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23 enero 2018

Leones en Madrid

La noche del pasado sábado conducía bajo la nieve y atravesaba la ciudad en dirección a la nueva casa de mi amiga Marta, según el navegador del coche, a 23 kilómetros de distancia de la mía. Cuando quedaban 16 minutos exactos para llegar, también según el navegador, y la intensidad de la nevada empezaba a inquietarme apareció frente a mí un león. La fiera, con una enorme melena cobriza y brillante refulgió entre la oscuridad de la noche como una estrella; como una fugaz, pues casi al instante desapareció. En ese breve espacio de tiempo hubo ocasión de que nuestras miradas se cruzaran y en sus ojos amarillos vi el reflejo de algo que no alcancé a descifrar.

El lunes por la tarde, ayer, tuve cita con el dentista. Es el único hombre al que le permito hacerme daño, porque es el único que si te lo hace es por tu bien. De hecho pone todo de su parte por no hacértelo, peor aun así estar en sus manos a veces duele. Como ayer. Sentada en aquel ¿asiento? que colaría perfectamente en cualquier película de ciencia ficción de alto presupuesto, cerré los ojos y traté de no pensar mientras el doctor enjugaba una lágrima que corría por mi mejilla sin rumbo fijo. Al notar su tacto abrí los ojos y allí, en el centro mismo de la lámpara que apuntaba directamente a mi cara, reapareció el león. Era muy pequeño o así lo veía yo, pero según avanzaba hacia mí su tamaño iba aumentando. Su melena volvía a resultarme fascinante y algo en sus ojos llamaba de nuevo mi atención. Cerré los míos durante un instante para protegerlos de la potente luz que emitía la lámpara y al abrirlos el león ya no estaba allí.

Esta mañana me ha costado un mundo despertarme. La alarma del móvil se empeñaba en que lo hiciera, pero mi cerebro le plantaba cara y no tenía ninguna intención de perder esa partida. Finalmente, la alarma ganó. Contaba con un tono musical desesperante como arma infalible. Subí a duras penas las persiana con la mano izquierda, mientras con la derecha me frotaba los ojos, animándolos a abrirse. Cuando lo hicieron se encontraron con que al otro lado de la ventana estaba el león.

Su cuerpo poderoso, imponente, me turbaba de alguna manera, pero no me daba miedo. Y eso era extraño. Lo normal sería a todas luces, uno, gritar de terror por encontrarte un animal de ese calibre frente a ti; y dos, gritar de terror al darte cuenta de que estás loca, porque vives en el centro de Madrid y ves leones por todas partes, como si estuvieras de safari en el Serengueti. Sin embargo, predominaba la calma. Podría ser también síntoma de locura ante tal situación, pero eso ya lo analizaría en otro momento. Ahora lo urgente era saber qué tenía el león para mí. Por qué se me aparecía y qué quería decirme. Mirando sus hipnóticos ojos al otro lado de la ventana descubrí que nunca se había aparecido en momentos felices ni de tranquilidad. La copiosa nevada y yo sola al volante, el doctor con su instrumental afilado a mano, esa mañana en la que cualquier opción era preferible a enfrentarme a lo que iba a depararme el día. Al menos a lo que yo pensaba que iba a depararme… Y el león allí, mirándome y transmitiéndome un mensaje; pero ¿cuál?

Fijé mis pupilas en las suyas y al instante me di cuenta de algo. Los depredadores, según he leído en algún sitio y según he visto en un montón de libros y de películas animadas, tienen las pupilas verticales. Es una de las formas que tienen que decirte que te van a atacar. Sin embargo ese león tenía las pupilas redondas, como la entrada perfecta a un negro agujero de gusano. Ahí estaba el mensaje. No todo es lo que parece y aquel león era pacífico, me brindaba protección. De hecho, no había rugido ni una sola vez. Cuando sentí que mi cuerpo se llenaba de una tranquilidad como nunca hasta hoy mismo había sentido, algo así como si un mar en calma me inundara y me transmitiera paz, el león dio media vuelta y desapareció de mi vista a paso lento.

Ahora estoy en mi balcón, dejando pasar la tarde. El día no fue tan malo como lo imaginé al despertarme. Ni mucho menos. Y si lo ha sido no me ha importado, porque yo estaba en paz. De vez en cuando echo un vistazo a la calle, por si doblara la esquina mi nuevo amigo y me visitara. Pero sé que no lo hará. Porque no hay leones en Madrid.

Foto y ©: Kinga Cichewicz


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2 Comentarios

  • 1. Julia (Miss Poessía)  |  25 enero 2018 - 19:58

    ¡Hola, Sandra!

    No conocía este precioso rinconcito, pero las casualidades de la vida me han llevado hoy a descubrirlo y la verdad es que, siendo sincera, ha sido un gran descubrimiento. Me encanta el título, el diseño, el estilo que tiene y, sobre todo – y más importante –, lo mucho que logran transmitir tus palabras. La verdad es que no es nada fácil, en los tiempos que corren, llegar al lector de esa manera. Se nota que escribes desde el corazón y te lo agradezco mucho porque es un placer leerte.

    En cuanto al post, ¡qué maravilla! Me encanta el significado que tienen los leones en la historia, siempre me han parecido animales fascinantes y en este texto tienen mucho sentido. Además, me ha encantado la parte del dentista (Es el único hombre al que le permito hacerme daño, porque es el único que si te lo hace es por tu bien). Muy buena entrada, de verdad, he disfrutado leyéndote.

    Solamente me queda decirte, de nuevo, que ha sido un placer dejarme caer por aquí. Espero pasar más a menudo por este lugar tan mágico porque la verdad es que merece la pena. Te dejo el enlace a mi blog por si quieres echarle un vistazo, pero vamos, que ninguna obligación: misspoessia.com. Yo, con haber pasado por aquí, ya estoy más que satisfecha.

    ¡Un abrazo enorme! ♥

  • 2. Sandra Sánchez  |  28 enero 2018 - 23:50

    Hola, Julia, ¡mil gracias por tus palabras! Qué alegría que te guste el blog y todo lo que me comentas, de verdad. Me he dado una vuelta por el tuyo y me parece precioso (“escribo para saber lo que siento”). Enhorabuena y un abrazo fuerte. ¡Nos leemos! : )

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