Twist and shot » Luminiscencia

2 diciembre 2017

Luminiscencia

Ayer fue el Día Mundial de la lucha contra el sida y tuve el honor de participar en un concierto/recital en la preciosa librería madrileña Nakama. Lo recaudado con la entrada irá a parar íntegramente a la ONG ImaginaMas, que hace un gran trabajo de información y apoyo sobre temas relacionados con la salud sexual. Mi pequeña colaboración consistió en leer un relato de ficción que escribí con mucho amor para la ocasión, aquí lo tenéis, un poquito más largo de lo habitual. Espero que os guste.

Luminiscencia: propiedad que tienen algunos cuerpos de emitir luz sin elevar su temperatura. Siempre me gustó la palabra. Por su sonoridad, por su fluidez, por tener 13 letras, qué sé yo, el caso es que es una de esas palabras que resultan especiales sin ningún motivo aparente, pero que cuando las escuchas las sientes como propias y te confortan. 

Unos años atrás viajé a Puerto Rico. Era mi luna de miel y volé hasta el paraíso, literalmente. Allí las playas apenas tienen olas, su agua cálida es no ya cristalina, sino transparente; vas viéndote los pies a medida que te adentras en el mar y puedes observar cómo decenas de peces pequeñitos juegan con ellos y te hacen cosquillas. Las horas pasaban lentas aquellos días, al igual que es la vida en la isla, pausada, como si no hubiera nada urgente que hacer.

De hecho, para mí no lo había, más allá de la urgencia del amor que se presentaba a cada rato. Una vez satisfecha y a la espera de que volviera a surgir, paseaba con mi flamante marido por la playa, conducíamos hasta San Juan para caminar por sus preciosas calles coloniales, cenábamos arroz con gandules, un plato típico que me encantaba pedir, simplemente por darme el placer de pronunciar su nombre tan simpático. Y bebíamos piña colada sin límite y bailábamos hasta que la urgencia del amor de la que hablaba antes nos llevaba de vuelta a nuestro hotel. 

Una noche mi marido quiso darme una sorpresa. Contrató una excursión insólita. Todo lo que yo sabía era que tenía que presentarme a las 22 horas en ropa de baño y con una chaqueta en el muelle por el que habíamos paseado el día anterior. Así lo hice. Allí me esperaba él junto a un hombre enorme y atlético, que resultó ser el monitor que nos llevaría a un lugar fascinante.

Mi marido (qué raro se me hacía todavía llamarle así) y yo subimos a un kayak y el monitor a otro. Y empezamos a remar tras él. Nos adentramos en unos manglares tenebrosos, la oscuridad era total. El silencio de la noche era roto constantemente por sonidos de animales exóticos, del todo desconocidos para mí.

Preferí no pensar que me daban miedo, aunque me lo daban, y dejé que ese pensamiento pasara por mi cabeza como una nube, hasta desaparecer. Me concentré en el ruido de los remos contra el agua tranquila, ese sí era un sonido perfecto, relajante incluso. Y así seguí, remando lentamente, hasta que llegamos a una laguna redonda. Al adentrarnos en ella el monitor, Claudio, se llamaba, levantó sus remos y nos pidió mediante gestos que hiciéramos lo mismo. A continuación me dijo, susurrando: “quítate la ropa y salta al agua”. Yo creí no haber entendido bien. Pero él me lo confirmó asintiendo. Miré a mi marido, que mostraba una sonrisa enorme y confiada y no me lo pensé más. Bajé la cremallera de mi chaqueta en plan ceremonioso, me quité también las zapatillas, que a estas alturas estaban caladas, y salté. Entonces ocurrió un milagro. Todo a mi alrededor se llenó de luz. Yo grité de sorpresa y de alegría, no me pude contener.

Estábamos en una laguna bioluminiscente, lo supe al momento. Miles, no, qué va, millones de microorganismos se iluminaron con el movimiento que causé al sumergirme en el agua. Nadé, chapoteé entre risas, buceé y volví a subir a la superficie mientras la laguna entera brillaba con un color imposible, eléctrico. Busqué la cara de mi marido, vi que él era feliz con mi felicidad y supe que nunca podría olvidar aquel momento. Esa noche concebimos a nuestro hijo. 

A la vuelta del viaje, en Madrid, sentía aún el halo luminiscente conmigo, una energía preciosa que se gestaba dentro de mí y que me hacía sentir plena, como nunca lo había sido. Unos días después fui a hacerme los primeros análisis del embarazo. El bebé estaba perfecto, todo iba bien con él, pero había que repetirlos. La cara de mi doctora me desconcertaba, no era capaz de interpretar qué había tras ella, qué escondía, pero una alarma se encendió en mi cerebro y en mi corazón. Y la bomba explotó cuando me dijo que el VIH había salido positivo. Repetimos los análisis, aunque yo sabía que el resultado sería el mismo, que no había vuelta atrás. Recordé a aquel chico con quien pasé un par de noches unos meses antes de casarme. Fue una especie de despedida de mi vida pasada antes de dar la bienvenida a la futura. Con aquella aventura yo quería decir adiós a mi libertad y lo que hice fue perderla. Al menos fue lo que pensé cuando me dieron aquellos resultados. 

Las cosas a partir de ahí sucedieron muy deprisa. Mi marido de revista desapareció del mapa, se hizo humo. Después de pasar un miedo atroz hasta que le confirmaron que él no tenía el virus se fue de mi vida como si tal cosa, como si no me hubiera querido nunca, como si nuestro amor hubiera sido un sueño y acabara de despertarme. Aquellos primeros meses yo seguí viviendo por inercia, pero poco a poco, muy lentamente, todo se fue poniendo en su lugar. Mi hijo vino al mundo por cesárea sano y divino, con los ojos abiertos y sin necesidad de llorar. Y llenó mi vida de luz. 

Han pasado diez años desde entonces. Mi tratamiento funciona y ya ni siquiera tengo bajones emocionales, hace tiempo que dejé de sobrevivir para empezar a vivir de nuevo. No hago planes más allá de una semana; pero no por nada, sino porque quién sabe qué puede pasar mañana, las cosas cambian de un momento a otro y la verdad es que me gusta que sea así, me parece perfecto. Digo no a la rutina, me niego a caer en ella.  

Hoy es el cumpleaños de mi hijo. Una década juntos, la más intensa de mi vida. No por el virus, por él. Hemos salido a celebrarlo, hemos dejado atrás la nube tóxica que es Madrid y nos hemos escapado a la sierra, ha sido un día magnífico. Dejamos el coche a media mañana a la entrada de un camping cercano a El Escorial y comenzamos a caminar entre los árboles, robles, cedros, algún castaño, sin rumbo fijo. Llegamos a un merendero, donde abrimos nuestras mochilas y nos dimos un buen homenaje, hasta un pastel llevábamos para que el niño soplara sus diez velas. Aplaudimos los dos como locos, nos abrazamos, nos besamos, recogimos y emprendimos la marcha.

Avistamos pájaros, a él le encantan las aves y se las conoce todas. Y las horas, como ellas, volaron. Al atardecer encontramos una terraza en lo alto de una colina, un bar pequeñito, muy pobre, en el que ni agua tienen, porque no llega hasta allí, sólo han podido ofrecernos refrescos y café de puchero. Él se ha pedido un zumo y yo un café. Y aquí estamos. Felices.

Acaba de anochecer y aún no han encendido las luces de la terraza. Sin embargo, algo llama mi atención. Levanto la vista y no puedo reprimir un grito, como me pasó diez años atrás. Sobre mi cabeza y sobre la de mi hijo veo brillar a las luciérnagas. Su luz mágica me inunda. Y me siento en casa, a salvo.


Etiquetas: , , , , , , , , , ,

1 comentario

  • 1. koh samui  |  2 diciembre 2017 - 13:32

    Me gusta leer Gracias.

Deja un comentario

Requerido

Requerido, (permanecerá oculto)


7 − = cero

Subscríbete a los comentarios vía RSS