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30 octubre 2020

La Catrina

La noche anterior en mitad del cielo lucía una luna especial. Era redonda, llenísima y blanca como la espuma. Te encontraras donde te encontraras, esa luna te llamaba y tú tenías que responder, elevando la mirada hacia ella. Fueron muchas las personas a las que les costó conciliar el sueño. No encontraban la postura, algo les inquietaba, la luz que se colaba por las rendijas de las persianas era mayor de lo normal e impedía la oscuridad.

Aun así, ella, como todos, terminó cediendo al sueño más profundo y ya no recordó nada más.

Al alumbrar la mañana nada parecía diferente. Al otro lado de la ventana el otoño estaba en su momento de máximo esplendor, ese en el que las hojas de árboles y arbustos son una fantasía de color, desde el rojo más vibrante al dorado más reluciente. Era un placer contemplarlas y así pasó un buen rato, no sabe cuánto, simplemente dejando pasar el tiempo disfrutando de aquellos colores. Del silencio que inundaba las calles no se percató.

No tenía hambre, se saltó el desayuno. Se encontraba deliciosamente plácida, como si flotara por el hall de su casa y fue recorriéndola entera, habitación tras habitación, como si mirara cada estancia por primera vez. Encendió y apagó las luces, posó sus largos y delgados dedos sobre los lomos de los libros de su estantería y se entretuvo en la telaraña minúscula que colgaba de la lámpara del salón y que no había visto hasta entonces. Esperaba que no llevara mucho tiempo allí, pero tampoco le parecía un dato importante.

Se dirigió al baño principal y abrió ambos grifos. El agua caliente se fundía con la fría y ambas luchaban por ganar en una partida imposible, abocada al empate. La bañera se llenó y ella añadió un kilogramo de sal y unas gotas de aceite esencial. No sabía por qué, pero así lo hizo.

Se desvistió, dejó sobre el radiador la lencería con la que había dormido y se metió en aquel baño cálido y acogedor. Al salir de él era otra. O quizá la misma, la que siempre había sido, pero renovada. Todavía desnuda se miró al espejo y no sufrió ninguna conmoción al ver su aspecto. No era el de siempre, desde luego, pero se reconocía a la perfección en él. Se vistió con un vestido negro y ceñido con un corpiño, el escote al aire y la falda amplia hasta el suelo. Decoró su pelo con flores, esto le llevó un tiempo, pero no le convenció el resultado y lo cambió por un sobrio sombrero oscuro. No dedicó ni un minuto al maquillaje, este ya iba con ella. Y así, convertida en lo que sería a partir de ahora, salió a la calle a encontrarse con otros como ella. Era el día de muertos y había cruzado un puente.

Foto: Tony Hernández


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