Twist and shot » Le Pavillon

11 diciembre 2019

Le Pavillon

Convaleciente, leyendo artículos viejos sobre el feminismo y echando mano a cada rato de su taza de té. Así pasaba la mañana de un día de lluvia entre semana Silvia, mientras el mundo giraba a su alrededor y ella se mantenía ajena a él, aislada en su pequeño, mínimo, universo interior.

Quería sentirse cerca de aquellos textos, compartir sus tesis, pero no lo lograba. Su idea del feminismo era otra y nada tenía que ver con aquella lucha encarnizada que utilizaba un lenguaje ‘hipermasculino’ para hacerse oír.

De repente sonó el teléfono. Llamaban de la compañía de seguros. Le comunicaban que el año estaba acabando y que en 2020 la tarifa de su póliza subiría un 4%. ¿Le parecía bien? ¿Qué podía contestar? No, por supuesto que no. Prefería seguir pagando lo mismo, qué demonios, quisiera pagar menos. Pero qué alternativa había… ¿Cambiaría algo si decía que no? Así que no perdió el tiempo, le dijo a la comercial que ok y colgó en cuanto le fue posible.

Cogió un libro al azar de entre la montaña de ellos que esperaban ser leídos. Era pequeño, de relatos, y la autora era Natalia Ginzburg. Una apuesta segura. Comenzó a leer a su italiana favorita y eso le proporcionó una calma prácticamente inmediata. Sus descripciones de Londres; su amor confeso por la comida cuando esta es de verdad, rica, natural, sabrosa; la naturalidad con la que habla de temas comunes, de unos zapatos que acaba de comprar, del apartamento de su amiga, del frío que siente a veces sin motivo.

Silvia mira por la ventana y primero levanta la vista hacia el cielo. Tiene un color impreciso, a medio camino entre el gris, el plata y el blanco, sin ser ninguno de ellos. Después va bajando la mirada y se encuentra con las ramas desnudas de los árboles, melancólicas de las hojas que acaban de perder. Bajo ellas, la calle, vacía a esas horas, donde todo el mundo está en sus trabajos o en sus casas, enfrascados en sus labores cotidianas. Y en frente, Le Pavillon. Un restaurante francés al que nunca ha entrado. Tiene una entrada barroca y rimbombante, pero sin embargo su nombre está escrito en letras diminutas, como si se arrepintiera de llevarlo. A Silvia le inquieta ese detalle y tiene curiosidad por saber quién y por qué se lo puso. Ella imagina el pabellón de un hospital de principios del siglo pasado. Una gran sala en la que se reúnen sin quererlo heridos de guerra, cuidados por enfermeras atentas, jóvenes o de mediana edad, todas ellas muy ocupadas. Entran y salen cargando con sábanas limpias, vendas, jarras llenas de agua tibia y frascos de medicamentos que lo impregnan todo con su olor. Ellos, los combatientes, agradecen en silencio su atención, asintiendo o acariciando un segundo sus manos cuando se acercan a sus camas de hierro.

Sumida en ese pensamiento se transporta a otra época y a otro lugar, y no sabe cuánto tiempo pasa en él. Solo regresa al presente cuando la alarma de su móvil se pone en marcha. Es hora de tomar su medicina. Le Pavillon, ese magnífico restaurante, tendrá que seguir esperando. Como esperan los árboles volver a ser poblados por las hojas. Quizá el año que viene, total, ya no puede tardar mucho en llegar.

Foto: Brooke Cagle


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2 Comentarios

  • 1. Bora  |  12 diciembre 2019 - 12:30

    conbine super féliciter

  • 2. Marisa  |  12 diciembre 2019 - 19:54

    Cada vez escribes mejor Sandra.

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