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23 septiembre 2019

Escaparates

Latas de cerveza vacía en la encimera, bandejas con restos del naufragio, vasos y platos pidiendo un lavado urgente. Eso fue más o menos lo que encontró Paula al abrir los ojos esa mañana, mediodía ya, y avanzar casi a tientas hasta la cocina.

No era su casa, de eso estaba segura, pero no tenía muy claro en el hogar de quién había pasado la noche. Hizo memoria, pero no fue fácil. Volvió a la cama y echó un vistazo alrededor. Nadie a la vista, menos mal, en ese sentido respiró aliviada, porque seguía sin ser capaz de recordar. Recogió su ropa, fue al baño, un espacio impersonal que no le dio pistas sobre quién podría ser su propietario, y ni se planteó ducharse, quería salir de allí lo más rápido posible. Se vistió a toda prisa y recorrió el pasillo hasta dar con la puerta que la llevaría hasta la calle.

Allí la calma era exagerada, extrema. No solo no se oía el tráfico, habitual en aquella zona de la ciudad, sino que miró hacia arriba y no escuchó el canto de ningún pájaro. El silencio era absoluto.

Parar un taxi fue sencillamente imposible, no pasaba ninguno; tampoco autobuses ni coches de ningún tipo. Anduvo y anduvo por las calles desiertas y se preguntó si habría algún acontecimiento deportivo que motivara aquella quietud. ¿Quizá el Madrid jugaba la final de la Champions? Eso era imposible, estábamos en septiembre.

De pronto sintió una sed intensa y buscó algún supermercado o un bar en el que tomarse algo fresco. Todos los establecimientos estaban cerrados. Algunos parecía que llevaran así meses o incluso años. Los maniquíes del escaparate de una tienda de moda la miraban como pidiéndole que se uniera a ellos y por un instante le pareció que estaban realmente vivos, atrapados dentro de aquellas siluetas inmóviles.

Sacó su teléfono del bolsillo y buscó un número. Llamó y una voz metálica le indicó que no pertenecía a ningún abonado. Eso era imposible, había hablado con él… ¿ayer?

Siguió caminando hasta llegar a su casa; y allí se empezó a preocupar de verdad, al ver que la llave no coincidía con la cerradura. Un vecino tenía otra llave, pero al llamar a su puerta nadie contestó.

Salió corriendo calle abajo y, ya enloquecida, comenzó a gritar “¿Hay alguien ahí? ¿Estoy sola en el mundo?” ¿Qué día era, en qué año estaba? Creía que era 23 de septiembre de 2019, el primer día del otoño, pero dudaba de todo. Ni siquiera estaba segura de su nombre. ¿Paula? Le sonaba raro, no lo asociaba a ella. Se miró en la luna de un concesionario de motos y no se reconoció. Su rostro carecía de personalidad, era demasiado perfecto, del todo perfilado, como si alguien lo hubiera esculpido mientras dormía.

No encontraba vida por ninguna parte, mucho menos dentro de ella, e hizo lo único que podía hacer en esa situación. Volvió a la tienda de ropa, se paró frente al escaparate y miró hacia el interior. Allí había más maniquíes que antes; y uno llamó de inmediato su atención. No había dudas, era él quien tenía su cara, y hasta su cuerpo. Él era Paula, con todas las preguntas y todas las respuestas que ahora mismo se hacía. Tenía su mirada fija posada en ella y parecía invitarle a entrar. Pero un cristal blindado los separaba, y no hallaría la forma de atravesarlo.

Foto: Maxim Kharkovsky


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