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13 septiembre 2020

El viejo vagón

Un vagón de tren abandonado hacía décadas parecía el lugar ideal en el que reunirse. Cada tarde, cuando el sol daba sus últimos suspiros, las cuatro amigas iban llegando hasta aquel vagón hueco y destartalado, del que no quedaba más que una estructura oxidada. Cada una de ellas recorría un camino distinto, el que les llevaba desde sus respectivas casas, atravesando un bosquecito o una pequeña carretera, según el caso.

Al encontrarse allí, daba igual cómo hubiera ido el día hasta entonces. Quizá una había discutido con otro amigo, con sus padres, o se había llevado un chasco con el chico de turno. Llegar al viejo tren y dejar lo malo atrás era algo inmediato. Las cuatro disfrutaban contándose sus historias, casi siempre tonterías sin importancia, pero para ellas su cotidianidad y, por lo tanto, de máximo interés. Se aconsejaban unas a otras, lo tenían clarísimo, aquello, fuera el problema que fuera, iba a solucionarse. Ponían música en un viejo radiocasete que una llevaba y traía a diario. Cintas grabadas por ellas mismas de la radio con sus canciones favoritas, las que se escuchaban en aquella época y que bailaban como locas.

Después, siendo ya noche cerrada, se despedían entre risas y quedaban para la tarde siguiente, mismo sitio, idéntico plan. Así un día tras otro mientras duraba el verano.

Llegó septiembre y con él las despedidas. Un curso da para mucho y más cuando eres tan joven. Aunque quedaron en volver a verse allí el julio siguiente ninguna de ellas estaba convencida del todo de que sería así. Y de hecho, no lo fue.

Los años pasaron, muchos, demasiados. Y Fe regresó el verano más extraño de nuestras vidas, el de 2020, al viejo vagón. No lo encontró por ninguna parte. En su lugar, que entonces era campo abierto, habían edificado y calculó a ojo que el espacio de su vagón lo ocupaba ahora una pequeña manzana edificios recién construidos. En su pared principal, pintada de inmaculado blanco, se desplegaban unas alas azules. Y Fe no pudo más que ponerse frente a ellas y echar a volar. No en cuerpo, pero sí en alma, para recordar a sus tres queridas amigas, que quizá, quién sabe, lean esto hoy.

Foto: Roan Lavery


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