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2 abril 2020

La ventana indiscreta

Si hace apenas un par de meses le hubieran dicho que pasaría semanas sin poder (y sin querer, por temor) salir de su casa no lo habría creído. Pero el caos se ha apoderado de todo y reina en nuestro mundo, mientras un montón de héroes, muchos, muy valientes, luchan contra él en una batalla que ya está siendo larga, pero que se sabe que ganarán.

Así, mientras esa guerra tiene lugar en el exterior, Blanca pasa los días, como el resto de sus vecinos, de los habitantes de la ciudad y casi del mundo entero, encerrada en su casa.

Dedica gran parte del tiempo a mirar por la ventana. Sabe que mucha gente está sacando lo mejor de sí misma estos días, en una suerte de hiperactividad nunca antes conocida. Seguro que se están escribiendo novelas increíbles, haciendo grandes descubrimientos en laboratorios caseros, creando composiciones maravillosas… Ella no hace nada de eso. Se despierta cada mañana y se repasa a sí misma por dentro y por fuera, para asegurarse de que todo está en su sitio y de que ha comenzado un día más sin nada que reseñar. Ducha, desayuno de pie en la cocina y, quizá con la taza de café aún humeante en la mano, paseo hasta el ventanal, donde se sienta a ver pasar las horas. No tiene trabajo, porque es una de tantas que estos días, quizá cuando más falta hace estar ocupada, se ha quedado sin él.

Desde su ventana echa un vistazo a la calle desierta, por la que solo pasa muy de vez en cuando algún que otro autobús o un coche de policía; también el camión de la basura, puntual todas las mañanas a las 10.30; y poco más. Alguna paloma caminando confusa sobre el asfalto mojado. Blanca cree que es posible que las palomas piensen que los humanos nos hemos extinguido. Qué raro les parecerá también a ellas todo y cuánto echarán de menos esas migas de pan que recibían en los parques de la ciudad.

El edificio de en frente es como una colmena. Los pisos de arriba son oficinas desiertas pero los de abajo son domicilios particulares. En cada uno de los apartamentos se esconden, o más bien se refugian vidas en stand by. La pareja de ancianos del primero que cada noche se queda dormida con la televisión encendida; la chica que se pasa el día preparando recetas con un robot de cocina para después hacerles fotos y casi nunca comerse lo cocinado; la familia numerosa que inventa juegos sin parar para entretener a los niños; el hombre de mediana edad que hace bicicleta estática a última hora de la tarde…

A Blanca esto último le pareció una gran idea. Qué bueno sería tener una para mantenerse en forma desde casa. Investigó en Google, pero nada. Una vez más, como había pasado con los supermercados a la hora de hacer la compra on line, se le habían adelantado y ya los stocks de bicicletas estáticas y de elípticas estaban agotados. Podías encargar una a precio de oro, sí, pero te la traerían en julio.

Blanca se fija en el tipo que se pasa el día, como ella, asomado a la ventana. A esa distancia, no sabría decir si se encuentra triste o esperanzado. Quiere pensar que lo segundo. Le mira y después levanta la vista al cielo azul, que hoy parece el mar. Y de repente se acuerda de Cuba, de ese azul caribeño en el que mar y cielo parecen todo uno. Cuando estuvo en la isla vio cómo los habaneros se sentaban en el malecón mirando hacia el mar, hacia la libertad. Y supo que cuando todo esto pasara ella también miraría siempre hacia afuera, buscando la naturaleza, el aire limpio, la esencia de la vida. Lo que hubiera al otro lado de los escaparates le interesaría mucho menos. O incluso nada.

Foto: Alexandre Chambon


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