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2 abril 2018

Sueño de amor

Le conoció hace poco tiempo, apenas unos meses atrás. Pero este pensamiento le resulta muy extraño, porque su concepción del tiempo respecto a él va por un camino completamente distinto al que marca el calendario. Para ella estos meses han condensado un siglo entero, pues se le hace difícil recordar la vida antes de él.

Apareció como suelen aparecer las personas que nos dejan huella, por sorpresa. Y se hizo un sitio en su corazón del mismo modo, sin pedir permiso. Hablaron durante horas, compartieron lecturas, música, recuerdos, pero sobre todo sentimientos.

Ella acaba de leer, este mismo fin de semana, en El País, una entrevista interesantísima a un neurocientífico, Antonio Damasio. En ella decía que hoy en día no se da suficiente valor a los sentimientos. Vivimos en la sociedad de los códigos, los algoritmos, la tecnología, que en teoría está al servicio de las personas, pero que es fría como el hielo. La inteligencia artificial, ese raro oxímoron que según el entrevistado jamás podrá compararse a la inteligencia humana. Porque no puede separarse el intelecto del sentimiento y nunca un ordenador podrá sentir.

A ella le gustaría hablarle de esta entrevista, de lo que le ha hecho pensar, porque ella se pasa la vida pensando. Pensando y sintiendo, dejando latir su corazón al libre albedrío y analizándolo después, cuando la felicidad o el daño ya lo habitan.

Pero no puede hacerlo. Porque él no aparece por ninguna parte. Tal como vino se fue, la tarde de un domingo soleado, como si el tiempo quisiera burlarse de ella, de su estupor, de su fragilidad, de su tristeza. Sentimientos que fueron sucediéndose uno tras otro hasta que el último se instaló en su alma, sin que ella pueda hacer nada por expulsar a ese okupa indeseado. Si acaso algún día nota la melancolía algo mitigada, pero basta que se dé cuenta de ello para que al instante recupere su intensidad.

Él le regaló un sueño de amor y le habló de Franz Liszt, el compositor más popular del siglo XIX, que provocaba una auténtica locura entre su público, siempre ansioso por verle, por tocarle tras sus conciertos, por hacerse con alguna reliquia, uno de sus guantes de pianista, la cuerda de alguno de sus instrumentos… algo que conservar de tan brillante artista. Tal fue la pasión desbocada de sus admiradores que el poeta Heinrich Heine confirmó que había nacido una nueva enfermedad, a la que llamó “Lisztomanía”.

Ella ahora también se siente enferma y pasea sola por las calles de Budapest, donde cree que él puede estar. Imagina que se encuentran y que él le explica el motivo de su desaparición. Un motivo razonable que a ella se le habrá pasado por alto, porque ha pensado en las razones más trágicas y absurdas posibles, pero que tendrá sentido, será fácil de comprender y pondrá todo en su lugar.

Se sienta en terrazas vacías y mira alrededor por si él apareciera. Extiende sus manos de pianista, que se saben huérfanas, y trata de no imaginarse nada más. Solo espera y espera, confiando en que aquel regalo que él le hizo no se quede en un sueño. Aunque el sueño fuera de amor.

Foto y ©: Tanja Heffner


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2 Comentarios

  • 1. aran  |  6 abril 2018 - 11:54

    Precioso el relato. Me ha encantado

  • 2. Sandra Sánchez  |  9 abril 2018 - 17:33

    Muchas gracias, Aran. Un abrazo : )

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