Twist and shot

5 mayo 2017

Luciérnagas

Nada se opone a la noche. Es el título de una novela y me gusta tanto que de vez en cuando aparece en mi mente, así por sorpresa. Cada vez que pienso en él, en el título, creo que significa una cosa distinta y supongo que es porque en realidad no tengo ni idea de lo que quiso decir la autora, Delphine de Vigan, con él; pero aun así o precisamente por eso, me parece magnífico. Está lleno de misterio.

La noche abre un universo de posibilidades cerradas al día. Es así. Hay cosas que sólo pueden darse y encontrarse en ella. Diana lo sabe muy bien. Ella nunca duerme y conoce todos los secretos que los demás ignoramos por ser más débiles y necesitar descansar y desenchufarnos de la vida durante unas horas preciosas.

De lunes a domingo, cuando ya es noche cerrada, Diana sube a la azotea del edificio en el que vive. Se sienta allí, a veces con un té negro, sin otro plan que ver lo que acontece en el horizonte. Frente a ella, el abismo y un enjambre de ventanas que encierran habitaciones, que encierran vidas desconocidas y que quizá se sienten observadas, porque lo están. Las luces de todas esas ventanas van apagándose poco a poco, como si a los edificios se les fuera acabando la energía tras un día agotador.

De tanto contemplarlas Diana se ha dado cuenta de que la √ļltima en ceder a la oscuridad es siempre la misma. Est√° un poco alejada, pero algo puede saberse de quien habita en su interior. Es un hombre que trabaja frente a la pantalla de su ordenador. Algunas noches lee durante horas lo que Diana imagina que son sesudos informes, y otras escribe, escribe sin parar. Quiz√° sea √©l mismo quien escribe sin descanso lo que luego lee, en un c√≠rculo vicioso sin fin.

Con el fr√≠o de las primeras horas del d√≠a, cuando empieza a clarear, Diana suele bajar de la azotea. Pero la otra ma√Īana el ambiente era templado y se sent√≠a a gusto all√≠. Por eso lleg√≥ a ver al hombre noct√°mbulo salir de su portal. No se lo pens√≥ e hizo una locura, empez√≥ a seguirle. Anduvo detr√°s de √©l hasta el museo de ciencias naturales, donde, como supo despu√©s, trabajaba. Era experto en insectos, para sorpresa de Diana, que aunque jugaba a inventar las vidas de sus vecinos nunca se le habr√≠a ocurrido que su favorito fuera un naturalista. Pero le gustaba, claro.

Por eso empez√≥ a asistir a las visitas guiadas del museo. Y por eso se hizo d√≠a tras d√≠a una gran conocedora de los insectos. Le fascinaron las luci√©rnagas, de un aspecto a primera vista nada atractivo, pero con una capacidad maravillosa y casi exclusiva, la de la bioluminiscencia, dar luz en la noche. Las luci√©rnagas, como Diana, se mantienen muy activas a la ca√≠da del sol y est√°n en peligro de extinci√≥n en las grandes ciudades. La contaminaci√≥n, la vida moderna, est√°n acabando con ellas. Y Diana se identifica. Tanto, que como ellas, a la luz del d√≠a pasa completamente inadvertida. Su vecino, a pesar de cruzarse con ella a diario en el museo, nunca ha reparado en su presencia, es como si fuera transparente a sus ojos. Pero Diana sabe que eso se debe a que su mundo pertenece a la oscuridad y que es √ļnicamente bajo su abrigo donde puede llamar su atenci√≥n. Por eso muta en luci√©rnaga cada noche y desde su azotea conf√≠a en que √©l pueda verla.

Foto y ©: Tommy Tong

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25 abril 2017

El Café Kahvipuu

Twistandshot

En el café Kahvipuu no se pone el sol. No es una frase hecha, es así, literal, ya que se encuentra en Finlandia, justo por encima del círculo polar ártico y si bien en invierno la luz se echa tanto de menos que si no has nacido allí duele, en verano hay un día entero de sol, 24 horas con las que la naturaleza intenta compensarte ese dolor.

Martina visita a menudo el café Kahvipuu. Siente en él el confort que necesita. No es consciente de que lo necesita hasta que se encuentra allí y se nota arropada. Peter, el encargado, le ofrece siempre una taza de café bien caliente, ya ni se la ofrece, se la sirve al verla entrar, cosa que a Martina le encanta. Y se sienta sola en una mesita para dos frente al gran ventanal, viendo a los vecinos pasear alegres, disfrutando de los preciados rayos de sol sobre sus pieles blanquísimas.

En el Kahvipuu Martina alimenta su espíritu, más que su estómago, contemplando los maravillosos pasteles expuestos en su mostrador. Tartas de varios pisos esponjosas y coloridas, con unas decoraciones delicadas e imposibles, propias de un artista, como es Peter, el maestro de la crema de mantequilla.

Frente a su caf√© y mientras no espera nada, o quiz√° lo inesperado, Martina piensa en su madre. Recuerda la admiraci√≥n que sent√≠a por ella cuando era una ni√Īa, porque de las compa√Īeras de su clase (entonces muchos colegios, entre ellos el suyo, no eran mixtos) su madre era la √ļnica que trabajaba fuera de casa. A ella le encantaba que mientras el resto de mam√°s desayunaban juntas tras dejar a sus hijas en el colegio y luego iban a casa a seguir con sus labores su madre acud√≠a a una oficina y se convert√≠a as√≠ en una madre moderna. Ese era el concepto que Martina ten√≠a de la modernidad, su madre en una oficina. Ahora sonr√≠e al pensarlo, pero en el fondo cree que no andaba tan desencaminada.

Peter ve a Martina m√°s ensimismada de lo habitual y se acerca a ofrecerle unas galletas de jengibre. “Siempre reconfortan”, le asegura, “y aunque en mi opini√≥n combinan mejor con el t√© puedes disfrutarlas igualmente con tu caf√© solo, s√≥lo hay que atreverse”, a√Īade mientras le gui√Īa un ojo.

Ella sonr√≠e, mordisquea una galleta, realmente deliciosa y observa a Peter volver tras la barra. No sabe nada de la vida de ese pelirrojo desgarbado y encantador. Rondar√° los 50, aunque sus pecas parecen m√°s las de un ni√Īo que las manchas t√≠picas de la piel de un hombre maduro; est√°n como fuera de lugar, o resisti√©ndose a abandonar su rostro, pasen los a√Īos que pasen. Son la prueba fehaciente de que en √©l sigue presente el ni√Īo que fue, que no va a dejar de ser.

Peter conoce la vida de sus clientes o, lo que es lo mismo, de todos los habitantes del peque√Īo pueblo finland√©s, a trav√©s de sus pedidos: un termo de caf√© y dos croissants para la imparable Inge; caf√© con leche muy espumoso para el bon vivant Jukka; caf√© solo muy caliente para… Martina. Ella le sorprende, porque no sabe leer qu√© hay exactamente detr√°s de su rostro, cu√°l es su historia, qu√© ha hecho que esa espa√Īola haya dejado su tierra c√°lida para aislarse m√°s all√° del c√≠rculo polar. Jam√°s le preguntar√°, su car√°cter fin√©s se lo impide.

Detr√°s de ella, ni la misma Martina sabe lo que hay. Solamente que en alg√ļn momento de su vida algo se rompi√≥, se sinti√≥ ¬Ņenga√Īada? Estafada, m√°s bien. Crey√≥ poseer una libertad que en realidad no ten√≠a, porque eran otros quien se la otorgaban, sin que ella lo supiera.

Su madre le ense√Ī√≥ a no depender econ√≥micamente de ning√ļn hombre (ojal√° hubiera dejado caer que emocionalmente tampoco), a perseguir sus sue√Īos, a luchar por sus objetivos, a seguir siempre adelante. Crey√≥ en todo eso a pies juntillas y vivi√≥ en una especie de burbuja convencida de que en la vida todo estaba al alcance de su mano y todo era posible. Se equivoc√≥ muchas veces, siempre por desconocimiento, de forma inocente, pero metiendo la pata a fondo, por saltar en los charcos. Am√≥ sin medida, sufri√≥ el amor tambi√©n de forma exagerada, todo en ella fue excesivo y lo asum√≠a, porque era libre, tambi√©n de equivocarse.

Cuando estas equivocaciones o experiencias de vida, como quieras decirlo, empezaron a llamar la atenci√≥n de su entorno Martina vio c√≥mo su mundo empezaba a derrumbarse. Sus amigas no ve√≠an bien que no se centrara, su jefe mucho menos que fuera tan perfeccionista en el trabajo y que no pasara ni una de nadie o que pretendiera ascender, su pareja que quisiera viajar sola; y llegado el momento, vio en el rostro de su madre la decepci√≥n cuando decidi√≥ romper su relaci√≥n sentimental de tantos a√Īos. Comprendi√≥ entonces que era libre s√≥lo hasta cierto punto, que la liberaci√≥n de la mujer era una frase con puntos suspensivos, a√ļn por terminar, que la sociedad en que viv√≠a estaba a a√Īos luz de lo que consideraba el mundo civilizado y que sin duda ella se hab√≠a pasado de moderna.

Entraba en la mediana edad y conocer todo esto supuso un shock vital importante para Martina. Se encerr√≥ en su peque√Īo apartamento madrile√Īo y desconect√≥ el m√≥vil y el ordenador. No volver√≠a a su trabajo, aparte de eso no sab√≠a qu√© m√°s hacer. Se dio unos d√≠as para pensar, los que fuera necesarios. Y lo hizo, pens√≥ mucho pero no lleg√≥ a grandes conclusiones. S√≥lo a una: ella ahora no pod√≠a cambiar de forma de ser, de pensar o de vivir. Era el resto del mundo quien se hab√≠a quedado atr√°s, no ella.

Y busc√≥ un lugar en el que encajar, un lugar extremo, como parec√≠a que sin saberlo era ella, extrema. Lo encontr√≥ en el norte de Finlandia, donde el clima y la naturaleza son tan brutales que resultan dif√≠ciles de digerir incluso para quienes han pasado all√≠ toda su vida. Tambi√©n por esa brutalidad a Martina le resultaron incre√≠blemente atractivos y bellos y decidi√≥ quedarse. S√≥lo lleva unos meses all√≠, lleg√≥ a principios de primavera y en seguida se hizo asidua al Kahvipuu, no en vano el caf√© caliente ayuda a romper el hielo. De momento no conoce a mucha gente, √ļnicamente a un par de vecinos y a Peter. No tiene prisa, por ahora le basta con seguir conoci√©ndose a s√≠ misma y dormir tranquila mientras fuera sigue brillando el sol, ajeno a los biorritmos humanos, marcando su propia pauta.

Ma√Īana ser√° un nuevo d√≠a en el norte de Finlandia, pero ser√° un d√≠a de verano y all√≠, en el caf√© Kahvipuu estar√° Martina, contemplando su reflejo en el cristal iluminado por el sol de medianoche y tratando de reconocerse en √©l. Esperando nada, o quiz√° lo inesperado.

Foto y ©: Seemi Samuel

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5 abril 2017

Murakami y las musas

Tengo que volver a Murakami. Es la primera conclusi√≥n a la que he llegado hoy, a eso de las 7.10 de la ma√Īana. Suena muy extra√Īo, porque lo es, pero el autor japon√©s es mi musa, mi fuente de inspiraci√≥n principal a la hora de escribir, lo tengo comprobad√≠simo. Su mundo propio me parece m√°gico y colosal, en √©l puede pasar de todo, especialmente lo imprevisto. Y a m√≠ me gusta mucho eso, que pase lo imprevisto, es lo que le da gracia a la vida y lo que te anima a tener siempre esperanza.

En los libros de Murakami los sue√Īos son tan reales como la propia realidad, est√°n en sinton√≠a con ella, se entrecruzan, se solapan, conviven como un todo a veces imposible de separar. Yo tambi√©n creo en el poder de los sue√Īos, en su capacidad de decirnos cosas sobre nosotros mismos y sobre el mundo que nos rodea; no s√© interpretarlos casi nunca, ese es el problema y cada vez se hacen m√°s presentes y vigorosos, con escenas rar√≠simas, con la aparici√≥n de animales como las llamas o los caballos salvajes y viajes por el aire, en globo o a bordo de un hurac√°n. A todo color, por supuesto. Parecen querer decirte, eh, que te estamos contando cosas, ¬Ņno nos entiendes? No, la verdad. Pero seguid as√≠, que me gusta recibiros y tampoco hay por qu√© entenderlo todo.

Me voy por las ramas, no sé qué quiero contar exactamente. Sí, que he vuelto a escribir. Y cada vez es más difícil. Creo que fue Thomas Mann quien dijo que escribir es muy fácil, menos para los que escriben.

Voy por la calle intentando absorber todo lo que sucede a mi alrededor: miro al hombre que delante de un quiosco echa un vistazo a las revistas y juego a adivinar con cu√°l se quedar√°, pienso qu√© le pasar√° a la chica que cruza de acera hablando por el m√≥vil mientras llora, qu√© bebida pedir√° la persona que va delante de m√≠ en la cafeter√≠a…

Escucho todo tipo de consejos, “sal a la naturaleza, ver√°s qu√© chute de inspiraci√≥n”, “pl√°ntate delante del ordenador y apaga todo lo dem√°s”, “que nada te distraiga”, “que te distraiga todo”.

Y pienso en Murakami cuando volv√≠a a su casa despu√©s de poner copas en su club de jazz y se sentaba en la mesa de su cocina de madrugada a escribir. A sus dos primeros libros √©l los llama as√≠, “las novelas de la cocina”. No son las mejores, ni mucho menos, pero fueron sus comienzos y sentaron las bases de lo que vendr√≠a despu√©s. Resulta reconfortarte imaginarlo en su apartamento de Tokio, rob√°ndole horas a la noche para avanzar en sus relatos.

La otra tarde me sent√≠ inspirada, encend√≠ el ordenador, despej√© mi mesa, abr√≠ un documento de word y empec√© a teclear. Unas cuantas p√°ginas despu√©s lo dej√© y me puse a ver una pel√≠cula en La 2. “Sexo f√°cil, pel√≠culas tristes”. Cuando termin√≥ no romp√≠ lo que hab√≠a escrito s√≥lo por una raz√≥n, porque no lo hab√≠a impreso. As√≠ que me limit√© a seleccionarlo todo y hacer click en “delete”. La pel√≠cula coincid√≠a de forma asombrosa con el borrador que yo ten√≠a en mente en ese momento, que consist√≠a en pensar en distintos ingredientes que toda historia bonita precisa e ir acopl√°ndolos d√°ndoles un sentido. Por ejemplo, todo relato necesita un encuentro por sorpresa, tambi√©n un amigo gracioso para el protagonista, un viaje rel√°mpago a Par√≠s… Pero el personaje principal de la peli no ha viajado nunca a Par√≠s y yo s√≥lo he visto la torre Eiffel desde el aire. Ojal√° hubiera paseado por el Passage des Panoramas de la ciudad de la luz alguna vez, seguro que las ideas acudir√≠an solas a mi mente, a toda velocidad. Pero no. Habr√° que dejar Par√≠s para otra ocasi√≥n, as√≠ como el encuentro por sorpresa y el amigo simp√°tico. El inicio que busco se esconde en alguna parte y conf√≠o en que aparecer√°, como las mejores cosas, de forma imprevista.

¬ŅQu√© es lo √ļltimo que ha publicado Murakami? Porque tengo que volver a √©l.

Foto y ©: Tristan Colangelo

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10 ComentariosEnviado por: sandrawriting

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