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4 octubre 2020

Una llamada en domingo


Sientes que el domingo es ese día tranquilo en el que nada puede pasar. Abres los ojos al despertar y no se escucha nada; si acaso, algún vecino más madrugador que tú que pasa la aspiradora o escucha la radio, pero poco más. Por tu parte, el único ruido que piensas hacer es el del café saliendo a borbotones de la cafetera en unos minutos; o el de las tostadas saltando cuando ya están listas para ser degustadas.

Sin embargo, los domingos, como el resto de días de la semana, pueden sorprender. Hoy, sin ir más lejos, el teléfono ha sonado a eso de las 9.30, una hora sin duda extraña. Era además el fijo, un aparato destinado ya únicamente para llamadas de los miembros de la familia de mayor edad y para temas publicitarios, tipo compañías telefónicas o de seguros ofreciéndote sin pedirlas sus mejores ofertas. Al descolgar, una voz masculina se presentaba con su nombre y apellido e inmediatamente se justificaba por importunar la paz dominical. Afirmaba rápidamente no ser de ninguna empresa comercial, sino un ciudadano de a pie.

– Soy sencillamente un vecino, estoy llamando a gente del barrio para preguntarles si se encuentran bien.

Desconcertada, respondo:

– Pues sí, perfectamente, gracias.

El hombre contesta que se alegra y pregunta si creo que la situación que vivimos va a mejorar, a seguir igual o a empeorar. Ahí hace que aflore mi desconfianza y le digo que no puedo entretenerme y que debo colgar. Mi interlocutor dice entenderlo y añade antes de despedirse que rezará por que todo vaya a mejor.

Me quedo mirando el teléfono de mesa sin entender a qué ha venido esa llamada ni qué pretendía exactamente el tipo que la hizo. Le imagino en su casa, sentado en un sillón orejero forrado de pana marrón desde primera hora con las páginas amarillas sobre el regazo, llamando a números de su barrio. ¿Estamos todos locos? Como diría Magüi, el personaje que interpreta Belén Cuesta en Paquita Salas, “evidentemente”.

Tras desayunar con todo el tiempo del mundo por delante, viendo los programas en bucle de Divinity, darme una ducha y vestirme en modo domingo, me dispongo a salir a comprar el pan. La calle, aun siendo muy comercial, está menos transitada de lo habitual. Camino recibiendo en la cara (en lo que la mascarilla no tapa de ella) el fresco del otoño, que nada más llegar se ha instalado rápidamente en nuestras vidas, y trato de mantener la mente en blanco. Es mi mayor, casi mi único objetivo en estos días raros, no pensar en nada. El chico de la panadería me vende una barra integral, compro también un par de palmeras de chocolate, porque qué demonios, y emprendo el camino de vuelta a casa.

Al entrar en el portal, Manuel, el conserje, está charlando con una vecina más o menos de mi edad. Algo en su conversación hace que tarde algo más de lo necesario en dar con mis llaves, de hecho finjo no encontrarlas para ganar tiempo. Y alcanzo a oír cómo ella le cuenta que su padre ha puesto en marcha junto a cuatro amigos, una red vecinal. Son hombres mayores que viven solos, se encuentran bien de salud, y se sienten activos, a pesar de que apenas salen de casa. Cabe señalar que mi barrio, uno de los epicentros europeos actualmente de la pandemia, lleva semanas semiconfinado. Estos amigos han pensado cómo podrían ayudar a la gente de su zona y se les ha ocurrido algo tan sencillo como llamar al azar por teléfono y detectar si alguna persona se siente sola, deprimida o simplemente con necesidad de hablar con alguien. Si es así, ellos se comprometen a hacerle un seguimiento y a darle la conversación que precisen para sentirse acompañados.

He subido a casa pensando varias cosas. La primera, reprocharme haber sido tan desconfiada con el hombre que llamó por teléfono. La segunda, confirmar, una vez más, cómo las personas de más edad son las que con más empaque, fuerza y generosidad, están viviendo estos meses oscuros, a pesar de ser las más vulnerables. Tenemos tanto que aprender de las generaciones de padres y de abuelos que no sabríamos ni por dónde empezar. Por cualquier sitio estaría bien.

Foto: Toa Heftiba


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