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10 diciembre 2020

El mensaje en la botella

Norte de Francia, verano de 2019. Es un día fresco para estar avanzado el mes de julio y una mujer se recuesta en la arena mientras contempla a su hijo jugar al borde de la playa, casi desierta. La felicidad se parece a esto, piensa relajada. El peque la reclama con urgencia y a gritos, como hacen los niños. Ella acude veloz y observa sorprendida el descubrimiento: una botella de vidrio verde, como las que había en casa de su abuela en su infancia. Y sí, dentro hay un mensaje.

Madre e hijo corren tierra adentro y se lanzan a la toalla, impacientes por sacar el corcho y ver el contenido del mensaje. Cuando lo consiguen, comprueban que se ha entrado algo de agua, por lo que el papel está húmedo y una pequeña parte de la tinta del texto, corrida.

El peque se desanima y vuelve con su cubo y su pala a jugar a la orilla. La madre dedica algo más de tiempo a esa hoja arrancada de un bloc, que ha surcado un mar entero, quién sabe si un océano. El mensaje está en francés y aunque ella es española de pura cepa y solo está en el país vecino por vacaciones, algo del idioma entiende. Su autor es un hombre que busca a una niña. En realidad a una mujer, pero él la conoció cuando ambos eran niños. Fueron muy amigos entonces, para él ella fue su primer amor, así lo sintió entonces y durante el paso de los años. Eran vecinos, pero ella se mudó con su familia cuando ambos iban a pasar a la escuela secundaria y nunca más supieron el uno del otro.

Él ahora es un hombre sencillo, con un pequeño negocio de panadería en una localidad costera del país (la botella no ha viajado tanto, al fin y al cabo) y aunque ha tenido varias parejas, no ha olvidado a aquella niña, de nombre Juliette. Y la busca, la busca desesperadamente. Pero ninguna de las oportunidades que ofrecen las nuevas tecnologías para hacerlo ha dado resultado. Hay un vacío absoluto, un silencio sordo. Por eso ha recurrido al método más improbable, antiguo y romántico que conoce, el mensaje en la botella. Ojalá dé resultado. Y tras la despedida, el escrito adjunta un número de teléfono móvil, con el teléfono y el nombre del remitente, Didier.

La madre llama a su hijo, es la hora de recoger e ir a preparar el almuerzo. En el camino al apartamento que han alquilado durante una quincena, se apena de que el mensaje no haya llegado a su destinatario, sino a ella. Unos días después, cuando hace la maleta, guarda en ella el papel y al llegar a casa, en Madrid, se olvida de él.

2020 llegó y con él el infierno. Una pandemia mundial con la que no contábamos, pero que arrasó con nuestra forma de vida y nos tuvo encerrados durante meses. Al finalizar el año, la mamá y el niño volvieron a sacar las maletas para pasar los días de Navidad con los abuelos, que vivían en la Sierra. Pasaron un fin de año raro, pero tranquilo, jugando en casa junto al fuego y paseando a mediodía, cuando el frío es más benevolente. Uno de esos días, caminando sin rumbo fijo, encontraron una pequeña pastelería que no habían visto hasta entonces. Alguien había sido tan valiente como para abrir un negocio en estos tiempos. La mamá levantó la vista hasta el cartel del escaparate y leyó: “Boulangerie Didier et Juliette”.

Foto: Xavier Mouton


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