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4 mayo 2020

El bosque

Los sueños raros son perfectamente normales en situaciones de estrés. Y si estas son colectivas, las probabilidades de tenerlos se multiplican de forma exponencial.

Sonia tenía una amiga que llevaba noches soñando lo mismo. Corría por un bosque frondoso, lleno de árboles altísimos que no dejaban entrar la luz y un suelo cubierto de hojas grandes y húmedas que hacían un ruido inequívoco y fantástico al pisar sobre ellas.

No es que nadie le persiguiera, más bien era como si corriera por el mero hecho de correr, de avanzar camino, de ver qué había más allá del lugar en el que se encontraba. De pronto, una pared invisible le hacía frenar en seco; y ahí, en ese shock, se despertaba.

Una noche tras otra, intentaba hacer actividades diferentes para no soñar lo mismo. Si antes de dormir veía una película de acción, al día siguiente optaba por una comedia romántica. Al otro se daba un baño caliente; o se ponía música relajante; o escuchaba un podcast sobre el fútbol argentino de la década de los 80. Cualquier cosa valía, lo importante era que le alejara al máximo de aquel sueño. Pero nada funcionaba. Noche tras noche, era quedarse dormida y verse corriendo en aquel bosque.

Cuando despertaba intentaba analizar el sueño, rescatar el mayor número de detalles posibles que le hicieran comprender a qué venía aquello. Así, un día descubrió que la velocidad a la que iba era excesiva para una persona. Y que su altura también debía de ser mayor de la real. Más allá de eso, no era capaz de entender nada.

Llegó a obsesionarse de tal manera, que empezó a visitar páginas web que hablaban de los sueños, nada fiables pero daba igual. También leía, por supuesto, estudios científicos sobre las distintas fases nocturnas, así como sobre psicoanálisis. Intentó cubrir la mayor cantidad posible de frentes abiertos sobre el tema, pero nunca encontró una respuesta y mientras, seguía soñando lo mismo una y otra vez.

Los días avanzaban y la epidemia, que ya hacía tiempo era pandemia, pasó su punto máximo (el pico de la curva, lo llamaban en las noticias) y empezó a descender. Muy poco a poco, la gente empezó a tener más esperanza, a ver un poco de luz. Nadie quería confiarse, pero se percibía un sentimiento común, mejor dicho, una sensación, de que las cosas estaban mejorando.

Durante esas largas y oscuras semanas, la gente que había tenido la suerte de no caer enferma, hacía planes, tenía proyectos, se veía a sí misma en un futuro próspero y feliz, vaya, con una vida nueva mucho mejor de la que era antes de todo esto. Pero la amiga de Sonia no había avanzado nada. Conservaba su trabajo mediocre, pero cuando terminaba la jornada y apagaba en casa el portátil, no se le ocurría nada más que nacer.

Un sábado, Marta le propuso que participara de un nuevo negocio que estaba ideando. Era muy loco, pero ella estaba dispuesta a todo.Y antes de que su amiga le contara los detalles dijo un sí rotundo.

Esa noche, al apagar la luz de su habitación y quedarse dormida, el caballo salvaje que habitaba en ella echó de nuevo a correr al galope por el bosque. Pero esta vez el muro transparente no la frenó, sino que lo atravesó sin inmutarse.

Foto: Allef Vinicius


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