Twist and shot

4 septiembre 2017

Siempre persiguiendo al tiempo

“Perdidos por carreteras secundarias
las cosas no están donde realmente estamos.
Un proyecto en marcha y ya pensando en otro.
Siempre persiguiendo al tiempo que, inevitablemente,
nos va dejando atrás”.

El poema es del precioso libro “Al margen de los días”, del artista (escritor, compositor, pintor…) Diego Vasallo, conocido desde aquellos años 80 por ser miembro de Duncan Dhu.

Su poemario se publicó hace ya casi un año y lo compré, hasta tuve ocasión de conocerle y de charlar con él entonces, gracias a mi amiga Marisa, que conoce a todos los artistas del planeta. Me pareció tan interesante como sus poemas. Normal, por otra parte. Un hombre con un mundo interior poderoso y una apariencia física tirando a frágil, una de esas paradojas que tanto se dan.

Ya en casa, después de ese encuentro, abrí “Al margen de los días” sin saber muy bien qué esperar de aquellas páginas. Y me fascinaron. Y aunque me gusta leer los poemas en pequeñas dosis, porque creo que así se saborean y te calan mejor, estos directamente los devoré. Me gustan, porque están escritos con una mezcla perfecta de sensibilidad y de fina ironía, por un autor que está ya en el camino de vuelta, con toda la sabiduría vital que eso implica.

Son poemas otoñales, por eso he vuelto a ellos al comenzar septiembre, cuando el verano agoniza, aunque se resista a marcharse y nos regale aún mediodías llenos de sol. Pero ese verano nada puede hacer contra la melancolía con que llega septiembre. Un mes también contradictorio, porque conlleva inicios, proyectos nuevos, ilusiones… combinadas con una añoranza del tiempo que se va, de los meses que vuelan y que son ya pasado, buenos recuerdos en el mejor de los casos.

Y en esa dualidad me muevo, buscando ese equilibrio imposible que cantaba otro músico genial, Iván Ferreiro, pensando de qué lado caerá la balanza esta vez. Y quisiera dejar de perseguir el tiempo y dedicarme a simplemente verlo pasar. Siempre me gustaron más las carreteras secundarias que las autopistas. Porque no hay prisa por llegar a ninguna parte. Y sí necesidad de disfrutar del paisaje.

Foto y ©: Felix Russell Saw

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4 ComentariosEnviado por: Sandra Sánchez

21 agosto 2017

Aún queda verano

No sé cómo lo llevaréis vosotros, pero para mí este verano está siendo raro. Pasan muchas cosas, pasan cosas casi a cada instante, pero a la vez quiero que pasen más y más. Siempre esa ¿ansiedad?, mejor ese deseo de vivir la vida intensamente, sin dejar escapar ni un segundo. Y parece que estos meses de calor, en los que nuestras rutinas dan un vuelco son más proclives a lograrlo, de ahí ese empeño por no dejarlos pasar sin que todo pase. ¿Tiene sentido lo que digo? Espero que sí.

Paso gran parte de mi tiempo inventando historias. Mis amigos me cuentan las suyas y me dicen “esto podría pasarle a alguno de tus personajes”. Pues sí, claro que sí. Como también es verdad eso de que hay que tener cuidado con lo que le cuentas a alguien que escribe; podría utilizarlo en cualquier momento, tenlo por seguro. El día menos pensado lees algo suyo en algún sitio y ahí está, disfrazada o no, la anécdota que le contaste.

Es así. Porque aunque yo me pase la vida creando situaciones imaginarias, ideándolas, soñándolas o incluso deseándolas para mí, a sabiendas de que son sólo eso, quimeras, cuentos lanzados al aire y que se deshacen con la brisa, de repente alguna se vuelve realidad. O mejor aún, de pronto suceden cosas que superan a las que una mente fantasiosa puede concebir.

Muchas de ellas tienen lugar en los viajes, en los trayectos, algo también muy usual en estos meses en los que quedarse en casa no parece una opción y salimos, salimos a donde sea, en avión, en coche, en tren, a nado… ¿Huyendo o en busca de algo? Cada cual tendrá sus propios motivos.

Un amigo me contó hace tiempo cómo conoció a su nueva novia y en los últimos días, no sé por qué, he vuelto a recordarlo. Fue de película, pero saber que ha ocurrido en realidad me hace seguir creyendo en las sorpresas, en el amor, en todo tipo de cosas bonitas que están por ahí, buscando su sitio en esta sociedad loca en que vivimos.

Él subía a un avión, volvía a su casa en Londres después de pasar las vacaciones de verano visitando a su familia en Madrid. Cuando llegó a su asiento vio sentada en el de al lado a una chica más o menos de su edad, pero no reparó mucho en ella. No lo hizo hasta que el avión se puso en marcha y la chica empezó a llorar. Tenía pánico a volar, auténtica fobia; pero se casaba en Londres su mejor amiga y no podía fallarle. Por eso había hecho un esfuerzo que ahora veía que estaba por encima de sus posibilidades, porque no podía controlarse y el llanto y los nervios eran ya imparables.

Mi amigo, que es de naturaleza súper cariñoso, todo hay que decirlo, le cogió la mano y empezó a contarle tonterías. Que cómo se le ocurría a su amiga casarse en Londres, que iba a llover seguro. Que Madrid tenía mucho más encanto en esa época del año, dónde iba a parar. Que si necesitaba un acompañante para la boda no contara con él, porque era alérgico a todo tipo de ceremonias…

La chica siguió llorando, pero a la vez empezó a reírse y continuó haciéndolo mientras el avión cogía altura. El momento más peliagudo del vuelo había pasado y lo había superado gracias a él. El resto del trayecto siguieron charlando, ella ya mucho más calmada y cuando aterrizaron se dieron cuenta de que seguían cogidos de la mano. Después de eso él no le acompañó a aquella boda, tal como le había anunciado, pero sí se vieron al día siguiente. Y comenzaron una relación a distancia, Londres-Madrid, que continuó feliz durante bastante tiempo. Ahora ya no están juntos, pero vivieron una preciosa historia en común, con un inicio mágico, que estoy segura que siempre recordarán y formará parte de cada uno de ellos.

Visualizo perfectamente aquel viaje en avión y no puedo evitar sonreír. Aún queda verano.

Foto y ©: Joann Boyer

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8 ComentariosEnviado por: Sandra Sánchez

11 agosto 2017

Historias de Nueva York

“7 am. Comienza un nuevo día en la ciudad que nunca duerme. Es viernes, 11 de agosto y la temperatura es de -10 ºC. Sí, las calles están heladas, abríguense y tómenselo con calma si están seguros de querer salir de casa hoy.”

Soledad apagó el radiodespertador, se dio media vuelta en la cama y echó un vistazo a la ventana. La luz entraba sin piedad en la vieja habitación, en el tercer piso de un edificio del barrio de Queens. Era una luz de un blanco absoluto, como si el sol hubiera perdido el dorado y la blancura del hielo lo hubiera invadido. La calefacción central estaba funcionando a máxima potencia y aunque no tenía frío tampoco puede decirse que fuera de su cama el ambiente fuera cálido. Llevaban así varias semanas y no parecía que el clima fuera a dar tregua; Soledad empezaba a inquietarse, aunque intentaba no pensar mucho en ello y seguir con su plan.

Como cada mañana desde que llegó a la gran ciudad, madrugó para salir cuanto antes a emprender la búsqueda. No tenía muchos datos, prácticamente ninguno. Sabía que lo que estaba haciendo era una locura, pero aun así tenía claro que continuaría adelante. Es como si algo en su interior, una fuerza desconocida, decidiera por ella y le fuera indicando lo que haría a continuación, cuál sería su siguiente paso.

Así, cada día se vestía como si estuviera en el polo, dedicaba un buen rato a ponerse una capa de ropa tras otra, de forma estudiada. Como toque final, las botas de piel, los guantes y la bufanda de lana. Compraba un expresso en el café de la esquina, lo pedía para llevar, no tenía tiempo que perder, y empezaba a rastrear Nueva York, barrio a barrio. Empezó por Queens, sin éxito. Dedicó una semana a Manhattan, otra a Brooklyn, se internó en el Bronx. Intentaba hacerlo siempre de día en las zonas que las guías de la ciudad indicaban que eran más peligrosas, pero nunca tenía sensación de miedo, al menos no de la gente, puesto que la ciudad estaba prácticamente vacía. Lo que le asustaba era el frío, esa temperatura ambiental que no hacía más que bajar y bajar, como si no hubiera un límite. ¡Por Dios, estaban en agosto!

A mediodía hacía una parada para comer algo y se permitía sentarse media hora para recuperar fuerzas, le dolían todos los músculos, ya no sabía si por caminar tanto o por el frío. Y cuando empezaba a anochecer (suerte que era verano y lo hacía tarde, afortunadamente eso no había cambiado) volvía a su habitación, tomaba un sandwich, una hamburguesa, algo rápido, analizaba su plano de la ciudad para decidir la ruta que haría al día siguiente y volvía a dormir.

Así pasaban los días, el frío continuaba e iba a más, extendiéndose por todas partes. Y la búsqueda de Soledad no daba resultado. Subió a los edificios más altos, bajaba al muelle, se movía por todas partes, turísticas o no y terminó conociendo Nueva York tanto como los taxistas que circulaban por sus calles desde hacía décadas.

Una mañana al despertar la voz que hablaba al otro lado de la radio contó algo desconcertante. Los cuerpos de seguridad buscaban a alguien o a algo. Aún no sabían exactamente su procedencia, pero estaban seguros de que el frío era provocado, no lo traía la naturaleza, a pesar de que la tratáramos tan mal. Pensaban más bien en un ataque desde dentro. Soledad se asustó. ¿Un ataque terrorista cuyo arma era el frío? Le tembló todo, resultaba realmente aterrador, estamos más expuestos de lo que podemos imaginar, pensaba mientras se vestía para poder emprender un día más su búsqueda.

Al salir del edificio la detuvieron. Ella era a quien estaban buscando y acababan de encontrarla. Fue inútil tratar de explicar que su intención no era atacar a nadie, que sólo quería encontrar a una persona que había llegado a Nueva York hacía un mes después de abandonarla sin ella presentirlo. Y que esa persona había dejado tal frío en su interior que no concebía volver a entrar en calor hasta encontrarla. Ahora la ciudad entera tendría que ayudarla a dar con él.

Los policías decidieron que había otra solución mejor, deportarla a un lugar donde su frío no hiriera a nadie más que a ella misma. Y por eso ahora viaja en un avión militar custodiada por dos hombres abrigados hasta lo indecible hacia un destino incierto, pero que sabe gélido y del que nunca saldrá.

Foto y ©: Freddy Marschall


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6 ComentariosEnviado por: Sandra Sánchez

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