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26 abril 2020

Cae la lluvia en la ciudad

Estoy bastante alejada de las redes sociales estos días. Más que nada porque me generan ansiedad; las últimas semanas las noticias no había por dónde pillarlas, era imposible encontrar algo positivo en ellas; y resultaba aún más descorazonador leer los comentarios sobre las mismas. Twitter especialmente me parece un hervidero de gente liberando bilis.

En todo caso, hoy me he levantado positiva, los datos mejoran y los niños pueden empezar a salir, tomando precauciones, a la calle. Genial, esto avanza. Aburrida, hace un rato, se me ha ocurrido volver a entrar en Twitter (la última vez fue hace mes y medio, cuando todo estalló). He tardado un minuto en cerrar la cuenta, esta vez sine die. El nivel de crispación es máximo. Cualquier detalle, el más mínimo hecho es suficiente para que se active un linchamiento colectivo inmediato. Esto me causa una tristeza espantosa, ¿cómo podemos estar en estas, con la que está cayendo?

El tema estrella del día era precisamente ese, la salida de los niños. La crítica siempre es bienvenida y creo que incluso es de agradecer, pero el clima persecutorio y agresivo que se respiraba en los comentarios de la mayoría de la gente era insoportable: “¿Quién podría sorprenderse de que los padres se comportarían tan mal?”. “Tendrían que hacer un examen para dar el carnet de padre”. “Los que querían salir eran los adultos, sus hijos les dan igual”.

Una persona que conozco criticaba el modo en que habían salido hoy los niños (recordemos, después de seis semanas sin poner un pie en la calle). Decía que el comportamiento de los padres estaba siendo una vergüenza y que ya veríamos si no tendríamos que pagar todos las consecuencias. Esta persona oculta que se marchó de Madrid a toda velocidad cuando la ciudad se convirtió en un polvorín y se nos pidió a todos que no saliéramos de casa, donde seguimos. Desde entonces, está felizmente instalada en su casa de la playa; no se sabe si habrá expandido el virus o no, lo que está claro es que en su momento le dio exactamente igual. Esto, más allá de la anécdota, me deja abatida, porque es una muestra de cómo nos podemos llegar a comportar, tanto en tiempos de tranquilidad como de alarma social.

Me gusta pensar en positivo y tener fe en las personas. Ya que vivimos días tan dramáticos sería bueno que al menos podamos ser capaces de mejorar algo de nosotros mismos después de esto. Que palabras como civismo, empatía, solidaridad, no sean huecas, sino que estén cargadas de contenido y que lo interioricemos.

Durante esta pandemia Coque Malla ha escrito una canción maravillosa. “Cae la lluvia en la ciudad desierta que me vio nacer, son las diez de la mañana…” Así comienza, más adelante hay una frase también muy bonita: “Deberíamos estar unidos, como jamás conocimos nuestra unión”. En una entrevista ha contado que compuso el tema en una mañana de estos días, en los que se encontraba bajísimo de ánimo. Merece la pena pararse a escucharla y es difícil no emocionarse al hacerlo. En ella está todo, el miedo, el dolor, la fuerza, la esperanza… y, al final, la calma.

Foto: Ava Sol


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