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1 junio 2017

On the Radio

Como un relámpago en la noche, un soplo de brisa en el desierto, un aguacero en verano. Así se sintió Sol cuando la escuchó reír. Su risa no era común, tenía algo de especial, era única, como única tenía a la fuerza que ser ella. Sol dijo una tontería y ella se rio y desde entonces tiene grabada a fuego esa carcajada en su cerebro, también en su corazón, sí.

Comenzaba el buen tiempo y la temporada de conciertos al aire libre. Hablamos de los 80, nada de festivales, sólo actuaciones de un solo artista o grupo, a veces con telonero. Tenía su encanto, mucho más seguramente que las congregaciones multitudinarias actuales, con días y noches seguidas para escuchar a una banda tras otra, algunas interesantes y otras no.

Entonces cuando ibas a un concierto lo hacías porque quien tocaba te gustaba y llegabas al recinto con las canciones más que aprendidas. Ella llegó a la gran explanada con su grupo de colegas; Sol, sola. Sus amigos no tenían sus mismos gustos musicales, pero eso no era un problema, nunca le dio apuro acudir a los sitios sin compañía. Se llamaba, se llama, Sol, pero su nombre no hace referencia al astro rey, la bautizaron Soledad.

Sus padres eligieron bien sin saberlo. O quizá ella se vio impulsada por su propio nombre a vivir una vida en singular. El hecho es que a diferencia de otras personas, que en cuanto están solas se agobian, ella lo disfrutaba mucho y siempre se ha sentido bien consigo misma.

En aquel concierto de principios de verano se conocieron dos tímidas y ya no se separaron durante años. Entre tanto intercambiaron cintas que compraban o que grababan ellas mismas con sus canciones favoritas de la radio. Las ponían en sus radiocasetes último modelo y pasaban horas escuchándolas y comentándolas teléfono en mano. Entonces nadie los llamaba fijos, porque no había móviles.

La música une vidas y sin embargo no las separa. Las separan otras cosas, todo tipo de experiencias o de circunstancias, pero la música jamás. Los primeros acordes de una canción, un riff inspirado, un solo de guitarra o de armónica… pueden hacerte vibrar con tanta intensidad que si son dos las personas que sienten así pareciera que un poderoso imán las atrajera e hiciera que todo entre ellas fluyera con una naturalidad pasmosa. No hace falta ni hablar, aunque se hable, sólo hace falta dejarse llevar y saberse en sintonía.

Esto fue exactamente lo que a ellas les pasó, se hicieron las mejores amigas sin necesidad de utilizar demasiadas palabras. ¿Y qué pasó años después? Entonces fue cuando se les acabó la música y se distanciaron; al principio poco a poco, de forma casi imperceptible; cuando se dieron cuenta hacía meses que no se veían. Las dos retomaron sus vidas en singular, volvieron a buscar o a encontrar sin buscarlos nuevos acordes que las llenaran de energía y de emoción renovadas. Esos años fueron un paréntesis para las dos, un océano pacífico de luz, un saberse en casa, arropada, si al lado estaba la otra.

Ahora, 30 años después, a veces, cuando está triste, Sol recuerda su risa, su carcajada abierta y libre. Y recreándose en una nostalgia que ya no duele se siente mejor. Entonces pulsa el Play de su vieja radio y todo, al menos durante los pocos minutos que duran las canciones, se vuelve música.

Foto y ©: Eric Nopanen

Listen while you look…


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