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10 abril 2018

En un café con vistas a la lluvia

Últimamente pienso mucho en el clima. En las lluvias que no cesan, en el viento que te desordena el pelo y junto a él la cabeza entera, dando lugar a los pensamientos más irracionales o salvajes. Escribo desde un café con vistas a la lluvia. A través del enorme cristal transparente, que parece llorar con las gotas recorriendo su rostro de arriba abajo, solo hay agua. Los edificios de en frente, señoriales, pues me encuentro en un barrio de postín, se reflejan en los charcos de la acera, dando lugar a imágenes simétricas que me gusta contemplar. Nada se mueve, hasta que pasa un coche y la mitad de esas imágenes tiembla asustada y va buscando de nuevo poco a poco la estabilidad, hasta que el agua del charco vuelve a estar en calma y lo consigue.

También pasa alguien muy de vez en cuando. Una señora mayor paseando a un perrito pequinés, calado hasta los huesos, pero aparentemente feliz. Un chaval con su patín al que le da lo mismo que truene o que brille el sol. Y ahora una pareja joven, bueno, no tanto, tendrán lo que se conoce con el terrible nombre de “mediana edad”. Caminan muy juntos, a toda prisa, cogidos del brazo y llevando ella el paraguas que comparten.

Decía que estos días pienso mucho en el clima. Y es así, porque el invierno está siendo tan largo, las lluvias tan intensas y seguidas, que empiezo a estar segura de que intenta decirnos algo. Y voy más allá en un arrebato de locura originado sin duda por el viento; creo que el mensaje que nos quiere transmitir es incluso personalizado. Aquí, con mi taza calentándome las manos, viendo pasar la tarde y oyendo el ruido de la cafetera italiana competir con el del diluvio, me pregunto en qué consistirá mi mensaje.

Tengo alguna idea, pero ninguna certeza. De todas formas, al cuerno, a quién le importan a estas alturas de la vida las certezas.

El caso es que llevo un tiempo esperando una noticia. Una sola. Muy concreta. Recibirla puede ser muy fácil o muy difícil, incluso imposible. Pero no llega. Y los días cada vez son más largos, pero también más grises. Algunos llevo la espera mejor, otras me desespero y no sé qué hacer. Mientras tanto solo llueve y he descubierto que empiezo a amar la lluvia. Antes la detestaba, pues soy como tantos otros carne de ciudad, y para nosotros resulta básicamente molesta. Ahora, por algún motivo desconocido, ya no es así. Ahora me da igual mojarme, incluso me gusta. No quiero que salga el sol, ni que llegue el verano, ni ponerme un vestido de tirantes. Necesito que siga lloviendo hasta el infinito. Porque el agua me acompaña en esta espera que presiento eterna.

De repente, al otro lado del cristal surge un arcoíris doble. También se refleja, algo tímido, en el enorme charco del suelo. Me recuerda a aquella frase tan manida, esa de que para ver la belleza del arcoíris primero tienes que soportar la lluvia. Y justo cuando pienso en ello el arcoíris desaparece. Ha sido solo un espejismo.

Me giro a la derecha, porque noto que alguien me está mirando. Sí, ahí está. Un hombre impávido, de mediana edad, como también supongo que soy yo, no se corta y tiene su mirada clara clavada en la mía mientras saborea un té con hielo o algo así. Trato de sostenerla, pero gana él y la aparto en seguida. Unos segundos después vuelvo a intentarlo, pero me vuelve a ganar. Me levanto y me dirijo a la barra a rellenar mi taza de café. Cuando regreso a mi sitio encuentro una nota claramente dirigida a mí. La leo. “La suerte es una flecha lanzada a quien menos la espera”. Busco al hombre que estaba a mi derecha, pero ya no está allí. Sin embargo sí me sigue mirando. Ahora lo hace desde el otro lado del cristal; me sonríe levemente y se va.

Foto: Curt Kennedy


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2 Comentarios

  • 1. alicia  |  10 abril 2018 - 23:20

    WOW! Me ha encantado tu post jeje. Has conseguido que un día nublado, se pueda ver mucha luz.
    Un fuerte abrazo 🙂

  • 2. Sandra Sánchez  |  16 abril 2018 - 17:26

    ¡Muchas gracias, Alicia! Qué ilusión haberte provocado esa imagen. Un fuerte abrazo de vuelta : )

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