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6 noviembre 2020

El alma de los trenes

Los trenes ya no son lo que eran. Antes, hace poco o un mundo, según se mire, ya que nada hay más relativo que la percepción del tiempo, bullían de vida. Transportaban gente aquí y allá y el viaje no empezaba en el destino, sino cuando se llegaba a la estación de partida, se mostraba el billete, se accedía al andén y se subía a bordo del vagón asignado.

En toda esa sucesión de acciones había algo de ceremonia feliz. Una especie de presentimiento de inicio de algo, siempre bueno, que estaba a punto de pasar, que solo por eso, por presentirlo, ya estaba pasando.

El bar del tren siempre era un buen lugar para repostar y estirar las piernas mientras se seguía avanzando a toda mecha. Un vino en vaso de plástico o un bocata calentado al momento eran deliciosos manjares, porque lo importante es la actitud y la ilusión y ambas estaban aseguradas.

Las vacaciones, los viajes, las escapadas, comenzaban al poner ese pie en el tren, al colocar la maleta en el lugar indicado, al acercarse al baño minúsculo o al ir con el móvil a la zona en la que se permite hablar sin molestar al resto de los pasajeros para conversar burlando la ida y venida de cobertura.

Incluso cuando el viaje era de retorno el tren era amable. Nos ofrecía el descanso del guerrero, la paz después de la aventura, las horas de tranquilidad para empezar ya a rememorar lo vivido, para ordenar los recuerdos y saber cuáles de ellos perdurarán quizá para siempre.

Ahora todo es distinto. Los trenes están fríos, pareciera que hubieran perdido su alma, que sin duda la tienen o la tenían. Al entrar en ellos sorprende la ausencia de latidos, el ambiente gélido, el subir para bajar lo antes posible, el desear que ese viaje, ahora mayoritariamente obligado y casi nunca deseado, termine.

Creo que el culpable es el miedo. El temor al otro, al contagio, al virus, a encontrarnos en una situación que no podíamos imaginar y de la que luchamos por salir indemnes sin tener claro cómo hacerlo. Sabemos que debemos protegernos y proteger a los demás y solo en soledad podemos tener la seguridad de conseguirlo. A pesar de ello, somos seres sociales, necesitamos el calor, la cercanía, el tacto, la vida en común. Los trenes favorecían todo eso, nos hacían a los viajeros, perfectos desconocidos, partícipes de esas cualidades tan humanas. De ahí el vacío tan grande que causa subirse hoy a uno de ellos, donde el silencio manda.

Tienen mucho de literario los trenes, las estaciones, los vagones, los raíles y las máquinas que atraviesan campos y ciudades a toda velocidad, dejando el pasado atrás de un modo definitivo. Y son muchos los escritores que hacen referencia a ellos. Mi cita favorita es una de Ramón Gómez de la Serna: “Entre los carriles de las vías del tren crecen flores suicidas”. La naturaleza, la vida, busca la manera de sobreponerse a todo y esto también pasará.

Foto: Austin Wade


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