Twist and shot » La casa de la montaña

29 octubre 2018

La casa de la montaña

Una casa construyéndose en la ladera de una montaña. Los trabajadores quieren terminarla a toda prisa. Se acerca el frío, las lluvias del otoño, sí, pero más allá de eso, algo los empuja a trabajar más activamente de lo normal, con más premura. Una especie de presentimiento que no saben bien de dónde viene ni qué les quiere indicar, y del que tampoco hablan entre ellos, se apodera del ambiente.

Los propietarios de la casa también están deseando que termine su construcción, pero por el motivo opuesto, están locos por entrar a vivir en ella, por comenzar una nueva etapa. Sienten que lo mejor está por llegar, que algo bueno les espera, que una nueva oportunidad empieza a abrir su puerta para ellos.

Los días avanzan veloces para la mayoría de la gente y lentos como tortugas para los obreros y para los dueños de la casa. Pero por fin llega el día en el que el jefe de obra entrega las llaves a estos últimos y, en cuestión de minutos, los camiones, los coches, la grúa y los contenedores que durante semanas ocuparon la entrada del lugar, desaparecen sin dejar rastro, como si nunca hubieran estado allí.

La pareja que recibe las llaves está perpleja y feliz. Lo primero por ver cómo ha cambiado el paisaje así, de repente; y lo segundo porque por fin pueden entrar en su casa y, si quieren, quedarse esa misma noche en ella. No lo hacen, quedarse a dormir, simplemente comprueban que todo está en orden, se hacen fotos sonrientes en cada habitación, abren una botella de champán y brindan en la terraza con vistas a la montaña. Ebrios de burbujas y de ilusión regresan a la gran ciudad, a la espera de volver e instalarse definitivamente allí en unos días.

La semana siguiente organizan una fiesta. Hay que inaugurar la casa y para ello invitan a sus amigos, a su familia y comparten su alegría, porque si no, como que no es tanta alegría y no merece la pena. Esa noche sí se quedan por fin a vivir en su nuevo hogar, y desde su puerta despiden cansados y felices a los invitados que se alejan en sus coches.

El agotamiento les impide dormir. A veces pasa. Uno está tan extenuado que a pesar de que lo que más quiere y necesita es descansar el sueño no llega. Se ha pasado de rosca y no hay nada que hacer, solo cerrar los ojos, asumirlo y esperar tranquilo a que amanezca.

Cuando lo hace, el ambiente es helador. Probablemente algún invitado dejó alguna ventana abierta en el piso principal y cuando bajan del dormitorio notan cómo se le mete en los huesos. Por más que comprueban que no hay puertas ni ventanas abiertas, que caldean la casa y se aseguran de que los radiadores están funcionando a tope, el termostato no muestra ninguna subida de temperatura, porque no la hay. La pareja empieza a inquietarse. Ya no parecen tan felices, se miran intentando encontrar algo divertido a la situación, pero no lo consiguen y el frío cada vez es más intenso.

Abrigados con sus chaquetones de invierno, que no pensaban utilizar hasta pasados unos meses, y que desde luego no imaginaban que tendrían que llevar dentro de la casa, se acurrucan en sendos sillones frente a la chimenea. Aunque está encendida y ven cómo la leña arde, parece de pega, no calienta nada. Miran de nuevo el termostato, anclado en su temperatura heladora. Deciden no obsesionarse, será cuestión de unas horas que la casa vaya cogiendo calor. Y cambian de tema. Hablan de la fiesta, de lo guapa que iban las invitadas, de lo mucho que bebió aquel amigo que siempre daba la nota… Qué frío hace. Para tratar de ahuyentarlo deciden ver las fotos del primer día, las que hicieron copas de champán en mano para celebrar su nueva vida. Van repasándolas y en todas ellas encuentran algo extraño. No es que se vea nada en concreto, es una sensación, la de una presencia que los acompaña, que desde luego no debería estar allí.

Cuando llegan a la fotografía que se hicieron en el piso superior, en la terraza, el frío se hace de repente más intenso. Instintivamente suben las escaleras abrigados hasta las cejas y salen a ese mismo escenario en el que sacaron la fotografía. Ahí descubren que la montaña los mira. Les ha estado mirando en todo momento, tanto a los trabajadores que la construyeron y que tantas ganas tenían de abandonarla, como a ellos ahora. Su mirada no procede de unos ojos, no saben el punto concreto desde el que llega hasta ellos. Pero lo hace, y los traspasa. No quiere que estén allí, son unos intrusos que no han pedido permiso para instalarse. Al menos no a ella, dueña y señora del lugar. Y si no se marchan, y rápido, por decisión propia, ella se encargará de que este año nieve antes de tiempo, con riesgo de alud incluido.

Foto: John O´Nolan


5 Comentarios

  • 1. Nuria  |  2 noviembre 2018 - 12:06

    Inquietante final… Pero me ha gustado mucho. ¡He sentido el frío!

  • 2. Sandra Sánchez  |  14 noviembre 2018 - 20:11

    Gracias, Nuria : ))

  • 3. Xan  |  10 noviembre 2018 - 18:30

    Me ha encantado, un excelente relato

  • 4. Sandra Sánchez  |  14 noviembre 2018 - 20:11

    Muchas gracias 😀

  • 5. Patricia  |  13 noviembre 2018 - 11:08

    Impresionantes vistas.

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