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5 diciembre 2016

En la piel

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Listen while you look…

Era casi invierno, casi. Afuera llovía y el día era gris, el lunes dejaba constancia en las aceras del centro de la ciudad mientras María se despojaba de su abrigo y ojeaba las revistas en la cafetería en la que desayunaba a diario.

Frente a un café humeante y un croissant recién horneado disfrutaba de uno de los mejores momentos del día, que se reservaba para ella, para detenerse siquiera 15 minutos y no pensar en la rutina, en el trabajo agotador, en los emails que debía responder esa mañana o en las reuniones a las que no podría dejar de asistir. Ese cuarto de hora era sólo para sumergirse en la lectura rápida y en las imágenes de un mundo de ensueño, al que no pertenecía y al que ni siquiera aspiraba a pertenecer. Simplemente le gustaba mirar y admirar las fotos de modelos de pasarela caminando por Nueva York o posando en alguna playa exótica al otro lado del mundo.

Contemplar esas fotografías le hacía sentir mejor, la transportaban a otras vidas tan distintas a la suya. Esas mujeres parecían no tener problemas, se mostraban sonrientes y tranquilas, se dejaban fluir, que era algo que María siempre había querido hacer y siempre le había costado lo indecible.

A ella cada problema le supone una preocupación infinita, aunque en realidad no sea demasiado grave. No puede evitar querer tenerlo todo bajo control y eso es una locura, porque es del todo imposible. Lo que depende exclusivamente de ella (ser puntual, mantener sus pagos al día, no faltar a las citas) lo lleva a rajatabla, pero lo que requiere de otras personas para cumplirse… ahí la cosa se complica, porque sabe que no podemos, ni debemos influir así en los demás. Si a ella le gusta saberse libre es justo y lógico aceptar que los demás también lo sean.

Su cuerpo es un revólver y sus tatuajes son muescas. Recuerdos que ha querido dejar marcados para siempre en su piel. No pertenecen a objetos, a lecturas o a viajes. Cada uno de ellos tiene nombre y apellido, son personas que han pasado en su vida y en su momento le hicieron florecer, le provocaron mares de lágrimas o dejaron tras de sí puntos suspensivos.

Le gusta llevarlos consigo, porque por ellos es hoy la mujer que es, para bien o para mal. A veces se detiene a mirarlos y a recordar ya sin dolor, desde la distancia prudencial que afortunadamente ofrece el tiempo. Se recrea un poco en ellos y luego echa un vistazo a la piel libre de tatuajes, en blanco, por escribir, pensando cuál será el próximo, quién dejará la próxima muesca.

Esta mañana de lunes parece que no saldrá el sol en su ciudad. María araña unos minutos de tiempo libre en la cafetería pasando una página tras otra de su revista, ajena a que afuera, al otro lado del ventanal, alguien la observa. Lo hace desde hace semanas, cuando la vio por casualidad desayunando frente a su casa al salir camino del trabajo. En estos días no ha podido dejar de mirar su rostro sereno, con un leve halo de tristeza, sus delgados brazos, sus dedos largos y delicados. También ha tenido tiempo a detenerse en sus tatuajes. Y está decidido a ofrecerle todo lo necesario para que no quiera hacerse ninguno más.

Foto y ©: Milada Vigerova


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