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6 julio 2018

Los días infinitos

Este es un post sobre fútbol. Sí, en estos cinco años y pico de blog no había escrito nada aún acerca del fútbol. Y la verdad es que me gusta, así que ha llegado el momento de hacerlo, ahora, en pleno Mundial. Estas semanas estoy viendo partidos por encima de mis posibilidades y me parece perfecto. Tan enganchada estoy que ahora que ya han terminado los octavos y hay días de descanso entre partido y partido siento que me falta algo; aparece una pequeña, mínima, ansiedad, por no poder encontrar lo que el cuerpo y la mente se ha acostumbrado ya a tener. Somos claramente animales de costumbres.

Viendo jugar a las distintas selecciones aprendo un montón de cosas. La primera y seguramente la más importante, que la vida es como el fútbol: injusta en muchas ocasiones. Ves a once jugadores luchando hasta la extenuación, dominando claramente a los once contrarios, pero no consiguen acertar con el gol. Al final, en los penaltis, se van a casa. Ahí te quedas, con la boca abierta y la lección aprendida. ¿Qué hacer la próxima vez? ¿Luchar menos, implicarse lo justo, directamente no volver a participar en esa competición? No. A pesar de todo habrá que hacerlo exactamente igual; bueno, no, mejor. La lucha tendrá que ser más titánica aún, incluso sabiendo (o precisamente por eso) que la injusticia puede repetirse. No recuerdo qué entrenador o jugador la dijo, pero me quedé hace años con esta frase: “hay cosas que no por saber que son imposibles debes dejar de intentar alcanzarlas”. Me encanta.

Segunda cosa importante que aprendes viendo el Mundial: Selecciones que se consideraban favoritas ahora ya no lo son; y al revés, otras de las que no se esperaba mucho de repente triunfan. No hay que darlo todo por sentado. Y siempre hay un lugar para la sorpresa. También en la vida. Esto es maravilloso.

La selección que ganó en Sudáfrica no tiene nada que ver con la que ha quedado eliminada (ay) este año. Todo se mueve y todo cambia, en muchas ocasiones de un modo cíclico y en otras no, simplemente hacia adelante o hacia atrás, en línea recta. El pasado, los recuerdos, el presente, lo que existe en realidad. Los veranos de la infancia y de la adolescencia, a todo color, en analógico. Esos viajes interminables en coches sin aire acondicionado y con toda la familia a bordo, esa ilusión cuando veías a lo lejos, desde la carretera, el mar. Los días infinitos, sin obligaciones, sin planes por delante más allá de hacer cualquier cosa que sonara divertida. Y el presente, en digital, más veloz que la luz y con más responsabilidades. Pero también con ese espacio virgen, más pequeñito quizá, pero que permanece, para aferrarse a él y vivirlo con toda la intensidad.

Un verano no tiene nada que ver con ningún otro, como un Mundial no se parece en nada a otro. Cada uno es una nueva oportunidad, ¿una oportunidad de qué? ¿Para qué? Cada cual tendrá que contestar a esta pregunta de forma personal. Pero el simple hecho de que sea nuevo, de estrenarlo, resulta ya emocionante. Yo no me lo quiero perder. Ni el Mundial ni el verano.

Foto: Kendra Kamp.


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