Twist and shot

11 junio 2019

La historia del cargador del móvil

El tren dejó atrás la estación de Córdoba como una exhalación y continuó su camino hasta el sur del sur. Llevábamos ya varias horas en su interior y el vagón era como un microuniverso, un mundo raro al que sin embargo le íbamos cogiendo el punto.

Cuando viajo me gusta fijarme en el resto de pasajeros y esta vez también lo hice. Delante de mí iba sentada una señora de la alta sociedad. Debía de tener unos 90 años y lucía una melena roja espléndida recogida en un peinado imposible que, sin embargo, se mantuvo en su sitio durante todo el trayecto. Llevaba un jersey calado de color verde intenso y le adornaban unos pendientes grandes, rojos, verdes y amarillos. Parecía una modelo recién salida del taller de Manuel Piña en los años 80.

Junto a ella, un caballero elegante, con un fino bigote blanco y una barba cana perfectamente recortada. Viajaban junto a dos amigos que tendrían su misma edad y charlaban entre ellos como lo hace la gente de postín, de forma casi imperceptible.
Mirando hacia atrás veía a un grupo de chicos rapados, de entre 18 y 20 años, que se dirigían con seguridad a algún cuartel militar. Cuando subieron al tren no se conocían, pero en el viaje comprendieron que tenían el mismo destino y empezaron a alegrarse de no llegar solos a él.

A mi lado y a mi izquierda, dos compañeros periodistas (un hombre y una mujer) en viaje de trabajo, igual que yo. Los tres nos dirigimos en un momento dado a la cafetería en busca de una bebida caliente que nos mantuviera despiertos, un antídoto para el traqueteo difuso de los trenes modernos. Yo regresé a mi asiento antes que ellos, abrí mi tablet y comencé a leer ‘Cara de pan’, de Sara Mesa. No había terminado la primera página cuando mis compañeros regresaron. Un hombre estaba sentado en el lugar del periodista y este, educadamente, se lo hizo saber. Le explicó que estaba seguro de que era su asiento porque había dejado enchufado… ¡el cargador del móvil!

Su preciado cargador había desaparecido, ya no estaba allí. El chico, muy exaltado, alzó el tono de voz y empezó a preguntar a todo el mundo si lo habían visto. Pareciera que hubiera perdido a un niño, si hubiera sido así no habría estado más preocupado. En pleno nerviosismo todos miramos a nuestro alrededor, sin saber muy bien qué hacer. Alguien dijo que en Córdoba había subido un tipo extraño. Un amigo de la señora elegante había visto detenerse en su asiento más tiempo de lo aceptable a una persona de otro vagón. Uno de los jóvenes reclutas apoyó esta última teoría. Pero el resto no había visto nada fuera de lo normal.

El periodista era a estas alturas un manojo de nervios: “El ladrón está entre nosotros”, decía con su gesto. Y llegué a pensar si yo misma habría desenchufado el maldito cargador y lo habría metido en mi bolso sin darme cuenta, tal era su mirada acusadora. Miré disimuladamente en su interior y no, obviamente no estaba allí. Pero todos éramos sospechosos.

Otro viajero se puso en pie y señaló al tipo de aspecto huraño que había subido al tren en Córdoba y que estaba sentado en el vagón contiguo… y hacia él se dirigió corriendo el periodista. No quise pensar en lo que podía ocurrir a continuación. Traté de centrarme en la lectura, sabiendo que sería imposible, pues ni siquiera sabía aún de qué iba la historia y en el ambiente se respiraba una tensión realmente incómoda.

Lo siguiente que pasó fue que el periodista hizo aparición haciendo todo tipo de aspavientos y blandiendo en su mano alzada el cargador. “¡Lo tenía el revisor!”, gritó como si fuera el 22 de diciembre y le hubiera tocado el Gordo de la Lotería. Resultó que el hombre que había estado en nuestro vagón ‘más tiempo del aceptable’ había visto un asiento vacío y un cargador enchufado y pensó que alguien se lo había dejado olvidado. Por eso lo desenchufó y se lo llevó al revisor por si su dueño aparecía y lo reclamaba.

Todos, yo incluida, dimos por hecho que alguno de nosotros había cometido un acto delictivo. Y sin embargo, lo que ocurrió fue que una persona había hecho una buena acción. Esto me dejó impactada y pegada a mi asiento durante lo que quedaba de trayecto. El resto del pasaje, el afectado incluido, pareció olvidar el asunto en el acto, tan rápido como el tren atravesaba los campos andaluces camino de Cádiz.

Foto: Alexander Popov


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1 comentarioEnviado por: Sandra Sánchez

3 junio 2019

La casa de los perros

Pasear por aquellas calles era lo más parecido a hacerlo por el infierno. Eso pensó Nora al encontrarse en aquel lugar, a todas luces, fantasma. El calor, sofocante, parecía ser su único habitante, el sherriff de aquel espacio sin nombre.

Anduvo bajo el sol resguardándose únicamente con un sombrero de ala ancha que afortunadamente cogió a última hora, justo antes de salir de casa y emprender camino a la estación. Tras un tiempo inconcreto, que a ella se le hizo eterno, bajó del tren y miró el enorme reloj que colgaba en la pared del andén, al aire libre. Era analógico, por supuesto, y se había parado a las 14.30 h, quién sabe hacía cuánto; o quizá es que allí siempre era esa hora. Eso parecía perfectamente posible.

Tras andar maleta en mano por caminos de tierra rodeados de almacenes vacíos y abandonados, llegó a una especie de mansión. Desde luego en algún momento había sido una casa, allí había habido vida. Pero de ella solo quedaba el rastro. Paquetes de comida caducada hacía años en los estantes de la cocina, grifos de los que salía cualquier cosa menos agua clara, plantas que sobrevivieron todo lo que pudieron economizando reservas…

Nora subió las escaleras y acomodó su maleta sobre una gran cama polvorienta. No se molestó en sacudir la colcha que la cubría, habría sido peor. Sacó una botella de té verde de su bolso y se lo bebió de un trago. Después se quedó dormida. Al despertar había anochecido, pero el calor seguía siendo intenso. Deshizo la maleta, colgó sus vestidos de verano, llenos de color, y sus chaquetas de invierno, grises, en el armario y comprobó que en el baño, si se dejaba correr el agua al final, salía cristalina. No se atrevió de momento a beberla, pero sí a darse una buena ducha, de la que salió bastante renovada. Había sido un día de perros, los últimos tiempos en general habían sido así para ella; y ahora se encontraba en un ¿pueblo? en el que solo había eso, perros. Se escuchaban sus ladridos, sus gemidos y sus bostezos en la oscuridad de la noche. Y entre ellos, Nora no sentía miedo, sino tranquilidad, una paz inusitada.

En aquel lugar, en aquella mansión deshabitada, que había heredado hacía solo unos meses de un tío segundo sin descendientes directos, empezaría una nueva etapa. Sentía que esa herencia era una oportunidad caída del cielo para dejar atrás un tiempo que le había tratado mal, o que al menos Nora no había sabido aprovechar para ser feliz. Los perros lamerían sus heridas mientras ella ponía a punto aquella casa, mientras la hacía habitable, como empezaría a habitar, por primera vez y desde cero, su vida.

Foto: Jamie Street


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7 mayo 2019

Autopistas infinitas

La primavera no terminaba de llegar ese año. Había comenzado el mes de mayo, pero el frío inundaba el aire sin dejarle espacio para respirar. La gente hablaba de ello en todas partes, en los ascensores, en las paradas de autobús y en los trabajos, lugares en los que se habla de todo menos de lo importante.

A Marga el mal tiempo no le molestaba. Se abrigaba bien y adelante con el día. Lo que se le hacía más cuesta arriba era la luz, o más bien la ausencia de ella. Esas mañanas grises en las que era un auténtico logro levantarse de la cama para ver al otro lado de la ventana el color del plomo cubriendo el cielo. Aquella era una de esas mañanas, una más, probablemente la de un martes.

Mientras iba en su coche camino de la oficina, parada en el atasco matutino, miraba a ninguna parte, y tampoco es que prestara mucha atención a las noticias que un locutor de voz monótona iba contando por la radio. Lo de siempre, más algún escándalo financiero de última hora que un periódico había publicado esa mañana en exclusiva y del que se hacían eco las emisoras.

De pronto fijó la vista en la mediana. Ahí, justo en un ambiente copado por coches, quitamiedos de metal y humo, al pie de un bloque de hormigón, crecía una flor. Era diminuta, pero muy llamativa. De color blanco brillante, digna, pero no soberbia, luciendo su belleza sin saber que la poseía.

Marga apagó la radio, se bajó del coche y, ante el asombro de los conductores que la rodeaban, se dirigió hasta la flor. Se agachó para ponerse a su altura y la observó atentamente. Ya no le importaba que la miraran, como sin duda hacían, pensando que estaba loca, y mucho menos llegar tarde al trabajo. La presencia de la flor tuvo sobre ella un efecto absorbente, quedó como hipnotizada. Y el tiempo, tal como lo conocemos, dejó de tener sentido.

Cuando volvió en sí se encontraba en la misma carretera, pero todo había cambiado a su alrededor. Los coches se habían esfumado, el sonido agresivo de los motores en marcha había dado paso al del silencio, tan obvio que resultaba ensordecedor. Miró a derecha y a izquierda, contempló la autopista vacía; lo único que destacaba en ella y que parecía fuera de lugar era su coche, que seguía tal como lo había dejado, con la puerta abierta, en el carril izquierdo. El resto era puro campo, la naturaleza propia de un día frío en una estación que no era la suya.

Quizá debería haber sentido miedo, o, al menos, cierta inquietud. Pero estaba extrañamente tranquila. Sin volver la vista atrás se subió a su coche, lo puso en marcha y buscó en la radio algo de música que le acompañara hasta su destino. Condujo y condujo mientras las notas sonaban y se iba sintiendo cada vez mejor. No se había percatado aún de que su pelo ahora era del todo blanco, justo del mismo tono que el de aquella pequeña flor.

Foto: Ashton Bingham


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