Twist and shot » El verano de Elena

27 julio 2020

El verano de Elena

El mes de julio del verano más extraño avanzaba impasible. La mitad de la población estaba de vacaciones, si bien no lo parecía. La sensación era de fingimiento. Elena veía las fotos en Instagram y tenía la sensación de que sus protagonistas simplemente simulaban estar disfrutando en las playas a las que viajaban, en las piscinas en las que se zambullían o frente a ese campo abrasador o esa terraza casera mojito en mano.

Sus vacaciones, las de Elena, duraban ya demasiado, pues llevaba meses sin ocupación alguna más que la de sí misma, la de mantenerse a flote física y psíquicamente. No las sentía, por tanto, como algo esperado y divertido, sino como un pasar de los días.

La mañana del lunes (tuvo que mirar el móvil para saber en qué día estaba) algo parecía diferente, más diferente si cabe que las jornadas anteriores. Elena abrió la ventana y vio ante sí una ciudad difuminada. La noche anterior el calor había sido extremo. Los informativos ya habían alertado de que sería la más calurosa del año y aseguraban que el riesgo continuaría los días siguientes.

No recordaba si había soñado esa noche, ni si quiera si había dormido bien o mal. El vasito de agua seguía intacto sobre su mesilla y el enchufe anti mosquitos mostraba su pálida luz. Lo desenchufó, fue al baño a lavarse la cara y el agua fresca sobre el rostro le proporcionó un bienestar instantáneo.

Desayunó un té helado con pastas, porque de vez en cuando hay que darse algún lujo para levantar la moral; o simplemente porque sí. Se vistió con las prendas más ligeras que encontró en su armario, cogió su bolso, se puso su mascarilla, su sombrero y sus gafas de sol y salió a la calle.

En las escaleras y el portal, nadie. Hacía meses que no coincidía con sus vecinos, quizá una especie de autoprotección extraña hacía que salieran a horas diferentes para no encontrarse. En todo caso, no les echaba de menos. Bastante los oía desde casa, a través de esas paredes que parecían de papel. Sabía de ellos más de lo que le gustaría, en aquel edificio las intimidades ya no eran tales.

Le extrañó no ver al portero de la finca en la entrada. Él siempre estaba por allí saludando y animando al personal, un hombre divertido y feliz de la vida en cualquier circunstancia.

Abrió la puerta de entrada y salió por fin a la avenida principal del barrio. Estaba desierta, era primera hora de la mañana, la mejor para salir, ya que en nada los termómetros empezarían a dispararse; y sin embargo solo ella parecía haberlo hecho. Caminó y caminó entre comercios cerrados y parques sellados sin un rumbo fijo. El sombrero empezó a resultarle insuficiente para soportar el calor. No encontró dónde comprar una botella de agua ni terraza abierta en la que refrescarse un poco. Siguió andando. Se quitó las gafas de sol, la mascarilla, el sombrero… Todo le sobraba de un modo imperioso. Miró hacia el horizonte, agotada y exhausta. Y solo entonces, afinando mucho la mirada, le pareció ver el mar.

Foto: Kinga Cichewicz


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