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4 noviembre 2019

¡No saltes!

He leído esta tarde en un artículo de El País (en realidad es el extracto del libro ‘Por qué dormimos’, de Matthew Walker) que el secreto para llevar una vida sana está en la siesta. Esto es, en permitir al cuerpo y a la mente darse un respiro en mitad de la jornada. Los antiguos lo hacían por costumbre y parece que se ahorraban darle disgustos de más al corazón.

Después, no sé por qué he asociado esta lectura con la idea de cómo en muchas ocasiones hacemos las cosas mal. Por ignorancia, más que nada.

Es algo que le sucede mucho a los ángeles que viven entre nosotros. Me refiero a esas personas maravillosas y cada vez más raras de encontrar, que destacan por su inocencia, por hacer su propio camino sin interferir en el de los demás. Esa candidez es una virtud, como decía, con tendencia a desaparecer. Hasta resulta raro escribirla. Candidez. No es una palabra usual.

Una mujer de ese tipo es la que se levanta cada mañana, se ducha, desayuna y sale de casa para dirigirse a su puesto de trabajo. Van en el bus pensando en sus cosas, como por ejemplo qué preparará para cenar esa noche, cuándo podrá quedar con esa amiga a la que hace tiempo que no ve o si el viernes es cuando estrenan por fin la película que está deseando ver en el cine.

Ignora completamente que a esa misma hora otra mujer (también otro hombre por supuesto, esto solo es un ejemplo) que se dirige a su misma oficina va también en el transporte público al igual que ella (o caminando o en coche), pero maquinando. ¿Sobre qué? Sobre cómo hacerle la vida imposible.

El tema aquí es que esa persona maquiavélica parte ya con una ventaja, la candidez de la que hablábamos de su “adversaria”, que como vemos deja de ser una virtud, ya que en realidad le perjudica.

Conozco a una periodista que denostaba a otra porque la primera trabajaba en un periódico y la segunda en “revistas femeninas”, como le decía con desprecio y abiertamente. Esa periodista, la primera, llevaba apenas un mes trabajando en ese periódico, los años anteriores había estado en su casa, escribiendo (muy dignamente, por supuesto) para todo aquel que quería pagarle por sus textos.

La segunda no entendía nada, ni siquiera se tomaba aquello como un insulto, porque consideraba (con razón) que no lo era. El desconocimiento, en el mejor de los casos, y la maldad, en el peor, es lo que movió a aquella mujer a hablar mal de la otra.

Esta última hacía lo posible por ignorar sus ataques, pero lo cierto es que le afectaban. Tanto que llegó un momento en el que no podía dormir, ni siestas ni nada. Llegaba cada mañana más cansada al trabajo, mientras la otra resplandecía al verla sufrir; era una relación inversamente proporcional, cuanto peor estaba una (la buena) más disfrutaba la otra (la mala).

Una mañana, la cándida ya no pudo más. La gente que le quería le había dicho siempre que era un ángel y ella, inocente y dócil, se lo había creído. Por eso, agotada y deseando escapar, abrió la ventana y confió en sus alas antes de echar a volar.

Foto: Ava Sol


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