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25 julio 2019

Vivir en primavera

Jueves, 25 de julio, 16 h. El verano en su plenitud y yo en la oficina. La vida es dura a veces. Llaman de centralita para decirme que ha llegado un paquete. Viene a nombre de un compañero que hace meses que ya no trabaja aquí. Lo abro, porque pienso que es algo relacionado con el trabajo y que en todo caso el remitente querrá que alguien lo reciba. Y resulta que nada tiene que ver con eso.

Se trata de una obra de Alejandro Casona, ‘Prohibido suicidarse en primavera’ y me pregunto cuándo este compañero al que llamaremos Pablo (pero no) dejó el trabajo. Sí, fue en primavera. Mi primer pensamiento, que llega fugaz, como un flash, es si no se tratará de un mensaje de la vida en forma de título de libro. Luego pienso que estoy loca y que Pablo estará tranquilamente en su casa o en su nuevo trabajo o donde quiera que esté, pasando de todo como solía, y sin ninguna intención de desaparecer del mapa, al menos no de forma definitiva.

Como soy adicta a los libros no puedo menos que abrirlo para ver cómo empieza, me gusta siempre fijarme en los principios de las historias, es una manía como otra cualquiera. Mi sorpresa llega cuando al abrir la cubierta cae al suelo un papel. Bueno, no es un papel, sino un billete de cien coronas checas. Lo miro detenidamente, vuelvo a ponerlo donde estaba y veo una dedicatoria a boli de tinta negra. Va dirigida a Pablo y la escribe una chica a la que llamaremos Sofía (pero tampoco), que le manda un cariñoso saludo desde un lejano lugar; para mantener su intimidad voy a evitar reproducirla.

Cierro automáticamente el libro, con una sensación de pudor por haber visto algo que no me correspondía ver. Y mando un whatsapp de urgencia a Pablo: “¿Qué tal, cómo estás? Mira, ha pasado esto, te ha llegado este libro…” Y le adjunto foto de la cubierta y de la página abierta con la dedicatoria y la pasta. Sigo: “Te lo guardo en mi cajón, cuando quieras venir a buscarlo, aquí lo tienes”.

Dejó ahí el tema y continúo con mi rutina de trabajo, tecleando frente a la pantalla del ordenador. Pero mi mente se ha quedado enganchada en lo ocurrido, y pienso que tiene que haber una historia bonita detrás de ese envío, y obviamente un mensaje secreto en el billete. Quizá Sofía es una vieja amiga que viaja por todo el mundo y desde cada ciudad le envía un recuerdo para que sepa que no le olvida; o una antigua novia a la que conoció en el teatro la noche que se estrenaba una obra de Casona… Quién sabe. En todo caso es alguien que no conoce sus últimos movimientos, ya que Pablo hace tiempo que cambió de vida. Sí, en primavera.

Echo un vistazo al whatsapp. Nada, no hay respuesta de él. Imagino a Sofía en centroeuropa, en el campo, la sitúo con todo detalle veraneando en una casa en medio del bosque, sin vallas alrededor, sentada frente a una piscina llena de agua brillante y luminosa. Tiene un pie dentro de ella y otro fuera. No se decide.

Saco el libro del cajón, me salto el prólogo, larguísimo, por cierto, y llego a la primera página. Es teatro. Empiezo a leer: “En el Hogar del Suicida, sanatorio de almas del doctor Ariel. Vestíbulo como de hotel de montaña, recordando esos paradores de turismo construidos sobre ruinas de viejos monasterios y artísticamente remozados por un gusto nuevo. Todo aquí es extraño, sugeridor y confortable: el mobiliario, la plástica, la disposición indirecta de las luces acristaladas. En las paredes, visibles, óleos de suicidas famosos reproduciendo las escenas de la muerte: Sócrates, Cleopatra, Séneca, Larra. Sobre un arco tallados en piedra, los versos de Santa Teresa: ‘Ven, Muerte, tan escondida – que no te sienta venir – porque el placer de morir no me vuelva a dar la vida'”.

Pablo, contesta.

Foto: Brett Harrison


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2 Comentarios

  • 1. tratamiento obesidad en cordoba  |  26 julio 2019 - 13:32

    Tengo que decir que me dió mucha intriga leer el libro, saludos!

  • 2. Emily  |  26 julio 2019 - 19:52

    Lámparas Fantásticas – se comprarían dos de ellas 😉

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