Twist and shot » La mujer líquida

18 marzo 2018

La mujer líquida

Únicamente el río conoce tu secreto,
ese secreto tuyo que es el secreto mío.
El río es un hombre de corazón inquieto,
pero el amor se aleja como el agua del río.

No importa que huya el agua como el amor de un día;
mi amor, igual que el río, se quedará aunque huya.

Sí, el río es como un hombre de corazón inquieto,
que va prendiendo hogueras y se muere de frío.
Únicamente el río conoce tu secreto.
Únicamente el río.

Marina conoce de memoria estos versos del poeta cubano José Ángel Buesa. El poeta enamorado, le llamaban, por sus versos románticos, llenos de melancolía. A Marina siempre le ha fascinado este, con un título tan sencillo como “Poema del río”. Los ríos son muy poéticos. A sus orillas puedes caminar despacio, escuchando el sonido de sus aguas susurrantes o violentas, que te hablan de la furia o de la calma, del amor contenido que nunca llegará a materializarse o del que lo hizo y después se desvaneció, tan rápidamente que no sabes ya si sucedió en realidad.

Marina se sienta bajo un olmo robusto y viejo, ya es su amigo el olmo. Le da refugio; calor no, porque el invierno no quiere marcharse y se aferra a la meseta como tinta indeleble al papel. El viejo olmo nada puede hacer al respecto, sólo acoger a Marina en la base de su tronco, ofrecerle su madera rugosa para que su espalda repose en ella y se sienta mejor.

El olmo, como el río, saben lo mismo que la propia Marina. Saben mucho más en realidad. La vida de ambos es infinitamente más larga que la de ella, han visto mucho más, todo tipo de historias pasar frente a ellos. Historias de amor y de desamor, desengaños, pasiones aceleradas, desmedidas, y despedidas atroces. Y no necesitan más que ver caminar a Marina para saber qué le pasa.

El olmo la protege, el río le habla. Si Marina conociese su idioma… él le dice tantas cosas. Pero ella no alcanza a comprenderlo. Sólo se descalza y acerca sus pies a la orilla para que el agua fría, helada, llegue hasta ellos, los salpique, los inunde, los llene de frío. Ella ya está llena de frío, por lo que no reacciona a la baja temperatura, no espera otra cosa más que frío.

El río entonces le habla al olmo. Ellos sí entienden sus idiomas, el olmo el de las aguas, el río el del viento que mece ramas y las pocas hojas que sostiene. No pueden ayudar a Marina mas que acogiéndola. Saben que ella fue muy feliz allí, en ese mismo paraje. Y que aunque algunos dicen que al lugar en el que has sido feliz no debieras nunca regresar ella no puede evitarlo. Porque hay cosas que no puedes evitar, aunque sepas que te matan. Y desde hace días, semanas, ya meses… camina hasta allí siempre que puede y se funde en la naturaleza, en un intento desesperado por mitigar el dolor, aun sabiendo que es imposible.

Marina antes prendía hogueras y ahora se muere de frío. No concibe el olvido, no sabe qué hacer, se siente sin fuerzas para pensar. Recuerda de pronto una vieja canción. Habla también de poetas, de Machado, de Bécquer. Decía la canción que el olvido del amor se cura en soledad. Pero ella lleva mucho tiempo sola y ahora al recuerdo se suma la soledad, una soledad infinita que la cubre como una segunda piel.

Anochece y un viento violento se levanta al mismo tiempo que ella. Es un aire salvaje, un mensaje del olmo que pide a gritos a Marina que reaccione, que vuelva a casa, que se aleje de allí para no volver jamás. Pero Marina no entiende el lenguaje de los árboles. Y se adentra en el río frío, que para ella no lo es, para fundirse con él. Solo así, siendo una mujer líquida, podrá correr río abajo con las corrientes de agua hasta llegar al mar. Y se asegurará de ese modo de no regresar a ese lugar, aunque sea el único en el que desea estar.


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