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7 mayo 2019

Autopistas infinitas

La primavera no terminaba de llegar ese año. Había comenzado el mes de mayo, pero el frío inundaba el aire sin dejarle espacio para respirar. La gente hablaba de ello en todas partes, en los ascensores, en las paradas de autobús y en los trabajos, lugares en los que se habla de todo menos de lo importante.

A Marga el mal tiempo no le molestaba. Se abrigaba bien y adelante con el día. Lo que se le hacía más cuesta arriba era la luz, o más bien la ausencia de ella. Esas mañanas grises en las que era un auténtico logro levantarse de la cama para ver al otro lado de la ventana el color del plomo cubriendo el cielo. Aquella era una de esas mañanas, una más, probablemente la de un martes.

Mientras iba en su coche camino de la oficina, parada en el atasco matutino, miraba a ninguna parte, y tampoco es que prestara mucha atención a las noticias que un locutor de voz monótona iba contando por la radio. Lo de siempre, más algún escándalo financiero de última hora que un periódico había publicado esa mañana en exclusiva y del que se hacían eco las emisoras.

De pronto fijó la vista en la mediana. Ahí, justo en un ambiente copado por coches, quitamiedos de metal y humo, al pie de un bloque de hormigón, crecía una flor. Era diminuta, pero muy llamativa. De color blanco brillante, digna, pero no soberbia, luciendo su belleza sin saber que la poseía.

Marga apagó la radio, se bajó del coche y, ante el asombro de los conductores que la rodeaban, se dirigió hasta la flor. Se agachó para ponerse a su altura y la observó atentamente. Ya no le importaba que la miraran, como sin duda hacían, pensando que estaba loca, y mucho menos llegar tarde al trabajo. La presencia de la flor tuvo sobre ella un efecto absorbente, quedó como hipnotizada. Y el tiempo, tal como lo conocemos, dejó de tener sentido.

Cuando volvió en sí se encontraba en la misma carretera, pero todo había cambiado a su alrededor. Los coches se habían esfumado, el sonido agresivo de los motores en marcha había dado paso al del silencio, tan obvio que resultaba ensordecedor. Miró a derecha y a izquierda, contempló la autopista vacía; lo único que destacaba en ella y que parecía fuera de lugar era su coche, que seguía tal como lo había dejado, con la puerta abierta, en el carril izquierdo. El resto era puro campo, la naturaleza propia de un día frío en una estación que no era la suya.

Quizá debería haber sentido miedo, o, al menos, cierta inquietud. Pero estaba extrañamente tranquila. Sin volver la vista atrás se subió a su coche, lo puso en marcha y buscó en la radio algo de música que le acompañara hasta su destino. Condujo y condujo mientras las notas sonaban y se iba sintiendo cada vez mejor. No se había percatado aún de que su pelo ahora era del todo blanco, justo del mismo tono que el de aquella pequeña flor.

Foto: Ashton Bingham


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1 comentario

  • 1. María  |  7 mayo 2019 - 23:53

    Me ha encantado
    Cómo siempre.

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