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3 junio 2019

La casa de los perros

Pasear por aquellas calles era lo más parecido a hacerlo por el infierno. Eso pensó Nora al encontrarse en aquel lugar, a todas luces, fantasma. El calor, sofocante, parecía ser su único habitante, el sherriff de aquel espacio sin nombre.

Anduvo bajo el sol resguardándose únicamente con un sombrero de ala ancha que afortunadamente cogió a última hora, justo antes de salir de casa y emprender camino a la estación. Tras un tiempo inconcreto, que a ella se le hizo eterno, bajó del tren y miró el enorme reloj que colgaba en la pared del andén, al aire libre. Era analógico, por supuesto, y se había parado a las 14.30 h, quién sabe hacía cuánto; o quizá es que allí siempre era esa hora. Eso parecía perfectamente posible.

Tras andar maleta en mano por caminos de tierra rodeados de almacenes vacíos y abandonados, llegó a una especie de mansión. Desde luego en algún momento había sido una casa, allí había habido vida. Pero de ella solo quedaba el rastro. Paquetes de comida caducada hacía años en los estantes de la cocina, grifos de los que salía cualquier cosa menos agua clara, plantas que sobrevivieron todo lo que pudieron economizando reservas…

Nora subió las escaleras y acomodó su maleta sobre una gran cama polvorienta. No se molestó en sacudir la colcha que la cubría, habría sido peor. Sacó una botella de té verde de su bolso y se lo bebió de un trago. Después se quedó dormida. Al despertar había anochecido, pero el calor seguía siendo intenso. Deshizo la maleta, colgó sus vestidos de verano, llenos de color, y sus chaquetas de invierno, grises, en el armario y comprobó que en el baño, si se dejaba correr el agua al final, salía cristalina. No se atrevió de momento a beberla, pero sí a darse una buena ducha, de la que salió bastante renovada. Había sido un día de perros, los últimos tiempos en general habían sido así para ella; y ahora se encontraba en un ¿pueblo? en el que solo había eso, perros. Se escuchaban sus ladridos, sus gemidos y sus bostezos en la oscuridad de la noche. Y entre ellos, Nora no sentía miedo, sino tranquilidad, una paz inusitada.

En aquel lugar, en aquella mansión deshabitada, que había heredado hacía solo unos meses de un tío segundo sin descendientes directos, empezaría una nueva etapa. Sentía que esa herencia era una oportunidad caída del cielo para dejar atrás un tiempo que le había tratado mal, o que al menos Nora no había sabido aprovechar para ser feliz. Los perros lamerían sus heridas mientras ella ponía a punto aquella casa, mientras la hacía habitable, como empezaría a habitar, por primera vez y desde cero, su vida.

Foto: Jamie Street


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1 comentario

  • 1. excavaciones  |  11 junio 2019 - 14:47

    Es la primera vez que encuentro un cuento, me gustó mucho, saludos!

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