Twist and shot

17 noviembre 2019

El tiempo de la felicidad

Una noche lluviosa de domingo puede ser tan buena como otra cualquiera para leer y escribir sobre la felicidad. Porque los estereotipos, de entrada, están para romperlos.

Cuando piensas en la felicidad, ¿en qué tiempo lo haces? ¿Empleas mucho esta palabra o no forma parte de tu vocabulario más habitual? ¿Y cómo la ves escrita en tu mente? ¿En mayúsculas o en minúsculas? ¿A mano, con una caligrafía cuidada, o en un teclado con una tipografía de letra determinada? Ostras, hace un rato no tenía ni idea de que me iba a plantear hoy estas preguntas y ahora no tengo más remedio que hacerlo. El motivo es que estoy preparando una entrevista con un filósofo que publica estos días un libro y, lógicamente, tengo que leerlo.

Las anteriores son solo algunas de las preguntas que el autor plantea, y como en casi todos los textos catalogados como “de autoayuda”, las respuestas se las tiene que dar uno mismo. Él te da pistas buenísimas y ejercicios prácticos que personalmente me da pereza hacer. Son originales y seguro que están fenomenal, pero no me va eso de “reserva tres minutos cada día antes de dormir para apuntar en una libreta…” Uf.

Lo bueno de todo esto es que hace pensar en lo importante que es plantearse las preguntas correctas. Me interesan mucho más estas que las contestaciones a las mismas. Podemos pasarnos la vida tratando de responder a cosas superfluas, intrascendentes, equivocadas… En vez de apuntando a las cuestiones realmente esenciales. Y creo que en este punto cada uno tiene las suyas, no son necesariamente comunes.

Mi idea de la felicidad se parece bastante a lo que pienso de la literatura y de la música, cuanto más sencilla, mejor. Cuanto más íntima, más profunda es. Y, al contrario, cuanto más grandilocuente, más desproporcionada, más ‘lujosa’, se desvanece su esencia.

Hay un cortometraje que me encanta. Es de hace un par de años, se titula ‘Un instante’ y según lo entiendo va sobre el poder enorme de los sentimientos, una máquina inmensa que lentamente lo arrolla todo; y sobre el peso de las palabras que no se llegan a decir. Una pareja a priori completamente distinta, encaja sin embargo a la perfección y encuentra un universo propio en el que desenvolverse, como refleja su guion (el corto podéis verlo completo más abajo). Los nombres son importantes y al juntarlos se convierten en algo nuevo y muy grande. Me gusta cómo dos personas pueden evadirse del resto del mundo y crear uno que solo habitan ellos. ¿Cuál es la realidad, la exterior o la interna? Otra pregunta de las buenas, sobre la que merece la pena pensar, y de la que cada uno obtendrá su propia respuesta.

Foto: Kinga Cichewicz


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4 noviembre 2019

¡No saltes!

He leído esta tarde en un artículo de El País (en realidad es el extracto del libro ‘Por qué dormimos’, de Matthew Walker) que el secreto para llevar una vida sana está en la siesta. Esto es, en permitir al cuerpo y a la mente darse un respiro en mitad de la jornada. Los antiguos lo hacían por costumbre y parece que se ahorraban darle disgustos de más al corazón.

Después, no sé por qué he asociado esta lectura con la idea de cómo en muchas ocasiones hacemos las cosas mal. Por ignorancia, más que nada.

Es algo que le sucede mucho a los ángeles que viven entre nosotros. Me refiero a esas personas maravillosas y cada vez más raras de encontrar, que destacan por su inocencia, por hacer su propio camino sin interferir en el de los demás. Esa candidez es una virtud, como decía, con tendencia a desaparecer. Hasta resulta raro escribirla. Candidez. No es una palabra usual.

Una mujer de ese tipo es la que se levanta cada mañana, se ducha, desayuna y sale de casa para dirigirse a su puesto de trabajo. Van en el bus pensando en sus cosas, como por ejemplo qué preparará para cenar esa noche, cuándo podrá quedar con esa amiga a la que hace tiempo que no ve o si el viernes es cuando estrenan por fin la película que está deseando ver en el cine.

Ignora completamente que a esa misma hora otra mujer (también otro hombre por supuesto, esto solo es un ejemplo) que se dirige a su misma oficina va también en el transporte público al igual que ella (o caminando o en coche), pero maquinando. ¿Sobre qué? Sobre cómo hacerle la vida imposible.

El tema aquí es que esa persona maquiavélica parte ya con una ventaja, la candidez de la que hablábamos de su “adversaria”, que como vemos deja de ser una virtud, ya que en realidad le perjudica.

Conozco a una periodista que denostaba a otra porque la primera trabajaba en un periódico y la segunda en “revistas femeninas”, como le decía con desprecio y abiertamente. Esa periodista, la primera, llevaba apenas un mes trabajando en ese periódico, los años anteriores había estado en su casa, escribiendo (muy dignamente, por supuesto) para todo aquel que quería pagarle por sus textos.

La segunda no entendía nada, ni siquiera se tomaba aquello como un insulto, porque consideraba (con razón) que no lo era. El desconocimiento, en el mejor de los casos, y la maldad, en el peor, es lo que movió a aquella mujer a hablar mal de la otra.

Esta última hacía lo posible por ignorar sus ataques, pero lo cierto es que le afectaban. Tanto que llegó un momento en el que no podía dormir, ni siestas ni nada. Llegaba cada mañana más cansada al trabajo, mientras la otra resplandecía al verla sufrir; era una relación inversamente proporcional, cuanto peor estaba una (la buena) más disfrutaba la otra (la mala).

Una mañana, la cándida ya no pudo más. La gente que le quería le había dicho siempre que era un ángel y ella, inocente y dócil, se lo había creído. Por eso, agotada y deseando escapar, abrió la ventana y confió en sus alas antes de echar a volar.

Foto: Ava Sol


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25 octubre 2019

Una historia de violencia (y de superación)

¿Cómo puede una mujer del siglo XXI llevar una vida laboral y personal plenamente satisfactoria, sin que ninguna de estas facetas se resienta? Quien tenga la respuesta que la ponga en común, por favor. La vida, en general, empieza bien para la mayoría. Todas las posibilidades están ahí, solo tienes que elegir, hay muchas puertas abiertas. Luego, van pasando los años y las cosas se complican. Ya tienes que empezar a renunciar a algo si quieres disfrutar de otra cosa. Madurar es tomar decisiones, decir que no a un asunto y que sí a otro; arriesgarte o no hacerlo en absoluto, pero en todo caso decidir.

Ayer mismo conocí una historia. Una terrible, que me dejó emocionada, sin palabras y con la piel de gallina. Una mujer de mediana edad contaba en un evento de Fundación Telefónica cómo había sido su vida. En el colegio todo pintaba fenomenal, sacaba unas notas buenísimas y después estudió una carrera, creo recordar que dijo Económicas, pero no lo sé con seguridad porque en ese punto su relato aún no me había enganchado.

Después vino lo fuerte. Conoció a un hombre y ahí, según ella misma contó, tuvo que decidir si dar más peso a su carrera o al amor. Y la educación recibida, la cultura social imperante entonces (esto fue hace unas décadas), le impulsó a decantarse por lo segundo. La opción que tomó, en su caso fue fatal. Porque más tarde descubrió que de amor nada y de horror todo. Resultó que su marido era un maltratador. Ella narró, ante una audiencia con el corazón encogido, cómo este hombre la violentaba, tanto física como psicológicamente. Hasta en sus silencios le hacía daño. Dio detalles estremecedores. Y contó algo que me dejó boquiabierta: ella veía en la televisión anuncios sobre maltratadas y no se reconocía en ellos. Es más, pensaba, “¿cómo puede haber mujeres que se dejen hacer esto y no se vayan de sus casas?”. Y no veía que era una de ellas.

Le costó años tomar la decisión, esta obviamente acertada, de alejarse de aquel hombre. Y no solo eso, sino que se convirtió en una activista contra la violencia de género y puso en marcha una asociación que ayuda a mujeres que han pasado o están pasando por situaciones similares a la suya. Se llama como ella misma, Ana Bella y merece la pena entrar en su web y ver cualquiera de los vídeos que protagoniza. Veréis qué fuerza tan descomunal tiene, es una auténtica bomba de optimismo y de energía contagiosa.

Otra de las cosas que contó es que en contra de lo que mucha gente cree, las mujeres con carreras exitosas y con alto poder adquisitivo también sufren, por supuesto, el maltrato. Y de hecho son las que más años tardan en denunciarlo y en salir de su jaula dorada. Dorada por fuera, de cara a la galería; por dentro simplemente jaula. Entre las personas que protegen y defienden en esta fundación se encuentran juezas, abogadas, psicólogas, y hasta una periodista que actualmente presenta informativos en televisión, pero que prefiere no revelar su identidad. Quizá por vergüenza, por inseguridad, por una sensación de ‘culpa’.

Ana Bella dio en ese encuentro un detalle más: su marido, cuando lo era, le hizo firmar un contrato. En él le prohibía leer. La lectura, el conocimiento, nos da también libertad. De pensamiento en primer lugar, y en segundo de acción. Algo que a él, por el contrario, le quitaba poder.

Junto a esta poderosa mujer, en la misma charla, se encontraba otra, mundialmente reconocida, que acaba de recibir el premio Princesa de Asturias de las Letras, Siri Hustvedt. Todos vimos la semana pasada cómo dedicaba su galardón a las niñas, con el deseo de que pensaran, leyeran, crearan y pusieran a trabajar a tope su imaginación. Y cómo las animaba a no callarse nunca. Ayer la escritora también dijo algo muy bonito: hay que dejarse de culpas. O mejor dicho, las mujeres tienen que dejar de sentirla por defecto y deben aprender a colocarla en el bando correcto.

Y después de esto, y de hablar de su literatura (que en realidad fue para lo que yo asistí al evento como espectadora, sin saber lo que nos esperaba) aplaudió con admiración y entusiasmo, como hicimos todas las presentes, a Ana Bella.

Foto: Kinga Cichewicz


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