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27 noviembre 2019

Dos amigas en noviembre

En la oscuridad del final del otoño se puede encontrar la felicidad más luminosa. La vida está llena de paradojas y esta es solo una de ellas. Cuando Celia se pone a pensar sobre ello se le ocurren un montón de ejemplos que lo demuestran.

Terminaba noviembre y ella se sentía la mujer más afortunada del mundo. Tenía un trabajo que no odiaba (dejémoslo ahí), un novio al que quería y que la quería, una familia sana y todo lo unida que hoy día cabe esperar… Y con ese ánimo despertó la mañana del 27. Salió a la calle y le pareció que el día era reluciente, a pesar de que llovía. No se percató de la gente que corría malhumorada hacia la parada más próxima del transporte público para acudir, un miércoles más, a su rutina laboral.

Celia abrió su paraguas amarillo y fue dando un paseo hasta la cafetería de su calle, donde pidió un café solo para llevar y, por qué no, dos croissants recién hechos. Mordisqueaba uno cuando algo llamó su atención: una moneda la llamaba desde el empapado asfalto. Se agachó a recogerla y su frente chocó con otra frente. Después del susto inicial clavó la vista en la chica que también iba a coger aquel euro y su sorpresa fue mayúscula. Era su mejor amiga de la infancia, a quien llevaba unos 15 años sin ver.

No pudo pararse a charlar con ella en ese momento, llegaba tarde a la oficina. Pero quedaron en verse esa misma noche justo en aquel lugar. Tomarían algo y se pondrían al día.

Celia pasó la mañana pensando en su vieja amiga. La habría reconocido en cualquier parte… y sin embargo, qué cambiada estaba. Su melena castaña era ahora una manta blanca, como la que se posa en las montañas cuando el frío es atroz. También le inquietaba su mirada, intensa pero ausente. ¿Tendría problemas? Siempre había sido una niña de éxito, tanto curricular como social, era de esas personas que tenían estrella; o eso le había parecido a Celia.

A mediodía recibió una llamada. Era Paloma, la única amiga del colegio con la que seguía en contacto. Le sorprendió, pues llevaban un par de meses sin hablar. Dedicaron la hora de la comida a charlar por teléfono y contarse sus últimas novedades. Celia le comentó que esa misma mañana había visto a aquella chica de clase tan brillante, a Lucía. Y el silencio se hizo al otro lado de la línea. “Pero no es posible, Celia, Lucía murió el invierno pasado. Envejeció de repente, la vida le trató mal y se hundió, se vino abajo. Sus padres se la llevaron a la montaña, donde tenían una casita, para ver si en la naturaleza y respirando aire puro se recuperaba. Pero eso no pudo ser”.

Celia contó cada uno de los minutos que quedaban para la hora de la cita. Salió corriendo del trabajo y llegó al lugar antes de tiempo. Esperó y esperó, cada vez más angustiada, pero nadie llegó. Encontró, eso sí, la moneda que aquella mañana, tras el choque, ninguna de las dos había recogido. Brillaba de un modo espectacular, como una estrella.

Foto: Anton Malanin


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