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24 septiembre 2020

Sangre extraterrestre

Kettering, Ohio. La ciudad estadounidense de la que es originario su ídolo, el skater Rob Dyrdek. Un tipo hecho a sí mismo, conocedor de su talento para rodar y con la pasión necesaria para llevarlo hasta sus últimas consecuencias, en su caso, el éxito más fulgurante.

El brillo de ella es más limitado, para qué vamos a engañarnos. Pero de pasión también anda sobrada. Por eso un día decidió seguir la llamada y subirse a su tabla para contemplar el mundo desde ella. Es una visión diferente a cualquier otra, una forma de vida, un dejarse llevar, o fluir, al compás del sonido de las cuatro ruedas sobre el asfalto, música para sus oídos, no hay otra igual.

Las cosas ahí fuera no andaban bien, eso no es ninguna sorpresa para nadie. Y las probabilidades de volver a estar encerrados entre cuatro paredes eran mayores cada día que pasaba. Ella lo vivía como una nube tóxica que fuera aproximándose tenaz, sin dejar lugar a la duda de que tardaría un poco más o un poco menos, pero llegaría.
Se asomaba a su ventana y creía ver esa nube gris imponente y terrible, porque le daba igual la gente, su único objetivo, el de la nube, era avanzar.

Ella decidió ser más rápida. Ahora no iba a pillarle desprevenida, estaba, como todos, avisada de lo que podría ocurrir si no se actuaba. Y decidió salvarse a sí misma. Se subió la pernera izquierda del pantalón, en línea con el corazón, y con su dedo índice acarició el tatuaje de su gemelo: “Tengo sangre extraterrestre”. Se trataba de una cita de Dyrdek, una frase con la que se identificaba, porque casi siempre se sentía de otro planeta, ajena a los pensamientos y a la realidad de la sociedad de la que formaba parte. Ni la inacción o la incompetencia de los políticos, ni tampoco la irresponsabilidad de muchos ciudadanos, iba con ella. No lograba entender nada. Eso pensaba mientras acariciaba su pierna con cierta melancolía.

Abrió el armario del zaguán y ahí estaba, fiel y a la espera, como siempre, su viejo skateboard. Se calzó sus botas, se puso su gorra y bajó las escaleras sin pensárselo dos veces. Rodaba ya desde hacía horas en dirección opuesta a la de la nube. Libre, y con el viento de cara, escuchando su sonido favorito. No llegaría hasta Kettering, Ohio, pero iría tan lejos como fuera posible, en busca de su planeta, hasta sentirse a salvo.

Foto: Alex Geerts


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