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25 abril 2017

El Café Kahvipuu

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En el café Kahvipuu no se pone el sol. No es una frase hecha, es así, literal, ya que se encuentra en Finlandia, justo por encima del círculo polar ártico y si bien en invierno la luz se echa tanto de menos que si no has nacido allí duele, en verano hay un día entero de sol, 24 horas con las que la naturaleza intenta compensarte ese dolor.

Martina visita a menudo el café Kahvipuu. Siente en él el confort que necesita. No es consciente de que lo necesita hasta que se encuentra allí y se nota arropada. Peter, el encargado, le ofrece siempre una taza de café bien caliente, ya ni se la ofrece, se la sirve al verla entrar, cosa que a Martina le encanta. Y se sienta sola en una mesita para dos frente al gran ventanal, viendo a los vecinos pasear alegres, disfrutando de los preciados rayos de sol sobre sus pieles blanquísimas.

En el Kahvipuu Martina alimenta su espíritu, más que su estómago, contemplando los maravillosos pasteles expuestos en su mostrador. Tartas de varios pisos esponjosas y coloridas, con unas decoraciones delicadas e imposibles, propias de un artista, como es Peter, el maestro de la crema de mantequilla.

Frente a su café y mientras no espera nada, o quizá lo inesperado, Martina piensa en su madre. Recuerda la admiración que sentía por ella cuando era una niña, porque de las compañeras de su clase (entonces muchos colegios, entre ellos el suyo, no eran mixtos) su madre era la única que trabajaba fuera de casa. A ella le encantaba que mientras el resto de mamás desayunaban juntas tras dejar a sus hijas en el colegio y luego iban a casa a seguir con sus labores su madre acudía a una oficina y se convertía así en una madre moderna. Ese era el concepto que Martina tenía de la modernidad, su madre en una oficina. Ahora sonríe al pensarlo, pero en el fondo cree que no andaba tan desencaminada.

Peter ve a Martina más ensimismada de lo habitual y se acerca a ofrecerle unas galletas de jengibre. “Siempre reconfortan”, le asegura, “y aunque en mi opinión combinan mejor con el té puedes disfrutarlas igualmente con tu café solo, sólo hay que atreverse”, añade mientras le guiña un ojo.

Ella sonríe, mordisquea una galleta, realmente deliciosa y observa a Peter volver tras la barra. No sabe nada de la vida de ese pelirrojo desgarbado y encantador. Rondará los 50, aunque sus pecas parecen más las de un niño que las manchas típicas de la piel de un hombre maduro; están como fuera de lugar, o resistiéndose a abandonar su rostro, pasen los años que pasen. Son la prueba fehaciente de que en él sigue presente el niño que fue, que no va a dejar de ser.

Peter conoce la vida de sus clientes o, lo que es lo mismo, de todos los habitantes del pequeño pueblo finlandés, a través de sus pedidos: un termo de café y dos croissants para la imparable Inge; café con leche muy espumoso para el bon vivant Jukka; café solo muy caliente para… Martina. Ella le sorprende, porque no sabe leer qué hay exactamente detrás de su rostro, cuál es su historia, qué ha hecho que esa española haya dejado su tierra cálida para aislarse más allá del círculo polar. Jamás le preguntará, su carácter finés se lo impide.

Detrás de ella, ni la misma Martina sabe lo que hay. Solamente que en algún momento de su vida algo se rompió, se sintió ¿engañada? Estafada, más bien. Creyó poseer una libertad que en realidad no tenía, porque eran otros quien se la otorgaban, sin que ella lo supiera.

Su madre le enseñó a no depender económicamente de ningún hombre (ojalá hubiera dejado caer que emocionalmente tampoco), a perseguir sus sueños, a luchar por sus objetivos, a seguir siempre adelante. Creyó en todo eso a pies juntillas y vivió en una especie de burbuja convencida de que en la vida todo estaba al alcance de su mano y todo era posible. Se equivocó muchas veces, siempre por desconocimiento, de forma inocente, pero metiendo la pata a fondo, por saltar en los charcos. Amó sin medida, sufrió el amor también de forma exagerada, todo en ella fue excesivo y lo asumía, porque era libre, también de equivocarse.

Cuando estas equivocaciones o experiencias de vida, como quieras decirlo, empezaron a llamar la atención de su entorno Martina vio cómo su mundo empezaba a derrumbarse. Sus amigas no veían bien que no se centrara, su jefe mucho menos que fuera tan perfeccionista en el trabajo y que no pasara ni una de nadie o que pretendiera ascender, su pareja que quisiera viajar sola; y llegado el momento, vio en el rostro de su madre la decepción cuando decidió romper su relación sentimental de tantos años. Comprendió entonces que era libre sólo hasta cierto punto, que la liberación de la mujer era una frase con puntos suspensivos, aún por terminar, que la sociedad en que vivía estaba a años luz de lo que consideraba el mundo civilizado y que sin duda ella se había pasado de moderna.

Entraba en la mediana edad y conocer todo esto supuso un shock vital importante para Martina. Se encerró en su pequeño apartamento madrileño y desconectó el móvil y el ordenador. No volvería a su trabajo, aparte de eso no sabía qué más hacer. Se dio unos días para pensar, los que fuera necesarios. Y lo hizo, pensó mucho pero no llegó a grandes conclusiones. Sólo a una: ella ahora no podía cambiar de forma de ser, de pensar o de vivir. Era el resto del mundo quien se había quedado atrás, no ella.

Y buscó un lugar en el que encajar, un lugar extremo, como parecía que sin saberlo era ella, extrema. Lo encontró en el norte de Finlandia, donde el clima y la naturaleza son tan brutales que resultan difíciles de digerir incluso para quienes han pasado allí toda su vida. También por esa brutalidad a Martina le resultaron increíblemente atractivos y bellos y decidió quedarse. Sólo lleva unos meses allí, llegó a principios de primavera y en seguida se hizo asidua al Kahvipuu, no en vano el café caliente ayuda a romper el hielo. De momento no conoce a mucha gente, únicamente a un par de vecinos y a Peter. No tiene prisa, por ahora le basta con seguir conociéndose a sí misma y dormir tranquila mientras fuera sigue brillando el sol, ajeno a los biorritmos humanos, marcando su propia pauta.

Mañana será un nuevo día en el norte de Finlandia, pero será un día de verano y allí, en el café Kahvipuu estará Martina, contemplando su reflejo en el cristal iluminado por el sol de medianoche y tratando de reconocerse en él. Esperando nada, o quizá lo inesperado.

Foto y ©: Seemi Samuel

Listen while you look…


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7 Comentarios

  • 1. Cris  |  26 abril 2017 - 09:47

    Acabo de descubrir tu blog y me ha enamorado. Diferente, romántico y tan bien escrito!
    http://heelsandpeplum.com

  • 2. sandrawriting  |  27 abril 2017 - 13:05

    Muchas gracias, Cris, ¡bienvenida! : )

  • 3. Belen  |  26 abril 2017 - 12:27

    Una review genial me han dado ganas de conocerlo!!!

    NUEVO POST: https://lotofdots.wordpress.com/2017/04/25/trend-alert-wicker-basket/

    Besos y que tengas un buen día

  • 4. María Pérez Granado  |  27 abril 2017 - 17:49

    Yo también acabo de descubrirlo y me ha gustado mucho!

    Nuevo post en mi blog: https://pergrablog.wordpress.com/2017/04/12/123/

  • 5. sandrawriting  |  28 abril 2017 - 18:59

    Me alegra mucho, María, ¡gracias! ¡Bienvenida! : )

  • 6. Montse  |  30 abril 2017 - 11:26

    Una mañana lluviosa en Barcelona, y no sé cómo llegué a tu blog, Me gusta mucho. Sigue escribiendo… la música estupenda, junto con las fotos. Dejaré artículos para mañana. Gracias!

  • 7. sandrawriting  |  5 mayo 2017 - 12:58

    Gracias a ti, Montse. Qué bien que lloviera esa mañana en Barcelona. ¡Bienvenida! 😀

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