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13 marzo 2017

El mercado de vinilos

Salir a la calle para no quedarte en casa. Es una tontería; o no, porque para Estela tiene todo el sentido y ese pensamiento se ha convertido en un mantra. Salir, salir, evitar la sensación de enclaustramiento que tanto le agobia. Su casa ha dejado de ser refugio para convertirse en cárcel, en el lugar en el que no se reconoce, que le es hostil, aquel en el que no puede respirar.

Hace un tiempo todo era diferente, ella era la mujer más casera del mundo, podía pasarse días enteros sin salir de sus 50 metros cuadrados; un apartamento pequeño, sí, en el que veía películas, leía, ponía música a todo volumen sin importarle molestar a los vecinos y cocinaba y quemaba todo tipo de recetas.

Sus amigos la visitaban, aunque preferían salir a comer fuera, está claro. Pero muchos fines de semana se acercaban a verla y charlaban horas y horas en su pequeño salón mientras la música giraba en su viejo tocadiscos y en la atmósfera flotaba la alegría.

Un día todo eso cambió. Fue a raíz de sufrir un robo. Volvió a casa después del trabajo lo que hasta entonces era un lunes cualquiera y al intentar meter la llave en la cerradura ya intuyó que algo horrible había pasado. La casa entera había sido invadida por extraños, lo habían destrozado todo, cosas de valor puramente sentimental, las que más le dolieron a Estela, se veían rotas, violentadas, despreciadas o ya no estaban por ninguna parte.

El ordenador, por algún motivo inexplicable, estaba intacto. Y Estela empezó a odiarlo por eso, porque sólo lo utilizaba para trabajar, era un puro instrumento sin valor emocional añadido. Su tocadiscos, sin embargo, había desaparecido del mapa. Lo buscó por todas partes, pero desesperada entendió que se lo habían llevado. Y con él, toda la música y los buenos momentos allí vividos.

La polícía no le dio muchas esperanzas de recuperar lo perdido. Y así fue, nada volvió al lugar al que pertenecía. Estela vivió los siguientes días en estado de shock, intentando ordenar lo poco que tenía tanto en su casa como en su cabeza y en su corazón, tratando de arreglar pedazos rotos, de recomponerlos y recomponerse.

Hizo todo lo que pudo por sentirse bien, pero sólo lo logró a medias. Y desde entonces se encuentra más segura en la calle. Por eso sale a caminar a todas horas. Si no está trabajando o durmiendo está paseando, pisando asfalto y adelgazando a ritmo de vértigo de tanto andar.

La otra tarde, en uno de sus paseos sin rumbo fijo, algo llamó su atención; un mercadillo al aire libre en el que se vendían discos de vinilo. Le entraron ganas de llorar, pero aun así se acercó a echarles un vistazo y a acariciar el tacto de sus viejas carátulas. Sin quererlo acarició también el de alguien más. Y todo cambió de nuevo en un instante.

Foto y ©: Clem Onojeghuo

Listen while you look…


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