeres que se dejen hacer esto y no se vayan de sus casas?”. Y no veía que era una de ellas.

Le costó años tomar la decisión, esta obviamente acertada, de alejarse de aquel hombre. Y no solo eso, sino que se convirtió en una activista contra la violencia de género y puso en marcha una asociación que ayuda a mujeres que han pasado o están pasando por situaciones similares a la suya. Se llama como ella misma, Ana Bella y merece la pena entrar en su web y ver cualquiera de los vídeos que protagoniza. Veréis qué fuerza tan descomunal tiene, es una auténtica bomba de optimismo y de energía contagiosa.

Otra de las cosas que contó es que en contra de lo que mucha gente cree, las mujeres con carreras exitosas y con alto poder adquisitivo también sufren, por supuesto, el maltrato. Y de hecho son las que más años tardan en denunciarlo y en salir de su jaula dorada. Dorada por fuera, de cara a la galería; por dentro simplemente jaula. Entre las personas que protegen y defienden en esta fundación se encuentran juezas, abogadas, psicólogas, y hasta una periodista que actualmente presenta informativos en televisión, pero que prefiere no revelar su identidad. Quizá por vergüenza, por inseguridad, por una sensación de ‘culpa’.

Ana Bella dio en ese encuentro un detalle más: su marido, cuando lo era, le hizo firmar un contrato. En él le prohibía leer. La lectura, el conocimiento, nos da también libertad. De pensamiento en primer lugar, y en segundo de acción. Algo que a él, por el contrario, le quitaba poder.

Junto a esta poderosa mujer, en la misma charla, se encontraba otra, mundialmente reconocida, que acaba de recibir el premio Princesa de Asturias de las Letras, Siri Hustvedt. Todos vimos la semana pasada cómo dedicaba su galardón a las niñas, con el deseo de que pensaran, leyeran, crearan y pusieran a trabajar a tope su imaginación. Y cómo las animaba a no callarse nunca. Ayer la escritora también dijo algo muy bonito: hay que dejarse de culpas. O mejor dicho, las mujeres tienen que dejar de sentirla por defecto y deben aprender a colocarla en el bando correcto.

Y después de esto, y de hablar de su literatura (que en realidad fue para lo que yo asistí al evento como espectadora, sin saber lo que nos esperaba) aplaudió con admiración y entusiasmo, como hicimos todas las presentes, a Ana Bella.

Foto: Kinga Cichewicz


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1 octubre 2019

¿Dónde está Marcela Fuentes?

El 1 de octubre de 2019 Marcela Fuentes abandonó su puesto de trabajo tras haber fichado a la entrada. Nadie la ha visto en todo el día. En la oficina hay constancia de su llegada, concretamente a las 8.52. La hora de entrada es a las 9.00 y ella siempre ha llevado a gala ser puntual. Los encargados de la limpieza la saludaron con un aséptico “buenos días”, mientras terminaban de recoger sus cepillos, balletas y demás y los guardaban en los respectivos armarios, junto al baño de empleados.

No se fijaron especialmente en ella, parecía un día más. Las cámaras de seguridad muestran a Marcela pasando su tarjeta por el torno sin sacarla del bolso, acercando este al lector. Iba vestida con un traje de chaqueta y llevaba un pañuelo aparentemente ligero al cuello. Padecía de la garganta, o al menos eso decía, y muchos compañeros creen que se trataba simplemente de una excusa para hablar lo menos posible.

El millennial que se sienta a su lado no dice nada. El jefe le ha preguntado si en los últimos días ella le ha comentado algo que justificara su ausencia, o si la había notado rara. “¿Rara?”, contestó con una sonrisa maliciosa, “es que ella ES rara”. Y volvió a fijar su mirada de búho en la pantalla para seguir los movimientos de la Bolsa en tiempo real.

Llega la hora del almuerzo y Marcela sigue sin aparecer. Hoy tiene que entregar un informe importante a primera hora de la tarde, por lo que la tensión va aumentando por momentos. Sus superiores se acercan nerviosos a su mesa y trastean entre sus papeles, mientras el compañero los mira de reojo; él es el único que está disfrutando de la situación.

Una de las recepcionistas aprecia mucho a Marcela. Lleva toda la jornada pensando qué le ha podido pasar, sin hallar respuesta alguna. La llama al móvil una y otra vez, pero está apagado o fuera de cobertura. Los whatsapp no le llegan. La falta de noticias resulta desesperante.

Va al baño y a la vuelta tiene un mensaje de su amiga. Marcela está sana y salva, ese es su primer pensamiento, y se alegra hasta el punto de lanzar un sonoro suspiro. Después se dispone a abrirlo. Le aconseja que deje su puesto y que salga del edificio lo antes posible. La policía está a punto de entrar y no va a ser agradable.

Harta de las falsedades que estaban llevándose a cabo desde su departamento, y que Marcela considera claramente delictivas, las ha denunciado todas. Llegó a primera hora a la oficina, descargó unos últimos documentos incriminatorios en un pen drive y salió por la puerta de atrás, que únicamente utiliza el personal de limpieza y donde no hay cámaras, porque las mentes pensantes de la empresa en su momento no lo consideraron necesario.

Marcela adjunta también una foto. Es del aeropuerto, no hay duda, está en la T4. Va a coger un avión y desaparecerá del mapa. Ha cambiado el traje de chaqueta por una sudadera y unos pantalones cómodos, y está escuchando música mientras espera a embarcar. No siente culpa ni remordimientos, ni siquiera rencor hacia el millennial con mirada de búho. Solo mira hacia adelante, al futuro, y eso significa volar.

Foto: VanveenJF


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23 septiembre 2019

Escaparates

Latas de cerveza vacía en la encimera, bandejas con restos del naufragio, vasos y platos pidiendo un lavado urgente. Eso fue más o menos lo que encontró Paula al abrir los ojos esa mañana, mediodía ya, y avanzar casi a tientas hasta la cocina.

No era su casa, de eso estaba segura, pero no tenía muy claro en el hogar de quién había pasado la noche. Hizo memoria, pero no fue fácil. Volvió a la cama y echó un vistazo alrededor. Nadie a la vista, menos mal, en ese sentido respiró aliviada, porque seguía sin ser capaz de recordar. Recogió su ropa, fue al baño, un espacio impersonal que no le dio pistas sobre quién podría ser su propietario, y ni se planteó ducharse, quería salir de allí lo más rápido posible. Se vistió a toda prisa y recorrió el pasillo hasta dar con la puerta que la llevaría hasta la calle.

Allí la calma era exagerada, extrema. No solo no se oía el tráfico, habitual en aquella zona de la ciudad, sino que miró hacia arriba y no escuchó el canto de ningún pájaro. El silencio era absoluto.

Parar un taxi fue sencillamente imposible, no pasaba ninguno; tampoco autobuses ni coches de ningún tipo. Anduvo y anduvo por las calles desiertas y se preguntó si habría algún acontecimiento deportivo que motivara aquella quietud. ¿Quizá el Madrid jugaba la final de la Champions? Eso era imposible, estábamos en septiembre.

De pronto sintió una sed intensa y buscó algún supermercado o un bar en el que tomarse algo fresco. Todos los establecimientos estaban cerrados. Algunos parecía que llevaran así meses o incluso años. Los maniquíes del escaparate de una tienda de moda la miraban como pidiéndole que se uniera a ellos y por un instante le pareció que estaban realmente vivos, atrapados dentro de aquellas siluetas inmóviles.

Sacó su teléfono del bolsillo y buscó un número. Llamó y una voz metálica le indicó que no pertenecía a ningún abonado. Eso era imposible, había hablado con él… ¿ayer?

Siguió caminando hasta llegar a su casa; y allí se empezó a preocupar de verdad, al ver que la llave no coincidía con la cerradura. Un vecino tenía otra llave, pero al llamar a su puerta nadie contestó.

Salió corriendo calle abajo y, ya enloquecida, comenzó a gritar “¿Hay alguien ahí? ¿Estoy sola en el mundo?” ¿Qué día era, en qué año estaba? Creía que era 23 de septiembre de 2019, el primer día del otoño, pero dudaba de todo. Ni siquiera estaba segura de su nombre. ¿Paula? Le sonaba raro, no lo asociaba a ella. Se miró en la luna de un concesionario de motos y no se reconoció. Su rostro carecía de personalidad, era demasiado perfecto, del todo perfilado, como si alguien lo hubiera esculpido mientras dormía.

No encontraba vida por ninguna parte, mucho menos dentro de ella, e hizo lo único que podía hacer en esa situación. Volvió a la tienda de ropa, se paró frente al escaparate y miró hacia el interior. Allí había más maniquíes que antes; y uno llamó de inmediato su atención. No había dudas, era él quien tenía su cara, y hasta su cuerpo. Él era Paula, con todas las preguntas y todas las respuestas que ahora mismo se hacía. Tenía su mirada fija posada en ella y parecía invitarle a entrar. Pero un cristal blindado los separaba, y no hallaría la forma de atravesarlo.

Foto: Maxim Kharkovsky


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