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5 enero 2021

Noche de Reyes

Cuando despertó, el dinosaurio ya no seguía allí. El microrrelato de Monterosso no tenía ningún significado para Ana, quien hacía días, semanas, meses, que no veía a nadie. Desde el pasado mes de marzo decidió confinarse por completo. Las primeras semanas fueron relativamente fáciles de llevar. Después la cosa se fue complicando y la ansiedad y el miedo se fueron apoderando de ella sin remisión. Más adelante, consiguió controlarlos y se adaptó a su situación lo mejor que pudo.

Llegó el verano y la gente se echó a las calles como si les fuera la vida en ello. Quizá era así. Pero Ana prefirió seguir aislada. Vivía en el campo, lejos de la contaminación y de la jauría de la gran ciudad y había logrado encontrar cierto equilibrio en su soledad. Salía a diario a pasear a primera hora, cuando estaba segura de que no encontraría a nadie a su paso. Y así había sido hasta ahora.

Se mantenía informada por las noticias de la radio y de la televisión, a la vieja usanza. Las redes sociales las había abandonado hace tiempo, cuando descubrió que le causaban más estrés que otra cosa. Sabía por los informativos que la situación no era buena. Hablaban de tercera ola, de la posibilidad, cada vez más probable, de nuevas restricciones severas. No habíamos aprendido nada de lo que había sucedido los meses anteriores, era descorazonador.

El frío no ayudaba. Se acercaba a toda velocidad una borrasca que asolaría gran parte de la península, especialmente la meseta y el lugar en el que Ana vivía estaría en el ojo del huracán. Había retrasado un poco la hora de sus paseos, pues tan de mañana el frío era difícilmente soportable por mucho que se abrigara. Aun así, no lo perdonaba; era su rato de esparcimiento, en el que podía respirar aire limpio e imaginar que el mundo era otro. Uno en el que respetábamos la naturaleza y protegíamos el medioambiente. Un mundo en el que nos cuidábamos los unos a los otros mimando nuestro entorno. Uno, también, en el que poder volver a abrazarnos sin miedo.

Esa noche se fue a dormir con ese pensamiento y ese deseo en la cabeza. Apagó el fuego de su chimenea, se metió en su cama de roble bien abrigada con sus mantas y se dispuso a soñar. No recordó entonces que a veces los sueños se convierten en realidad. Especialmente en la noche de Reyes.

Foto: Chad Madden


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