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19 agosto 2020

Black

Amanecía un día tras otro como si fuera el primero, porque si hay algo cierto es eso, que siempre amanece. Los días transcurrían tranquilos en la granja. Era, sin embargo, una calma tensa, se respiraba una inquietud que ya era bien conocida por los habitantes de la zona, a pesar de lo cual no lograban, ni querían, acostumbrarse a ella.

Levantar la persiana, o descorrer las cortinas, y asomarse a la vida fuera del hogar, era para muchos un acto casi reflejo al despertar. La mayoría sabe lo que se va a encontrar en el exterior, oscuridad; pero algunos, los menos, realizan esta acción aún adormilados, por lo que en ese tiempo que cabalga entre el sueño y la vigilia, tienen la suerte de esperar ver la luz al otro lado de la ventana. Más dura entonces es la caída, al enfrentarse a la realidad.

Son conscientes de que son afortunados. La vida en el campo es la mejor posible, nadie duda de eso. Quien más y quien menos, allí goza de un pequeño huerto bien protegido o de algún que otro animal que le sirve de sustento, alguna vaca, ovejas, cerdos… Los caballos hace tiempo desaparecieron para no volver. Los soñadores quieren creer que fueron hacia algún lugar muy lejano, donde encontraron la libertad que todos ansían, y con ella, la paz.

En las ciudades la cosa es bien diferente. El aire es aún más irrespirable, las relaciones humanas, de existir, son terriblemente frías, los recursos escasos y la ley de la selva, qué paradoja, impera.

En el campo, donde se refugió Sol hace ya años, la soledad se hace menos dolorosa, quizá porque los espacios en los que moverse son más amplios. Ella decidió también mucho tiempo atrás, renunciar a las comunicaciones habituales, tanto a la televisión, como a la radio o a las redes sociales. Mantiene una vieja línea de teléfono para estar en contacto con tres o cuatro personas muy concretas, por si hubiera una emergencia. Pero nada más.

Su refugio, el que le permite huir de la vida real, lo encuentra en su biblioteca, bien surtida desde que se instaló allí. Muchos de los libros que habitan en sus estanterías ya los ha leído, pero le quedan otros tantos por descubrir y eso le hace sentir bien. Una butaca, una luz adecuada y el tacto del papel, son el regalo más precioso que tiene y es consciente de ello cada rato que pasa leyendo. Suele hacerlo por las tardes, después de que las labores en el huerto y la atención a los animales están cubiertas. Y entonces, solo entonces, se permite ser ella misma. La Sol que era cuando afuera reinaba la luz, el aire limpio, la libertad. Cuando nadie dirigía la vida de nadie y estaba permitido tomar decisiones, hacer planes, jugarse el destino a una carta si era eso lo que se deseaba.

Al leer aquellas novelas, escritas en otra época, en otro mundo, Sol se siente casi libre, y aunque sufre por ese “casi” sabe que es lo mejor a lo que puede aspirar. Tiene suerte, porque está viva y de momento sus necesidades más básicas están cubiertas. Ojalá ella y toda su generación, y las anteriores a la suya, hubieran sido más conscientes de lo que iba a acontecer si seguían actuando como llevaban décadas haciéndolo. Lo piensa cada noche, antes de bajar, una vez más, la persiana, y dejar su cuarto a oscuras.

Foto: Kirill Palii


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