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30 enero 2018

La lluvia que no llega

No llovía en Madrid ni a tiros. Julia empezaba a pensar que la gran ciudad se hacía cada día más irrespirable y recordó un artículo que había leído en alguna página web no del todo rigurosa en el que se afirmaba que vivir en la capital restaba a los que lo hacíamos cinco años de vida. Cinco años de vida. Son muchos. Qué azaroso resulta todo si te paras a pensarlo. Julia va a vivir menos que su amigo Dani que vive en A Coruña simple y llanamente porque él está allí y ella aquí. Le encargará que se pegue un viaje y diga unas palabras en su funeral. Él sabrá entonces que tiene cinco años más para disfrutarlos en este mundo. A esta tontería iba dándole vueltas Julia los últimos días, preocupada de verdad por la falta de lluvia.

Esa noche sin embargo no pensaba en eso. Volvía a casa en un taxi después un encuentro para olvidar. Su acompañante había ido con ella hasta mitad de camino, donde se bajó porque había llegado a su casa. Julia, que vive en las afueras, continuaba su camino a bordo del taxi. Cuando su ¿amigo? salió del coche, aún con la puerta abierta le dijo al conductor: “Cuídamela mucho, eh?” A lo que ella contestó veloz como un gamo: “Ya me cuido yo solita, tranquilo. Venga, hasta luego”.

El taxista miró a Julia por el retrovisor y al ver que esta asentía puso el taxi en marcha de nuevo. Al principio los dos iban en silencio, pero a mitad de trayecto le preguntó “No te ha gustado lo que te ha dicho, ¿verdad?” Y ella respondió, “Nada. No me ha gustado nada. ¿Por qué tiene que pedirle a usted que me cuide, si usted no me conoce de nada? ¿Solo porque es un hombre? ¿Y de qué tiene que cuidarme, qué peligro corro, por qué necesito protección?”

“No lo sé, son demasiadas preguntas”, contestó el taxista. Y siguió conduciendo en un silencio roto solo por los resultados de la jornada deportiva que ofrecía su radio. Cuando el locutor comentó que el Madrid tenía la liga prácticamente perdida Julia desconectó y volvió a su mundo interior. Sí, también para ella eran demasiadas preguntas. Estaba harta. Harta de vivir en una sociedad en la que las mujeres, tengan la edad que tengan, se dediquen a lo que se dediquen, sean listas o torpes, guapas o feas, necesitan una protección extra por el hecho de ser mujeres. Ese chico, que la había fastidiado a lo grande con su comentario, no era una mala persona. Ella le conocía desde hacía años y sabe que lo que dijo lo hizo por demostrarle su afecto. Del modo equivocado, pero con un buen fin. Da igual. No volverá a verlo.

Julia siente que se ahoga en la ciudad, que le falta el aire. Sin embargo dentro de ese taxi se encuentra bien. Mira los ojos del taxista a través del retrovisor, van atentos a la carretera, a los semáforos que se empeñan una y otra vez en cortarles el paso. Un hombre discreto el taxista. Y habrá visto y escuchado de todo. Aun así, ni opina, ni juzga. Solo conduce y se guarda sus ideas para él. Esto es claramente lo que hace que Julia se sienta cómoda en ese viaje. Baja la ventanilla y una ráfaga de viento seco choca con su rostro y se cuela violento en su nariz. Cero humedad en el ambiente. Solo frío. Julia sube de nuevo la ventanilla y le pregunta al conductor si tiene que volver a casa pronto esa noche. Quizá podría seguir conduciendo hasta llegar a la autopista. Y continuar por ella hacia el norte. Quién sabe, quizá hasta llegar a Finisterre, donde seguramente estará lloviendo.

Foto y ©: Robb Leahy


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