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25 marzo 2021

Cajas de cartón

Me mudo. Con estas dos palabras, ponía fin a una relación larga, de más de cuatro años. No con una pareja, sino con sus compañeros de piso. La pandemia en general y el confinamiento en particular habían sido demoledores. Algunos días no salía ni siquiera de su habitación, no era capaz de soportar la compañía de los que en otro tiempo nada lejano había considerado sus amigos.

Ellos recibieron la noticia de su marcha casi con alivio. Pusieron cara de póker, alguno disimuló preguntando el porqué, pero para todos era la crónica de un adiós anunciado. La convivencia casi nunca es fácil, especialmente si es con tres personas más en un piso de 70 metros cuadrados y a tiempo completo.

Regresó a su cuarto y empezó a empaquetarlo todo. Se había hecho con unas cuantas cajas de cartón en el chino de abajo de su casa y ahora tocaba abrirlas y llenarlas para desempaquetarlas más adelante en un destino aún incierto.

La ropa la organizó rápidamente, solo dejó en el armario la que se pondría el día siguiente, cuando dejara la casa. También guardó toallas, sábanas y demás enseres de aseo y cuidado personal en tiempo récord. Luego llegaron sus carpetas, sus discos, sus libros. Eso le llevó más tiempo, pues no pudo evitar ir revisándolos casi uno a uno.

Al llegar a una de las novelas que conservaba recordó que se la había regalado su madre, hace… no sabría decir cuántos años. La acarició evocando tiempos mejores, más pacíficos e inocentes al menos. No fue capaz de recordar el argumento de aquel libro, pero sí sabía con certeza que le había encantado en su momento, cuando lo leyó. Reparó en que en una de sus páginas había un señalador, un post it de color amarillo sobresalía. Lo abrió por esa página y vio una línea subrayada. Apenas cuatro palabras. “Perderse también es camino”.

Dejó pasar el tiempo leyendo esa frase una y otra vez. Y pensó que le acompañaría en esta nueva etapa de su vida, en la que el destino sería más incierto que nunca. No tenía un rumbo fijo, en ese instante estaba sentado en el suelo de una habitación que ya no consideraba suya, en una casa a la que no pertenecía y rodeado de cajas de cartón que contenían pedazos sueltos de su vida.

Se sentía perdido sí, porque lo estaba. Pero entendió que era parte del camino. Y eso le ayudó a continuar.

Foto: Kinga Cichewicz


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