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8 julio 2019

Las noches de concierto

Dicen las malas lenguas que se queja demasiado. Que no está a gusto en ninguna parte, que nada le parece bien. Sus jefes le agobian, le encargan demasiado trabajo y después lo infravaloran. Lo que sucede en realidad es que ella no los respeta, no le merecen la más mínima estima y mucho menos admiración. Esto no lo dice, pero lo piensa, es lo que subyace tras sus quejas.

Sus compañeros no tienen nada que ver con ella, son gente de otra generación y con otros pensamientos, otras costumbres, otros mundos. Más o menos simpáticos, algunos mucho, otros poco, los menos nada. Pero ya, hasta ahí.

Los días en el trabajo se suceden como gusanos largos y lentos, sinuosos y agotados por un asfalto incandescente. El calor del verano no acompaña, ya que hace días que dejó de ser agradable para convertirse en sofocante y el aire acondicionado de la oficina va solo a medio gas.

Hoy ha sufrido un nuevo desmán de su nuevo jefe. Algo sutil, pero que ella ha captado a la perfección y no ha podido superar en todo el día. El machismo medio velado, ese favoritismo sin sentido por el compañero hombre, con menos preparación y menos luces, pero eh, ya lo hemos dicho, hombre.

Hace unos días se fue a un viaje de trabajo. Ella, no el compañero. Con un sentimiento extraño, una vez más, porque daba la sensación de que se trataba más de lo segundo que de lo primero, como si se fuera de vacaciones. ‘Qué suerte’. Y eran las 7 de la mañana y ella ya estaba subida un tren con el ordenador funcionando a pleno rendimiento.

Llegó a su destino y tuvo que asistir a una entrega de premios. Le sorprendió (a medias, en realidad), que entre los nominados hubiera 13 hombres y una única mujer. Pero no parecía que a nadie más aquello le pareciera reseñable. Ella siempre tan suspicaz. No hizo ningún comentario y siguió atenta la gala, mientras tecleaba en el portátil para ser la primera en enviar su crónica.

Y entonces pasó. Se entregaron los premios, numerosos hombres fueron premiados y la ceremonia terminó. No. Antes de despedirse, el presentador, un señor de cincuenta y pico años, trajeado y feliz de conocerse, añadió algo. El jurado quería hacer una mención especial. Ante la sorpresa de los allí presentes, que no eran pocos, nombró a la única mujer y esta, sin saber muy bien qué pasaba y qué hacer, se dirigió desde su butaca (estaban en un teatro) hasta el escenario. Cuando subía los dos escalones, el presentador la frenó diciendo: “No tenemos nada para ti, igual para la próxima edición hay que pensar en algo”. Y la chica, que era una profesional del mayor nivel, extranjera y que no hablaba bien español, cuando entendió lo que pasaba se dio media vuelta y se fue cabizbaja.

La mayoría de los tipos que allí se congregaban aplaudían sonrientes y a muchas de las mujeres presentes se les cayó el alma a los pies. Es solo una anécdota, pero absolutamente real.

Volviendo más tarde en tren a su ciudad tomó una decisión. Seguía trabajando por inercia, pero su cabeza estaba en otra parte. El día siguiente no iría a trabajar. No había faltado ni uno solo desde que se incorporó a su puesto actual, pero ese sería el primero. Los que vinieran a continuación ya vería ella qué hacía, de momento no lo iba a pensar. Esa noche tenía entradas para un concierto. Entre el público, con la mejor compañía y mientras la música sonaba inundándolo todo, no había barreras, ni machismo, ni fronteras. Allí, en aquel momento y en aquel lugar, todo era posible. Y por eso se sentía feliz.

Foto: Frankie López


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