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4 junio 2020

Metamorfosis

Comer galletas de chocolate, leer sin medida. Escuchar música a cualquier hora del día o de la noche, primero en los auriculares, por prudencia, luego ya sin ellos y al volumen que le apeteciera. Cree que fue Richard Hawley quien dijo aquello de “if music is too loud, you´re too old”.

Se despierta temprano, no duerme bien. Camina por la casa, pasillo arriba, pasillo abajo. Viaja a la cocina cada dos por tres en busca de no sabe qué, de algo. Está engordando, se da cuenta de que cada vez tiene más hambre. Pero eso no le preocupa lo más mínimo.

Atiende las videollamadas del trabajo, aunque últimamente les hace menos caso. Todo le suena a ya visto y escuchado, se ha perdido hace tiempo el interés de la novedad, ahora no hay más que aburrimiento y rutina. A veces cae en la cuenta de que después de más de una hora de conexión con sus compañeros apenas recuerda nada de lo que se ha hablado en la reunión. Tampoco le preocupa, solo lo constata.

Los primeros días se vestía y se arreglaba como si fuera una jornada normal, como si nada de lo que estaba ocurriendo más allá de sus cuatro paredes sucediera en realidad. Era una forma absurda de despistar a la vida, a sabiendas de que era del todo imposible. Después, más adelante, ha empezado a ser más descuidada con su aspecto. Sale de la ducha, se pone cualquier cosa, camiseta o jersey y pantalón cómodo y deja que sus rizos se sequen al aire. Nada de secadores, planchas, cepillos o tratamientos varios para su cabello arisco. Todos estos productos están perdidos en un cajón del cuarto de baño sin esperanza de volver a ser utilizados a corto plazo.

La compra se la traen on line. Al principio era metódica con los pedidos, quería seguir una dieta equilibrada, en la que primaran las verduras y las frutas. Ya no le hacen tanta gracia. Se deja llevar por el apetito feroz y elige carne a mansalva. Entrecots, chuletas, costillas… No tiene freno, ve los cortes expuestos en la página web del supermercado y los añade con placer a la cesta virtual. Cuando llegan a casa son vistos y no vistos.

Ha dejado de hablar, cree que no hay nada importante que decir, por lo que el silencio es un claro ganador. Si suena el teléfono no lo coge; quien quiera que le escriba un mensaje y ya verá ella si decide o no contestar. Casi siempre es no.

Desde hace unos días la casa se le está quedando muy pequeña, siente que necesita salir a toda costa. Vio en las noticias que su ciudad iba dejando atrás el tiempo del miedo y la enfermedad; y el primer día que permitieron pasear por la calle ella salió a primera hora, dejando la puerta abierta y sin mirar atrás. Mientras bajaba las escaleras fue despojándose de su ropa y soltando su melena. Los vecinos dicen que lo último que escucharon fue algo parecido a un rugido salvaje.

Foto: Taisiia Stupak


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