Twist and shot » Las historias invencibles

6 febrero 2019

Las historias invencibles

Despierta con una emoción incontenible, no sabe bien dónde está. Por fin se ubica, pero la emoción sigue presente. Se debe a un sueño, es uno de esos sueños que impactan sobre todo por lo inesperado, porque ni en su momento más creativo sería capaz de idear una historia tan potente, tan bien montada, tan invencible.

Se queda unos minutos, aún medio dormida, recreándose en ella, en su historia, y alcanza a pensar que debería escribirla, anotar algo rápidamente para no perder ninguno de sus matices. Pero se está tan bien así, simplemente recordándola, que sabe que no habrá quien le mueva de su posición, mucho menos ella misma.

No sabe de dónde salen los sueños, por qué de pronto una chica de ciudad sueña con un animal exótico, por qué un niño asegura haber hablado en sueños con un emperador, o por qué una adolescente se ve a sí misma veinte años mayor, como le pasó a ella hace veinticinco años. Un sueño ese que jamás podrá olvidar.

¿Por qué soñamos lo que soñamos? Parece el título de un artículo sensacionalista de cualquier publicación on line con poco rigor, pero con muchos clics. No va a buscarlo en Google por si acaso existe ese artículo. Dicen que que los sueños nos ayudan a conocernos mejor, a identificar nuestros miedos y deseos, a que el cerebro procese y dé salida a cosas que en la vigilia no llegamos a atender o a solucionar. Pero ella ve complicado entender por qué una noche soñó con la caída del imperio romano; o por qué otra subía una montaña en Perú y veía a una llama envuelta en llamas, valga la redundancia, pero así fue. Y le parece más difícil aún creer que esos sueños le enseñan algo de sí misma. Le da pereza solo pensar en dedicar unos minutos a darle vueltas.

“Giros. Todo da vueltas como una gran pelota, todo da vueltas, casi ni se nota… Mi necesidad se va modificando con los demás, así mi luna llega a ti y así yo llego a tu luna”. Es la letra de una canción que habla de cómo todo cambia tanto a medida que pasan los días que pareciera que no sucede nada. La vida está llena de paradojas y a veces solo los sueños nos permiten salir de ellas, como si nos lanzara de una noria una fuerza centrífuga descomunal.

Poco a poco se fue desperezando, la emoción inicial no era ya tan intensa, y las rutinas cotidianas le fueron devolviendo al mundo real. El desayuno a toda prisa, la ducha de dos minutos, porque no hay tiempo de más, el frío de febrero en la cara al salir de casa, el bullicio del tráfico y las charlas insustanciales de los compañeros en el trabajo. A mediodía solo sintió una cosa, no haber anotado el sueño. Porque ya no recordaba nada de él.

Foto: Jordan Bauer


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