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12 junio 2017

Las montañas rocosas de Utah

El verano avanzaba implacable en la ciudad. La primera ola de calor de la temporada había llegado antes de lo previsto y de forma voraz, arrasando con todo y sin intención de marcharse. Mónica no soportaba las altas temperaturas, siempre había sido especialmente sensible a los cambios de estación, no le gustan los extremos, le hacen sentir débil, casi ponerse enferma.

Esa mañana de junio salió de su cueva, como ella llamaba a su casa y se acercó hasta la farmacia en busca de unas vitaminas, las que fueran, algo que levantara su ánimo, que le ayudara a sobrellevar el calor en particular y la vida en general. El dependiente la miró de arriba abajo con gesto condescendiente y ella se quitó las gafas de sol para sostenerle la mirada. Una cosa era que se encontrara baja de moral y otra muy distinta permitir que cualquier desconocido sintiera pena por ella. Pero la luz del halógeno de la farmacia le resultó cegadora, así que dejó de lado su dignidad para volver a ocultarse tras sus gafas. Ya habría otras ocasiones.

Regresó a casa y abrió el buzón con la intención de tirar directamente a la basura la propaganda sin mirarla. No contaba con que encontraría una carta, con su sobre y su sello, como hacía años que no recibía, desde el otro lado del mar. Subió las escaleras hasta su puerta de forma inconsciente, con la vista fija en la carta sin remitente y preguntándose quién la enviaría. Cuando la abrió alucinó aún más.

Quince años atrás, al terminar sus estudios de Geología, contactó con uno de sus primeros profesores, que tras finalizar aquel curso había dejado la docencia para hacer trabajo de campo, nada menos que en Wasatch Mountains, las montañas rocosas de Utah. Ella le escribió solicitando que la admitiera en su grupo de investigadores, pero al no recibir respuesta lo entendió como una negativa y con el tiempo lo olvidó. Ahora Mónica era comercial en una multinacional y vivía holgadamente, pero con la tristeza íntima de haber abandonado su vocación.

El hecho es que aquel profesor sí contestó y su carta llegaba hoy a su buzón; también era un milagro que ella siguiera viviendo en su casa de estudiante, que no hubiera cambiado de dirección. Cosas así no le pasan a todo el mundo, Mónica lo sabe y tampoco pasan por casualidad, está segura. En dos semanas tendría vacaciones y aún no había hecho planes. Ahora ya tenía uno que iba cobrando fuerza y espacio en su cabeza a medida que pasaban los minutos, no digamos las horas.

Entró en Google. Big Cottonwood Canyon, Wasatch Mountains. Sí, un lugar tan fabuloso como en su momento lo imaginó; naturaleza pura con rocas, sus amadas rocas, por todas partes, queriendo contarle cosas. La montaña te da una lección de vida tras otra, te enseña que la felicidad está en el camino, más que en llegar a la cima, te acoge como parte de un todo, te ayuda a resistir, a abrir los sentidos como en ningún otro lugar puedes hacer, te conecta de nuevo a la tierra, con todo lo místico que esto pueda sonar, te recarga de energía sin necesidad de electricidad.

¿Seguiría trabajando en aquel paraíso su profesor? Haría como él, iría hasta allí para comprobarlo. Compró por internet un billete carísimo y lleno de escalas antes de llegar a su destino. Y mientras volaba comprendió que al tratar de buscar a su viejo maestro en realidad se buscaba a sí misma. Y que se iba a encontrar. Cuando el avión de American Airlines estaba a punto de aterrizar en el aeropuerto internacional de Salt Lake City Mónica abrió su bolso, echó un vistazo al pequeño bote de vitaminas que portaba en él y supo que no las necesitaría más. La fortaleza la llevaba ya consigo. Y si aún no era así al cien por cien la montaña le proporcionaría la que le faltara.

Foto y ©: Benjamin Combs

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