Twist and shot » Sol de otoño

13 octubre 2020

Sol de otoño

Nueve meses sin tener una cita son muchos meses. Es casi el tiempo que dura un embarazo, la formación y el desarrollo de una nueva vida humana. Pensado así aún parece más. Pero la espera había llegado a su fin. Ese martes, un día extraño como cualquier otro, iba a encontrarse con el desconocido que con suerte dejaría de serlo para convertirse en todo lo contrario, el más conocido de todos.

¿Estaba nerviosa? No mucho, solo con una pequeña sensación de irrealidad, de no estar segura de que algo fuera a pasar, aunque sí, si todo funcionaba, pasaría. Le había conocido a través de una red social de citas y lo primero que llamó su atención fue su foto de perfil, un medio plano que dejaba ver un torso estupendo y una sonrisa que ocupaba toda la cara y hacía que no te fijaras en ningún otro rasgo. La verdad es que su rostro le resultaba familiar y eso le dio confianza para entablar una primera conversación on line cuando él dio el primer paso.

Resultó ser súper simpático; juntos (es un decir) se rieron un montón y fueron conociendo detalles del otro que les gustaban, por lo que el deseo de verse en persona empezó a ser acuciante.

La mañana de ese martes echó un vistazo por la ventana y decidió que el sol, aunque engañoso, porque no calentaba como parecía, iba a ser su aliado. También ella se sentía así, luminosa. La primera parte del día se le hizo eterna, no sabía bien qué hacer, a qué dedicar el tiempo para que pasara rápido, así que abrió su armario y se puso a ordenarlo. Llevaba tiempo queriendo ser más minimalista, por lo que llenó dos bolsas grandes de ropa y se acercó a la oficina de una red de ayuda humanitaria para llevarla. Eso le hizo sentir muy bien, estaba más liviana y había hecho una buena acción, esperaba que esos vestidos, esos vaqueros y esas camisas, bonitas y aún en buen estado, aportaran cobijo y algo de alegría a quien los recibiera.

Tras malcomer, porque ahora sí los nervios iban haciendo mella, comenzó a arreglarse. No quería ir excesivamente formal, pero tampoco desaliñada, así que optó por algo intermedio, unos jeans y una camisa blanca, a la que daría su toque personal remangándose por encima de los codos. Volvió a asomarse a la ventana y el sol lucía a tope, no había espacio para las sombras, así que antes de salir cogió sus gafas de sol favoritas.

Llegó al café acordado dos minutos después de la hora a la que habían quedado. Entró y vio poca gente, lo normal hoy en día. Se acodó en la mesa que daba al gran ventanal, pidió un expresso y echó un vistazo rápido al móvil. Veinte minutos y dos tazas después, justo cuando se disponía a marcharse, le vio entrar junto a otra chica. Ambos la miraron, sonrieron con maldad y se sentaron en una mesa libre, bien alejados. Tras un segundo de no entender nada, sintió cómo le caía encima un jarro de agua helada. Aquella chica, ahora con otro corte de pelo, había sido su amiga tiempo atrás, hasta que ella le hizo una jugada, la misma que ahora esta le devolvía. No debería haber puesto el amor, o lo que ella consideró que era amor, por encima de la amistad. Casi nunca funciona y siempre hace daño.

Apuró su café y salió del local lo más dignamente que pudo, sin mirar atrás. El otoño avanzaba imparable, había anochecido y ya ni siquiera sus bonitas gafas de aviador podían lograr que siguiera viendo el día de color rosa.

Foto: J.D. Mason


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