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18 julio 2019

La ola de calor

La literatura cubre muchas carencias. La primera y más obvia, es la cultural. Es una suerte poder participar en cualquier conversación en la que se cite a un autor y haberlo leído (o por lo menos que te suene de oídas) y por lo tanto aportar alguna cosa con un mínimo conocimiento de causa. Para llegar a esto hay que empezar a leer de pequeña, eso es lo ideal; y si no se dio el caso, puede solventarse siendo ya de adulta una lectora compulsiva. Tampoco es raro ser las dos cosas y que aun así te pillen fuera de juego. 

Pero siendo el tema cultural importante, no es, creo yo, el más trascendental que la literatura nos ofrece. Leer nos ayuda sobre todo a descubrir el mundo que nos rodea, también en muchas ocasiones a comprenderlo y, por extensión, a conocernos a nosotros mismos. Esto es lo mejor. 

Algunos autores te hablan del amor, otros de los viajes, de lo distinto que puede ser un japonés o un sudafricano de un español; hay escritores que te hablan de la religión, del sexo, las galaxias, de las enfermedades psiquiátricas o de la Segunda Guerra Mundial. Los hay también que te cuentan su vida, estos me gustan si lo que escriben es interesante o simplemente si lo narran muy bien y te enganchan y quieres saber más y más de lo monótonos que son sus días. 

Luego, ya en una liga superior encontramos a los escritores en cuyos libros se concentra todo, la condición humana entera. Existen, hay un montón, desde Jane Austen a Philip Roth, pasando por Hemingway o por García Márquez. Leer sus novelas supone llenarse de un conocimiento que no se enseña en los colegios, que solo se aprende, si acaso, de la vida misma, practicándola, ejerciéndola, sumergiéndose en ella con toda la pasión posible, saltando primero y pensando después, ya en el aire, si el suelo quedará demasiado lejos. 

Ray Loriga escribió un libro maravilloso, el primero, que se titulaba ‘Lo peor de todo’. Uno de esos libros que lees con 18 años (aprox) y se quedan contigo para siempre, por lo que puedes recurrir a él cuando lo necesites. Pasa también con las canciones. Están ahí a la espera, en stand by, dispuestas a cumplir su función cuando las reclames, que las reclamarás. 

La novela de Loriga encierra un pequeño universo, el de un chico normal y corriente (bueno, en realidad no) con un lío monumental en su cabeza, pero que intenta seguir hacia adelante, actuando como considera en cada situación y con la confianza en que en algún momento todo cobrará sentido. 

Hay otros libros así, de personas tratando de entender las situaciones por las que pasan, ya sean laborales, sentimentales, familiares, yo qué sé, de todo tipo. Pienso por ejemplo en ‘Bailando en la  oscuridad’ de Knausgaard, de ’21 canciones’ de Nick Hornby, o de ‘Wild’, de Cheryl Strayed y leerlos ofrece muchas respuestas, no sé si a ellos mismos, pero sí a los lectores. 

El otro día me encontré por casualidad con una cita de otro de esos escritores, periodista de los de antes, de vida intensa y pluma rápida y directa a la diana, Hunter S. Thompson. Llega una nueva ola de calor, otra más, es lo que tiene el verano en Madrid, y una ha dudado estos días sobre si tomar un rumbo u otro acerca de una situación profesional. La cita de Thompson decía: “Esa exactamente, ES la cuestión: si flotar con la marea o nadar en busca de un objetivo. Es una elección que todos debemos hacer, consciente o inconscientemente, en nuestras vidas. Y muy poca gente lo entiende. Piensa en cualquier decisión que hayas tomado que tenga relación con tu futuro. Puedo estar equivocado, pero no veo cómo podría haber sido otra cosa más que una elección, quizá indirecta, entre las dos cosas que he mencionado: flotar o nadar”.

Y en plena ola de calor, imaginando que era de agua de mar, hallé la respuesta. 

Foto: Mohamed Nohassi


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