Twist and shot

29 enero 2021

La isla

Llegó a aquella isla por primera vez y se sintió en casa. Recordó aquella cita del poeta libanés Khalil Gibran: “Tu vida es una isla separada de todas las demás islas y continentes. Independientemente de cuántos barcos envíes a otras costas o cuántos barcos lleguen a tus costas, tú mismo eres una isla separada por sus propios dolores, recluida en su felicidad”. Siempre le había parecido una frase, unas frases en realidad, llenas de misterio y de profundidad, tremendamente atractivas, como el mar que rodeaba el lugar en el que se encontraba.

El hombre que la atendió en su llegada a la única casa que alquilaba habitaciones, también tenía un aire extraño, como si estuviera allí frente a ella y a la vez muy muy lejos. Le preguntó con un tono neutro de voz cuánto tiempo tenía pensado alojarse y ella no supo qué responder, pero pagó por un mes.

Subió a su cuarto y la luz que entraba por la inmensa ventana la deslumbró. Era un espacio pequeño, pero le parecía alegre debido a su claridad. Acomodó sus escasas pertenencias en el armario y en la pequeña estantería, se dio una ducha bien larga y salió a pasear, sintiéndose rejuvenecida.

El pueblo costero en el que se encontraba era la localidad más importante de la isla, digamos que un centro portuario donde el comercio llegaba y desde allí fluía en un engranaje perfecto a cada punto terrestre habitado, que no eran muchos también hay que decirlo.

Le encantó sentarse frente al mar y tomar un vino blanco con un pescado a la brasa con aroma a romero y limón. Lo disfrutó al máximo, consciente de que aquel mediodía era un regalo, uno que le hacía la vida y que ella tenía la obligación, también el derecho, qué demonios, de aprovechar. La animación de la zona decaía, como era de esperar, en la sobremesa, para regresar al ocaso del sol, cuando niños y mayores se echaban de nuevo a las calles a nada en especial, sencillamente a vivir en comunidad.

Todo era tan perfecto, tan idílico, que al volver al hotel se sintió inquieta. Del gerente de la casa no había vuelto a saber en todo el día, parecía haberse esfumado. Quizá solo aparecía cuando esperaba algún nuevo huésped. Tampoco se escuchaba ruido ni movimiento en el resto de habitaciones.

Durmió de aquella manera y a la mañana siguiente volvió a salir a pasear, con la intención de airearse y despejar así los pensamientos incómodos e imprecisos que volaban por su cabeza. Quiso parar a almorzar en el mismo local que el día anterior, pero estaba cerrado. El pueblo parecía algo más apagado hoy, no entendía por qué. Le pareció ver a lo lejos del camino a un grupo de niños jugando con un balón, pero al acercarse no había ni rastro de ellos. Volvió a su habitación intranquila. En aquella isla parecía que te acogían para engullirte, sin más, hasta convertirte en humo, como ocurría con el resto de sus habitantes. Abrió uno de los libros de la estantería por una página al azar y leyó: “Las pequeñas islas son todas grandes cárceles: no se puede mirar al mar sin desear las alas de una golondrina”. Cogió su cámara y se fotografió a sí misma frente al espejo, segura de que sería la última vez que podría hacerlo, antes de desaparecer.

Foto: Milada Vigerova


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20 enero 2021

Una buena idea

Cuando aquel verano tocó a su fin, a Silvia se le juntaron varias cosas: el comienzo de septiembre/octubre indicaba siempre un giro, una oportunidad de cambiar cosas, de iniciar caminos. Además, en su trabajo la situación había llegado ya a un punto de no retorno. Nada le convencía de madrugar cada mañana, ducharse y desayunar a toda prisa, para encontrarse de lunes a viernes, durante nueve horas, con unas caras a las que no quería ver.

Aquel trabajo empezó, como la mayoría, de forma ilusionante, pero con el paso del tiempo la alegría fue tornándose en estrés primero y luego también en tristeza e impotencia.

Así que llegó septiembre y Silvia tomó una decisión: dejar todo atrás. En su casa pusieron el grito en el cielo, pero afortunadamente no tenía cargas familiares directas, por lo que se sentía libre para tomar sus propias decisiones. Eligió huir, marcharse para encontrarse y quién sabe si alguna vez regresar.

De ese modo, tras pasar un buen número de días buscando ciudades, luego pueblos y al final aldeas perdidas por internet, dio con una casita prefabricada de madera que le robó el corazón y que además resultó ser muy barata de alquilar y de mantener. Dos personas difícilmente habrían podido convivir en ella, pero lo que Silvia buscaba era soledad y para eso era perfecta.

Empaquetó su ropa, sus libros y poco más. Se subió a su coche y puso carretera por medio hasta llegar a su destino. Llenó hasta arriba su despensa de comida sana y de algún que capricho y se dedicó a contemplar el paisaje, que era idílico. Llegó el invierno y la nieve, tan espléndida como nunca la había visto. Y se quedó aislada, pero contenta. No tuvo miedo en ningún momento, ni siquiera cuando la línea telefónica se fue para no volver hasta la fecha. No le faltaban provisiones, ni lectura, ni abrigo, ni naturaleza que contemplar. Confiaba en que todo estuviera bien ahí fuera.

En realidad ahí fuera todo estaba peor que nunca. Vivíamos la tercera ola de una pandemia que había roto la vida de decenas de miles de personas en el país y trastocado la de millones. A eso se sumaban unas condiciones meteorológicas adversas que tenían en jaque a pueblos y ciudades durante semanas enteras.

Pero Silvia no sabía nada de eso; no imaginó, cuando decidió aislarse, que estaba haciendo voluntariamente lo que los demás haríamos un tiempo después por necesidad. Y siguió sana y tranquila, en su realidad, que era solo suya.

Foto: Nachelle Nocom


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4 ComentariosEnviado por: Sandra Sánchez

9 enero 2021

Enero de 2021: Apocalipsis mental

Es 9 de enero de 2021, llevamos poco más de una semana del año que todos teníamos clarísimo que iba a ser nuestra salvación. ¿Lo pensamos aún? Tengo mis dudas.

Más allá del maldito virus, que no es poco decir, se están sucediendo acontecimientos históricos de lo más sorprendentes que me hacen pensar en que bordeo el apocalipsis; si no total, al menos mental. Sin ir más lejos, desde hace dos días me asomo a la ventana y veo el jardín de mi casa (de la comunidad de vecinos) completamente nevado. No han caído cuatro copos, lo que suele ser suficiente para echarnos a la calle y sacar unas fotos divertidas. No. En cualquier barrio de Madrid nieva como si estuviéramos al norte del círculo polar ártico. De idéntica manera.

Ayer por la noche subí la persiana para ver qué pasaba ahí fuera y una luz inquietante me dejó boquiabierta. Era como de día, una especie de sol de medianoche que conseguía que todo lo que normalmente oculta la oscuridad estuviera a la vista. Ahí flipé por encima de mis posibilidades, de verdad.

Hoy sigue la fiesta. Mientras la ciudad y toda la comunidad de Madrid está impracticable, las fuerzas de seguridad se dejan la vida por rescatar a las personas atrapadas en sus coches y el panorama es mitad dantesco mitad bellísimo, se me ocurre la fatal idea de entrar en Twitter.

Lo que encuentro ahí es, resumiendo mucho:

  • Un vehículo intentando salir, sin éxito, del garaje.
  • Una rave con multitud de gente cantando por Alaska (A quién le importa) en plena Puerta del Sol.
  • Un trineo tirado por perros en el barrio de Hortaleza.
  • Al alcalde, agotado, con pocas o ninguna hora de sueño, insistiendo en que por favor nos quedemos en casa.
  • Un reportero de Telemadrid diciendo que quien salga a la calle lo haga, como él, con un palo de escoba. (El periodista del enlace es él, pero no han publicado el vídeo exacto, esto lo he visto en directo en la tele).
  • Un repartidor llegando a su destino en esquíes.
  • Un dinosaurio caminando contento por la nieve virgen (es mi favorito de lejos).
  • Una pila de personas de otras comunidades españolas diciendo estar hartos del protagonismo que se le da siempre a lo que pasa en Madrid (aquí no pongo ningún enlace, los hay a cientos).

Y yo me pregunto, ¿pero es que algo de esto es normal? Lo más alucinante es que en un primer momento no me sorprendo de nada. Es todo tan surrealista que estoy segura de ser ya un personaje secundario de El show de Truman. Como si el programa estuviera perdiendo interés en la audiencia y los jefes dijeran: “Hay que hacer algo, venga, meted caña, no importa lo que sea, a lo loco”.

Así estamos, en plena pandemia, en plena nevada, en pleno caos. Con una necesidad importante de buscar un refugio interior en el que permanecer hasta que todo pase y podamos imaginar (aunque en el fondo sepamos que no) que todo ha sido un sueño.

Eso, o esperar tranquilamente a que llegue el próximo acontecimiento. Apuesto por la llegada de algún ovni antes de febrero.

Foto: Chema Muñoz Rosa


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