Twist and shot » Las tardes de verano

8 julio 2020

Las tardes de verano

Hay dos tipos de personas: las que cuando llueve cierran las ventanas y las que las abren. Celia pertenece al segundo grupo. Lleva soportando, como casi todos, días de intenso calor, en los que el sol no cede su espacio. Sabe que es verano y que le toca reinar, es ahora o nunca.

Cuando Celia era más joven adoraba los veranos. Hacía calor igualmente, por supuesto, pero ella no lo percibía como algo molesto. Al contrario, sentía una alegría incontrolable continua, al notar la luz sobre su piel prácticamente desnuda, al saber que disponía de todas las horas del día, que era larguísimo, para disfrutar sin mirar el reloj.

Qué hacer durante esas horas daba igual, pues todo era divertido: desde bañarse en la piscina hasta montar en bici, hacer una excursión o comer pipas en la plaza del pueblo junto a sus amigas.

Ahora, en la edad adulta, se asoma a la ventana de su casa y ve que este miércoles de julio apenas ha salido el sol, oculto entre nubes grises y vigorosas. El calor, sin embargo, lucha por mantenerse en lo alto y lo logra, resiste. De pronto Celia fija su vista en las casas de en frente. Están algo alejadas, pero se vislumbran las siluetas de sus habitantes. En una de ellas hay una chica a la que cree reconocer. Es como un flash, un pellizco rápido en su pecho que le dice que sí, que esa persona que ve a lo lejos es su vieja amiga de infancia.

Ella no le ha visto. Está asomada también a su ventana, pero mira en otra dirección, quizá tiene la mirada perdida y está pensando en sus cosas, sin ver realmente nada de lo que tiene en frente. Su ventana está cerrada, aunque Celia gritara no podría oírla.

La chica gira la vista y se cruza por un instante con la de Celia. Ahora está segura, es ella. Le perdió la pista hará más de diez años, pero le resulta inconfundible y un montón de recuerdos se agolpan de pronto en su mente. En ellos ambas están juntas, riendo, bailando, comiéndose un helado o charlando mientras mojan sus pies en el agua y se salpican. Recuerda también que cuando había una tormenta de verano, como parece a punto de desatarse hoy, se refugiaban en la habitación de una de ellas y escuchaban discos de vinilo mientras afuera la montaña que les rodeaba hacía retumbar los truenos hasta lo inimaginable y la lluvia caía torrencial. Después, en cuanto amainaba, salían al campo a oler la tierra mojada, a impregnarse de ese aroma mágico, y a buscar el arco iris.

Celia se da media vuelta, se acerca a la vitrina en la que guarda sus viejos discos y rescata un vinilo que les encantaba a las dos. Lo mete bajo su camiseta y sale a la calle justo cuando las primeras gotas empiezan a caer. Llega a casa de su amiga empapada, pero el disco, y su amistad, parecen estar a salvo.

Foto: Clarisse Meyer


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