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7 mayo 2018

Dos tickets

Cuando no esperas nada es cuando existen más probabilidades de que pasen cosas. Ella lo sabía por experiencia. Los años te dan cantidad de lecciones que no se encuentran en ningún libro de texto. Hay cosas que no se estudian, que simplemente se viven. En esto iba pensando cuando el sol se despedía despacio y la temperatura, que durante toda la tarde había sido magnífica, empezaba, al mismo ritmo que el sol, a decaer. Su paseo por la playa tocaba a su fin. Cerró del todo su chaqueta de cuero para proteger su cuerpo del frío y dejó la naturaleza atrás, camino de la parada de autobús que le llevaría a su casa, desde la que el mar, aunque estaba cerca, no se veía, solo se presentía.

Con la sensación de tener la sal marina pegada a su rostro se lo acarició con las dos manos justo cuando vio su autobús doblar la esquina. Subió, pagó su euro con cincuenta al conductor, que la miró como sorprendido de que aún hubiera gente que pagara un ticket con monedas; correspondió a esa expresión de sorpresa con una leve sonrisa y se dirigió hasta la penúltima fila del pasillo de la izquierda, donde se sentó junto a la ventana. Siempre que era posible escogía ese asiento, sin ningún motivo en especial, sencillamente lo sentía como suyo, le parecía que era el que le correspondía o algo así. Esa noche era la única pasajera, con lo que no hubo ningún problema y allí se sentó. Miró por la ventanilla y vio cómo terminaba de anochecer, cómo las farolas iban cobrando vida y se hacían fuertes en las calles. Luego cerró los ojos y no pensó en nada.

Le pareció que llevaban un largo trecho sin que el conductor efectuara ninguna parada y abrió los ojos. Justo entonces el autobús frenaba y recogía a un pasajero. Él no pagó con cash, llevaba una de esas tarjetas que por lo visto tienen todos los mortales menos ella. Echó un vistazo al interior del vehículo y se dirigió hacia ella. La miró muy de reojo, ella podía pensar que lo había hecho o no, y se sentó al otro lado del pasillo, también en la penúltima fila.

La primera reacción de ella fue sentirse algo molesta. Todo el autobús vacío y tiene que ponerse tan cerca… Luego le observó disimuladamente, con algo de interés; y resultó que aquel hombre le gustó, por lo que dicho interés fue creciendo y ya casi no le importó que él pudiera verse intimidado por su mirada. Su cerebro empezó a maquinar a mil por hora y de pronto se imaginó cómo sería aquel tipo. Pensó en su nombre, se le ocurrieron dos o tres que le iban perfectos y lo redujo a uno; sí, seguro que se llamaba así, le pegaba muchísimo. Después imaginó a qué se dedicaba, a continuación qué hacía allí en ese autobús de esa línea tan poco transitada a esa hora de ese día entre semana. Vio con claridad adónde se dirigía y por fin pensó qué podría decirle para entablar una conversación con él. Volvió a mirarle. Había un motivo por el que ese hombre estaba allí, sentado a su lado, no tenía ninguna duda. Hacía mucho tiempo que no sentía una atracción de esa intensidad por alguien, era algo tan fuerte que su corazón latía de forma escandalosa, hasta temió que él pudiera llegar a notarlo. Se trataba de una persona del todo desconocida, pero estaba convencida de que muy pronto iba a dejar de serlo, que de alguna forma ya no lo era.

Cuando respiró hondo y abrió los labios para hablarle él la miró y se puso de pie. Ella no pudo descifrar nada de esa mirada, era absolutamente neutra. Boquiabierta, vio cómo él recorría el pasillo tambaleándose ligeramente, sin agarrarse a ningún asiento. Pulsó el botón para que el conductor parara, al instante se abrieron las puertas y se bajó del autobús. Ella no podía creerlo. Lo vio marcharse caminando despacio sin mirar atrás. El autobús se puso en marcha y ellos cada vez estaban más lejos. En menos de un minuto lo perdió de su vista.

No entendió nada de lo que había pasado hasta que se dio cuenta de que había caído en la trampa. Cuando no esperas nada es cuando existen más probabilidades de que pasen cosas. Pero ella, al pensarlo, ya lo estaba esperando.

Foto y ©: David Bazo


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