Twist and shot » Las coleccionistas de monedas

27 marzo 2017

Las coleccionistas de monedas

Dicen que el número tres tiene algo de místico, que encierra el simbolismo del triángulo, lo mental, lo físico y lo espiritual, todo en uno; y además es primo, lo que siempre imprime carácter. Todo número tres es perfecto, sentenció Virgilio.

El tres también era el número ideal para las amigas de las que hablamos. Ellas no se imaginaban de otra manera que no fuera juntas. Pasaron su infancia y su adolescencia veraneando en la misma urbanización, muy cerca de una pequeña playa del norte. Allí tomaban el sol, cuando hacía sol, año tras año y las olas que las bañaban las vieron crecer, a unas más que a otras, también es verdad. La mayor de las tres, aunque no se llevaban mucho, pues habían nacido en el mismo año, siempre fue la más bajita.

Los días de tormenta, que en verano en aquella zona eran muchos, se colgaban al cuello sus cámaras de fotos y salían a la aventura, cambiando el mar por el campo. Les encantaba capturar los pequeños detalles. No les interesaban los paisajes, ni las puestas de sol, que solían ser bellísimas, ni mucho menos los amaneceres. Preferían fotografiar algún pequeño insecto posado en una hoja, una piedra con una forma especial o los anillos de un árbol recién talado.

También cerca de aquel pueblo típico de veraneo había una vía muerta de tren. Bueno, ahora está muerta, cuando ellas la recorrían aún pasaba algún que otro carguero que se anunciaba con un inolvidable silbido desde la distancia. Entonces ellas se alejaban de la vía, no sin antes dejar una moneda sobre el raíl, para recogerla, mucho más lisa y brillante, después de que el tren pasara sobre ella.

Coleccionaban esas monedas, las tenían de todo tipo y pensaban que en algún momento tendrían algún valor y podrían exponerlas y contar las experiencias que vivieron asociadas a cada una de ellas. Por supuesto esto nunca ocurrió y nadie se interesó jamás por sus monedas. Han aparecido ahora, dentro de un tarro de cristal, en la casa de la playa de una de las amigas; de la más bajita, la mayor.

Es la única de las tres que conserva el apartamento en la urbanización, ahora ya semi abandonada y absolutamente retro. Y acaba de llegar a él para instalarse y comenzar una nueva vida, llena, qué paradoja, de viejos recuerdos. Le gustan más los viejos recuerdos que los recientes, que son precisamente de los que huye. No sabe si le resultará fácil darles esquinazo, pero lo va a intentar. Y cree que el bote de monedas atropelladas por el tren le traerá suerte; se agarra a ese tipo de cosas y confía, cada uno es como es.

Echa de menos a sus amigas, llevaba mucho tiempo sin recordarlas, pero desde que llegó a su casa de la playa piensa mucho en ellas. Se perdieron la pista cuando dejaron de pasar allí los veranos, primero una, luego otra y después la tercera, deslumbradas por nuevos planes en sus respectivas ciudades y por los viajes que les iban surgiendo. No pasó nada concreto que las alejara, mas que la vida.

No va a intentar contactar con ellas, cree que no tiene sentido. Sólo confía en que les vaya bien y sean felices, como ella misma también espera volver a serlo. Tiene la sensación de que va a ser así y de que sus trayectorias ahora deben seguir siendo paralelas, como las vías del tren.

Desempolva su cámara de fotos, comprueba que está perfecta, y se lanza a la aventura, esta vez en solitario. Lo primero que va a intentar capturar es un amanecer.

Foto y ©: Seth Doyle

Listen while you look…


Etiquetas: , , , , , , , , ,

2 Comentarios

Deja un comentario

Requerido

Requerido, (permanecerá oculto)


siete − = 2

Subscríbete a los comentarios vía RSS