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14 noviembre 2017

El (des)encuentro

A veces tienes un montón de ases en la manga, pero no sabes a qué juegas. La frase no es mía (ojalá), es de Joan Didion. Y desde que la leí hace un par de días me tiene dándole vueltas a varios temas: ser consciente de tus oportunidades, estar en el sitio justo en el momento adecuado, conocerte a ti misma, tener claras tus opciones, estar atenta a todo…

En esto pensaba ayer cuando recordé una historia. Bueno, no es cierto, no la recordé, me la inventé en ese momento. Era la historia de una chica adicta a la lectura y, por extensión, a las librerías, esos templos llenos de magia en los que es imposible aburrirse y donde la percepción del tiempo cambia por completo y se vuelve irreal. Esa chica visitaba aquella librería casi a diario. No tenía mucho dinero, había perdido su trabajo hacía unos meses y no encontraba otro de su rama, por lo que tiraba de su colchón de pequeños ahorros y de momento se negaba a buscar empleos que no tuvieran que ver con su vocación. No sabía exactamente cuánto tiempo más podría estar así y como le daba miedo que no fuera mucho trataba de no pensarlo.

Entre los libros se imaginaba en otros mundos, protagonizando otras vidas, tan distintas a la suya; no siempre más felices, a veces desoladoras, pero siempre apasionadas. Le resultaba imposible no sumergirse en ellas, bucear en las almas de los personajes hasta sentirse uno de ellos y verse a sí misma paseando por sus ciudades, vistiendo sus ropas, respirando el aire del mar o el de la montaña, en la época actual o en otras que dejamos atrás hace siglos.

Una de esas tardes ojeaba una novela sobre una historia de amor en Tokio. A ella siempre le ha fascinado Japón, por lo que en cuanto vio entre las novedades de la semana la portada blanca con una pagoda grabada la abrió a ver de qué trataba.

Tanto le interesó lo que leía, en ese momento y cada tarde, desde que visitaba la librería, que no se percató de que no era la única cliente asidua. También entraba a diario en ella un fotógrafo. Uno de estos modernísimos, que hacen fotografía profesional con el móvil y que tienen un éxito descontrolado, total.

Al fotógrafo la vida le sonreía, como si quisiera posar para él, y sin embargo él sentía que algo se le resistía, notaba una ausencia. La librería le interesaba más que por sus libros (la sección de fotografía se la tenía ya de sobra trillada) por su arquitectura. El lugar había sido anteriormente un palacete y conservaba un encanto indiscutible. Tenía techumbres de madera, alguna bóveda artesonada, puertas antiquísimas que eran obras de arte en sí mismas… Y él se dedicaba a fotografiar cada detalle olvidándose, como le ocurría a la lectora, del tiempo.

A lo largo de varias semanas ambos coincidieron en el mismo lugar a la misma hora durante bastante rato. Los dos sentían un cierto vacío, pequeño, apenas perceptible, en su interior. Y sin embargo nunca se vieron, por lo que no pudieron llenarlo. El librero, un tipo encantador, entrado en años y que ya había visto de todo entre las paredes de su negocio, fue el único que se dio cuenta de lo que allí estaba pasando. La lectora sin trabajo y el fotógrafo de éxito tenían todos los ases en sus respectivas mangas. Pero no sabían a qué estaban jugando. Y apoyado en su viejo mostrador decidió que él no era quién para intervenir y decírselo. Por lo que así siguieron, sin cruzar una sola mirada, un día tras otro, hasta que uno de los dos se cansó de ir a la librería y el destino decidió dar su oportunidad perdida a otros.

Foto y ©: P.J. Accetture

Listen while you look…


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2 Comentarios

  • 1. aran  |  15 noviembre 2017 - 09:50

    Ay, las oportunidades… el momento adecuado en el sitio adecuado.. es complicadillo

    Me ha encantado el relato.

  • 2. Sandra Sánchez  |  15 noviembre 2017 - 10:21

    Es complicadillo, sí… Muchas gracias, Aran, me alegra que te haya gustado : )

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