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4 septiembre 2020

La última llamada

El teléfono sonaba y sonaba y al otro lado de la línea nadie contestaba. Era viernes, último día laborable de la semana para casi todo el mundo. Sabía que lo había dejado para el final, pero eso definía su personalidad a la perfección, algo dejada, responsable pero no mucho, perezosa… vale, lo diremos abiertamente, vaga.

Llevaba días un poco desorientada. No dormía bien y, cuando lo hacía, dormir, tenía sueños extraños que le inquietaban y en muchas ocasiones conseguían despertarla y dejarla desvelada el resto de la noche. Lo que recordaba ahora, ya bien entrada la mañana, del último sueño, era estar junto a una niña muy divertida, muy simpática, pero que por algún motivo no le daba buena espina. De repente, al fijarse en las manos de su nueva amiga, descubría que las tenía terriblemente sucias y que disfrutaba pasándolas por cualquier superficie limpia, dejando su impronta oscura, de pura suciedad.

Ella le decía que no hiciera eso, que se lavara las manos urgentemente, que tenía que tener más higiene, que ahora era más peligroso que nunca no cuidarse. Pero su amiga la miró con suficiencia y empezó a reírse de ella, cada vez más alto y de forma más molesta… hasta que se despertó.

Desayunó lo primero que encontró en su despensa, unas magdalenas ligeramente rancias, pero en su opinión aún comestibles. No quedaba leche, por lo que se hizo un té y se sentó en la cama sin hacer a ver la tele. Hacía varios días que no la encendía, le daba miedo, esa era la verdad. Sin embargo, esa mañana cogió el mando y fue haciendo zapping de forma automática. Parecía que veía el mismo canal una y otra vez, porque las imágenes y los rótulos con los antetítulos ÚLTIMA HORA y URGENTE se repetían en todas partes. Pasó así, frente a ellos, un tiempo indeterminado. Estaba como anestesiada, sin poder apartar los ojos de la pantalla, pero sin entender del todo lo que veía en ella, desde luego sin poder asimilarlo, a pesar de ser una persona inteligente.

Al llevarse la taza a la boca notó que el té se había quedado como ella, frío. Fue a la cocina a recalentarlo, pero al abrir el microondas se arrepintió y decidió tirar lo que quedaba de él por el fregadero. Observó cómo el líquido turbio iba desapareciendo de su vista haciendo círculos concéntricos y entonces sí, reaccionó de forma fulminante. Con la mente preclara corrió hasta el teléfono y marcó el número que indicaban los programas de televisión, todos ellos ya dedicados a los informativos. Era el último día para conseguir una plaza en los aviones que partirían esa misma noche para escapar de lo inevitable. Y así estaba ella, desesperada, escuchando cómo el tono sonaba y sonaba, sin que nadie al otro lado contestara.

Foto: Kinga Cichewicz


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