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28 diciembre 2017

¿Tú conoces a un gato que se llama Cara Sucia?

La pregunta le pilló por sorpresa. “¿Tú conoces a un gato que se llama Cara Sucia?” “No”, contestó a la niña que esperaba atenta su respuesta. “Ah, qué pena”, dijo justo antes de darse media vuelta y echar a andar toda parsimoniosa, con las manos en los bolsillos.

Entonces, mientras la veía alejarse, también ella puso a resguardo sus manos, pues el fin de año estaba resultando más frío y borrascoso de lo que imaginaban, y empezó a pensar en los gatos de su vida. Pocos, muy pocos en realidad. Ninguno había sido suyo, no habían vivido con ella, quiero decir; pero sí se habían cruzado en su camino en momentos relevantes.

Recordó a un gato persa, precioso, el Mr. Universo de los gatos, si es que ese concurso existiera. Era de Fátima, una buena amiga de la niñez. Y a las dos les gustaba acariciar a aquel gato tan señorial y tan digno, admirar su belleza, del todo indiscutible. Por entonces las dos se sentían pequeñas, poca cosa, con prácticamente nada que ofrecer a la humanidad en su conjunto ni a su entorno en particular. E imaginaban cómo sería la vida siendo tan bonitas como su gato persa. Un día este desapareció. No salía de casa, si bien solía pasearse por el jardín, pero nunca mostró intención alguna de ir más allá de la frontera que suponía para él la pequeña valla de la entrada. Hasta que, como digo, desapareció. El estupor primero y la tristeza después fueron generalizados entre todos los que lo conocían. Y el horror fue tremendo cuando apareció varios días después magullado, sin un ojo y habiendo perdido la mitad de su sedoso pelaje blanco. Ese día todo fue dolor, pero los posteriores, con el gato cada vez más recuperado, las amigas sacaron conclusiones. El hecho es que seguían queriéndolo del mismo modo que antes, cuando su apariencia era deslumbrante. Quizá incluso más. Y descubrieron que el físico no lo es todo, ni mucho menos, y que igual ellas dos sí tenían algo que ofrecer a la humanidad en su conjunto y a su entorno en particular. También es verdad que el gato no pensó lo mismo. Consciente de su tragedia personal no volvió a levantar cabeza.

El segundo gato de su vida era de uno de sus primeros novios y se llamaba Morrissey. Y ella empezó a quererlo justamente por su nombre. Los nombres son importantes. Si te ponen uno bueno ya tienes mucho ganado y eso le pasaba a Morrissey. Él, como no podía ser de otra manera, era callejero. Tenía poquito pelo, parduzco, con rayas difusas, y unos ojos brillantes, que te clavaba cuando quería algo de ti. Tú podías estar de espaldas a él, viendo por ejemplo una serie hipnótica en el ordenador. Pero de pronto tenías que darte la vuelta porque notabas algo en tu nuca. Y ahí estaban, los ojos de Morrissey. De él aprendió que ser insistente es importante. Y que si quieres algo tienes que decirlo. No como hizo ella, que por no decir y por no hacer se quedó sin novio y sin Morrissey un día de diciembre frío y soleado de hace alrededor de un millón de años.

“¿Tú conoces un gato que se llama Cara Sucia?” La pregunta se la había hecho una de sus pequeñas alumnas. Porque ella aprendió las lecciones de sus gatos y ahora sabe que hay que ir con dignidad por la vida y tratar de conseguir lo que una se propone. Por eso se hizo maestra, que era su vocación desde niña. Y por eso ganó en confianza y le da lo mismo tener pareja o estar sola, mientras ella se sienta feliz, o al menos en paz consigo misma. Y aunque digan que la curiosidad mató al gato ella ahora corre en busca de su alumna. Quiere conocer a Cara Sucia, porque su nombre y su aspecto le intrigan. Y necesita saber qué nueva lección guarda para ella.

Foto y ©: Japhnet Mast


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3 Comentarios

  • 1. Lluvia  |  8 enero 2018 - 16:42

    Fantástico relato, Sandra. Muy original, me encanta.

    Besos

  • 2. Nuria  |  13 enero 2018 - 01:28

    Me ha gustado un montón, Sandra. Y cómo avanzaba la historia a través de los gatos. Me ha flipado, jejeje.

  • 3. Sandra Sánchez  |  16 enero 2018 - 15:33

    ¡Gracias, Nuria! 😉

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