Twist and shot

13 julio 2017

El Café de Poitiers

Las 4 de la tarde de un sábado es una hora tan buena como cualquier otra para entrar en el primer Café que sale a tu encuentro paseando por Poitiers. La tarde de hoy en concreto es lluviosa, como lo son todas desde que Alba llegó a la ciudad, situada en la preciosa región francesa de La Vienne. Las pocas personas con las que se cruza corren paraguas en mano en busca de refugio, sólo Alba parece caminar ajena a la lluvia; y, si nos fijamos, también a todo lo demás.

La inercia decide por ella, así que abre la pesada puerta del café y entra en él. Desde el otro lado del ventanal no se percibía gran cosa, pero el interior del local es de una belleza sublime y enigmática, pareciera salido de otro tiempo, está sin duda fuera de lugar.

La ciudad de Poitiers es antigua, hermosa y serena, pero este Café supera con creces cada una de esas características; es como si al sentarte frente a una de sus mesitas redondas la atmósfera y el tiempo confabularan para hacerte sentir más liviana. Alba lo nota al instante. Mira a su alrededor a la vez que se quita la empapada gabardina y un camarero solícito se acerca para colgarla en el perchero de la entrada. Alba, sin mirar la carta, aprovecha para pedir un café expreso.

Mientras lo espera comprueba que el salón está prácticamente desierto, dejando a un lado la delicada ornamentación. Sólo hay un cliente más, un hombre de mediana edad que escribe en una libreta de forma casi compulsiva, como si le fuera la vida en ello. Sin duda el café que tiene en la mesa se quedó frío hace rato. Alba lo observa de frente, pero sin apuro, porque sabe que la concentración de él en la escritura es tal que en ningún momento percibirá su presencia.

Llega el expreso junto a una galleta de mantequilla y un bombón de licor. Alba se deleita en los distintos sabores sin dejar de mirar al escritor. De pronto este parece despertar de su hipnótico estado, echa un vistazo a su bebida, que ni prueba, deja unas monedas sobre la mesa y se va, olvidando el cuaderno.

Alba se percata de ello cuando el hombre ya ha salido y corre a buscar la libreta con intención de devolvérsela. El camarero le dice que no se moleste. El cuaderno pertenece al Café; o mejor dicho, a una mujer que en una ocasión estuvo en él, junto al escritor. Esa tarde, también era sábado, ambos compartieron confidencias y parecían felices. Al despedirse quedaron en volver a verse en una semana, pero ella no apareció. Desde entonces el escritor llena de letras, apasionadas unas veces, delirantes otras, libretas y libretas que luego deja allí hasta el sábado siguiente, esperando que ella las encuentre algún día y las reconozca como suyas. Todos en la ciudad creen que entonces, por fin, dejará de llover en Poitiers.

Listen while you look…


Etiquetas: , , , , , , , , ,

4 ComentariosEnviado por: Sandra Sánchez

30 junio 2017

Marta está llena de sueños

Los primeros días de vacaciones flotan en el aire y con ellos la sensación de cambios inminentes, de movimiento, de cosas que presientes, que sabes que están a punto de pasar. Son cosas buenas, de eso estás segura. Y por esa razón, aunque no las conoces exactamente llevas la sonrisa puesta de la mañana a la noche. Es maravilloso cuando te sientes así. Es como cuando sabes que vas a viajar al otro lado del mundo y empiezas a disfrutarlo mucho antes de llegar al aeropuerto y embarcar.

Si sucede conviene, canta Zenet y quizá no sea así (o quizá sí), pero qué forma tan positiva de verlo, así no hay posibilidad de error. Aunque el resultado no sea el deseado siempre puedes darle esa interpretación, lo que ocurre te enseña algo, con lo cual nada resta, todo suma.

Marta está llena de sueños. En invierno y también en primavera, cuando el trabajo la devoraba sin descanso y no podía quitárselo de la cabeza, sólo tenía sueño, no daba para más. Ahora, con el verano llamando a la puerta, qué digo, tirándola de una patada y entrando hasta la cocina, es el momento de los sueños.

No se le olvidan. Desde pequeña tiene uno muy claro y es el de alquilar una casa en una isla mínima y trasladarse a ella a descansar. Es una casita humilde y bonita frente al mar. Ella la ve todos los veranos cuando sale con la lancha de su padre a respirar un poco de libertad. Y siempre se imagina en ella, levantándose por la mañana, abriendo la puerta que da al porche que da al mar y saludando al sol y a la vida, agradeciendo a ambos el permitirle estar allí, lejos de todo, cerca de sí misma.

Por un motivo indeterminado aún no se ha decidido a alquilar la casa. Ni siquiera ha visto su interior, aunque lo imagina diáfano y fresco, ajeno al calor abrasador del mediodía en la isla. Muros de piedra, pocos muebles, cocina grande y acogedora y cortinas moviéndose al ritmo de la brisa que marca el viento y el mar.

Marta piensa en sus sueños desde su piso de Madrid la última tarde del mes de junio. Y sin saber por qué sube al altillo de su armario y baja su maleta. Algo le dice que es buena idea tenerla a mano. Después la mira y no sabe qué hacer con ella, así que la deja a los pies de su cama y empieza a caminar por su casa sin tener nada concreto que hacer. Se siente inquieta, pero no le apetece hablar con nadie, ni siquiera llamar a su mejor amiga, que trabaja en Hacienda y en estas fechas no estará para tonterías. Así que se prepara un batido natural, mitad fresas, mitad plátano y busca Valiente, de Vetusta Morla, en Spotify. La versión en directo, con el público cantando la primera estrofa, antes de que Pucho, el cantante, tome las riendas de la canción, siempre le llena de energía. Es una letra fascinante la de esa canción. Y ella se identifica, se sabe valiente, porque en los momentos en los que la gente suele actuar con cobardía ella no lo hace. Y porque siente una tristeza infinita cuando descubre que alguien en quien confiaba no está a la altura.

La lista de Vetusta está en aleatorio y en los primeros acordes de La marea la pantalla del móvil de Marta se ilumina. Es un whatsapp. Bueno, un montón de ellos, pero vienen de la misma persona. Esa persona también es un valiente. Y ahora Marta ya sabe por qué ha bajado la maleta del altillo; y por qué lleva todo el día soñando con su casita de cortinas bamboleantes en la isla mínima.

Foto y ©: Evan Kirby

Listen while you look…


Etiquetas: , , , , , , , , , , , ,

4 ComentariosEnviado por: Sandra Sánchez

19 junio 2017

Fred y Ginger

Una vez leí que el último pelirrojo nacerá en Finlandia hacia 2050. Es un dato que me impactó y estuve un tiempo pensando en él; después lo archivé en algún lugar remoto del cerebro, pero de vez en cuando me asalta por sorpresa, como queriendo decirme algo.

Siempre me han llamado la atención las personas pelirrojas, me parece una suerte tener el cabello de fuego, lo considero un toque interesante de personalidad que te regala porque sí la naturaleza.

Fred y Ginger opinan igual, pero esto es ahora, les ha costado años asumir su condición de pelirrojos debido a su acusada timidez. No son finlandeses, sino de Irlanda, y aunque allí también abundan los cabellos rojizos no es fácil encontrarlos de un tono tan encendido como el suyo.

Se conocieron por casualidad, cuando Ginger, concentrada haciendo fotos, tropezó en una calle empedrada de Dublín y Fred se apresuró a ayudarla para evitar que cayera al suelo. Al mirarse no pudieron reprimir la carcajada, parecían hermanos. Ninguno de los dos tenía nada urgente que hacer en ese momento, por lo que entraron en un bar (aquí añadiríamos “irlandés”, allí es simplemente un bar) y pidieron un par de pintas. La conversación fue fluida y las risas continuaron, “¿y si fuéramos de verdad hermanos?” “A ver, cómo te apellidas…”. No compartían apellido, pero casi; ella era O´Connell y él O´Connor. Motivo suficiente para reírse un poco más cuando hay ganas de hacerlo.

La noche se unió a su fiesta y anduvieron los tres por las frías calles de Dublín hablando de lo divino y lo humano. Con las primeras luces del alba se despidieron con la seguridad de volver a verse. Intercambiaron teléfonos y se fueron a sus casas felices de haberse conocido.

Ginger miró el reloj de su mesilla nada más despertarse, como hacía siempre; eran las 5 de la tarde. Acto seguido echó un vistazo a la pantalla de su móvil, que era lo segundo que hacía cada día, de forma rutinaria. Esta vez realizó esta acción de un modo especial, con un cosquilleo en el corazón, esperando encontrar en la pantalla algún mensaje de Fred. Tampoco pudo evitar un leve pinchazo en el pecho al no hallarlo. Esperó el resto de la tarde convencida de que él se pondría en contacto con ella. Pero no lo hizo.

Pasaron los días y pareciera que Fred se hubiera esfumado o, peor aún, que nunca hubiera existido. A Ginger le parecía ya lejano su encuentro, como si simplemente se hubiera tratado de un sueño, real, pero sueño al fin y al cabo. No, no podía ser un sueño, ella sabe lo que vivió. Marca su número, pero la compañía telefónica le indica que no pertenece a nadie; busca en google su nombre, pero los Fred O´Connor que encuentra son o muy mayores o muy jóvenes, o muy altos o muy bajos, o muy rubios o muy morenos… pero ninguno es Fred.

Las semanas avanzan y Ginger no entiende nada. En vez de olvidar ahora cada vez lo recuerda con más fuerza, de una forma más intensa. Algo tiene que hacer. Y lo hace. Busca su cámara de fotos, abandonada desde aquella noche en el estante más alto de su biblioteca y se pone manos a la obra.

Si visitas Dublín al atardecer es posible que te la encuentres, recorriendo sus calles, cámara en mano, buscando a Fred. No quiere creer que sea ella la última pelirroja de Irlanda.

Foto y ©: Rachael Crowe

Listen while you look…


Etiquetas: , , , , , , , , ,

3 ComentariosEnviado por: Sandra Sánchez

Post Anterior Siguiente Post