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12 febrero 2018

Un dolor violento

El día empezó como casi todos los de febrero, con mucho frío. Se despertó sintiéndose extrañamente descansado. Había dormido del tirón, algo insólito en los últimos tiempos. No pensaba que fuera a pasar alguna vez más ocho horas seguidas sin despertarse, se había acostumbrado a hacerlo una, dos, tres o hasta cuatro veces cada noche.

Pero esta había sido diferente y se sentía fenomenal. Tenía preparada la ropa que se pondría ese día, pero de repente la encontró muy aburrida. Así que, pletórico de energía como se encontraba, abrió su armario y completó sus vaqueros con una camisa, una corbata y una chaqueta de vestir. Se vio a sí mismo como un hombre nuevo, confiado, y hasta un poco rompedor, si le apuras. Y salió a trabajar como cada lunes. Antes pasaría por el bar de siempre… No, espera. Acaba de recordar que han abierto un café nuevo en la calle paralela a su oficina. Una librería-café de estas modernas, paraíso de los aficionados a ambas cosas, como era su caso.

Pidió un capuchino con mucha espuma y se lo tomó de pie, mientras ojeaba la estantería dedicada a la literatura internacional, siguiendo a continuación por la nacional y terminando en los manuales de esoterismo, que llamaron su atención por la cantidad de libros dedicados al tema que allí había. No compró nada, pero se lo pasó estupendamente bien.

Llegó un poco tarde al trabajo, pero todo el mundo le saludó muy sonriente. Pareciera que irradiara confianza en sí mismo y los compañeros lo percibían y le respondían como lo que era, un hombre seguro, sin fisuras.

La mañana pasó volando entre reuniones, informes y llamadas pendientes. Además, le propusieron coordinar un nuevo proyecto y se metió de lleno en él, saltándose el cigarro de mediodía al que no había renunciado en años. Seguía sintiéndose muy bien, el lunes fluía de maravilla. ¿Sería por lo bien que había dormido? Ni idea, pero tampoco iba a dedicarle mucho más tiempo a pensarlo, se limitaría a disfrutarlo.

Al mirar por la ventana se dio cuenta de que anochecía en Madrid y apagó el ordenador para salir del edificio camino a casa. Antes de llegar sonó el móvil. Su amigo Pedro le invitaba a tomar una copa y a cenar juntos. Ah, perfecto. Y cambió de rumbo hacia el barrio de Salamanca, para llegar al bar de moda en el que le había citado. Se alegraron de verse, apretón de brazos, brindis por estar vivos, risas, conversación de trabajo, de recuerdos de los viejos tiempos de la Universidad, de los días que vendrán… Cualquier otro cliente del bar que le estuviera observando pensaría de él que era un hombre feliz. Y realmente era un hombre feliz.

Ella en ese momento estaba, como siempre, pensando en él. Y sintió de pronto un dolor violento en el corazón, como si un rayo ardiendo lo atravesara. Supo al instante de qué se trataba; no había ninguna duda, él ya no la recordaba. Había llegado el olvido.

Foto y ©: Alejandro Escamilla


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