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12 septiembre 2017

Crónica de un viaje incierto

Los viajes dan para pensar mucho. Para observar, para imaginar y para coger ideas que quizá se materializan unos días más tarde en un blog, como es el caso.

En julio volé a Gran Canaria. Allí iba yo con mi sombrero de paja, las gafas de sol colgadas y un libro en el bolso, como una turista típica en busca de sol y playa. Ya en mi asiento leí unas cuantas páginas de la novela, que no cumplía tanto como prometía y me dediqué a observar al resto del pasaje; bueno, al que me pillaba más a mano.

Me centré en una pareja más o menos de mi edad. Por ver sus gestos, oír algo de su conversación, me pareció claramente que estaban iniciando su relación. Era su primer viaje juntos segurísimo. Y para no ser además de una turista típica una curiosa descarada alejé mi atención de ellos con la sonrisa puesta, porque el amor estaba, literalmente, en el aire.

Pensé entonces que emprender un primer viaje con alguien a quien amas y a quien aún no conoces demasiado es como que te pidan que cortes el cable rojo o el azul, sabiendo que sólo uno desactiva la bomba y que para ti la única diferencia entre ellos es el color. La cosa puede ir muy bien o muy mal.

Es verdad que a veces, como en el caso de la pareja del avión, cuentas con bastantes cosas a tu favor: la persona que tienes al lado obviamente te gusta, tú a ella también, es verano, vas a un lugar tirando a paradisíaco, estáis de vacaciones… Vamos, que en realidad parece que la balanza se inclina hacia el lado bueno, que incluso tienes unas nociones sobre desactivación de bombas, aunque sean básicas.

¿Qué puede fallar?

Todo. Puede fallar todo. No sé qué les pasó durante aquellos días al chico y la chica que viajaban junto a mí, pero a la vuelta volvimos a compartir vuelo y parecían otros. No más felices, no más unidos. Todo lo contrario. Debieron de haber pasado unos días espantosos juntos, porque ni se miraban ni se hablaban. Ella estaba visiblemente enfadada, él triste. El gesto de la chica mostraba un desprecio absoluto hacia él, que se hacía pequeño por momentos y no veía la hora de aterrizar en Madrid, seguramente para irse a su casa y terminar con aquel suplicio. Estar sentado junto a alguien con quien no quieres estar y que no quiere estar contigo durante casi tres horas, más los días anteriores, claro, debe de ser muy desagradable. Empaticé con él, porque ella no parecía necesitar que nadie lo hiciera. Quizá fuera la damnificada, no tengo ni idea, pero quien estaba pasándolo mal era él.

Le puse cara de circunstancias y me sonrió levemente. Luego miré hacia delante y pensé que a veces viajas al paraíso y te lo encuentras en obras. Y también pensé que al amor se viaja en primera clase y se vuelve de él en turista. Y como estas dos frases me gustaron las anoté para utilizarlas en algún post en el blog.

Puse mi asiento en vertical, me abroché el cinturón y vi los títulos de crédito de la película que terminaba de ver mi compañera de asiento. Bajé del avión, recogí mi maleta de la cinta y contemplé cómo delante de mí el chico arrastraba la suya hacia la salida del Metro mientras ella se dirigía a la parada de taxis. Parecía ligera de equipaje.

Foto y ©: Tim Gouw

Listen while you look…


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