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14 abril 2020

El abrazo

La tarde en que las nubes empezaron a ocultar el sol, hasta entonces brillante, Alba se dio cuenta de que aquella no era una escena normal. Se asomó a la ventana y, como cada día desde hacía exactamente un mes, no vio a nadie por la calle. Los semáforos iban pasando del verde al ámbar y después al rojo, para volver a empezar en un círculo sin fin, aunque casi nunca había coches ni autobuses que atendiesen a sus indicaciones.

La valla publicitaria de en frente de su casa seguía anunciando una ginebra con la imagen de un hombre sonriente con una copa en la mano, completamente ajeno a lo que estaba pasando. Alba pensó dónde estaría ahora aquel tipo. En su casa, seguro, pero ¿en Madrid, en Valencia, en Londres, quizá? Cuando se dio cuenta de lo absurdo que era aquel pensamiento lo borró de su mente. Detestaba sentirse tan ociosa, presa del aburrimiento.

Echó un vistazo a los edificios cercanos y tampoco se veía un alma. Al menos no hasta las 20 h, momento en el que todos saldrían a los balcones durante dos minutos; por ahora se encontraba en un barrio fantasma. Ella seguía inquieta y posó la vista en las nubes. Y si los 31 días que llevaba encerrada ya le hacían sentirse extraña, aquella visión le puso en la pista de que podía estar, sencillamente, volviéndose loca.

Aquellos cúmulos de algodón se dirigían hacia ella, no tenía ninguna duda. Eran de un color blanco infinito y poco a poco lo iban ocupando todo. El horizonte que Alba veía desde la ventana de su habitación, que en un día claro le permitía divisar hasta el lejano Pirulí de Torrespaña, iba cerrándose más y más, de forma casi angustiosa.

Corrió a la habitación de enfrente y desde allí el panorama era igualmente amenazante. Estaba sola en casa y le parecía ilógico avisar a nadie de lo que estaba ocurriendo, porque ni siquiera ella misma sabía a ciencia cierta de qué se trataba. Encendió la televisión, pero las cadenas habían dejado de emitir. La radio tampoco funcionaba. Esperó que dieran las 20 h, con el fin de ver las caras de sus vecinos cuando se percataran de lo que ella estaba contemplando. Pero la hora llegó y por primera vez en un mes nadie salió a los balcones, no hubo aplausos, ni gritos de ánimo, ni nada. El silencio era más absoluto que nunca.

Los cúmulos blancos ya ocupaban todo el cielo y estaban perdiendo altura. Un impulso incontrolable hizo que Alba abriera la ventana de par en par, presa del pánico, buscando aire que respirar y aliviara su tensión. Momento que aprovecharon las nubes para entrar en su casa y abrazarla por completo.

Foto: Velizar Ivanov


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