Twist and shot » A la intemperie

25 octubre 2016

A la intemperie

El invernadero / Twist and shot

Listen while you look…

Los días eran serenos y mágicos en el invierno tropical. Vivían los meses más fríos del año, sí, pero el hecho de amar y de sentirse amada convertían la gélida temperatura exterior en eso, en un invierno tropical, acogedor, siempre caldeado. Ahora se daba cuenta de ello, antes simplemente vivía sin pensar en nada, feliz, sin sentir la necesidad de buscar refugio, porque siempre lo tenía a mano.

De un tiempo a esta parte las cosas son distintas. El trópico ya sólo es parte del título de dos novelas de Henry Miller, una postal pinchada con una chincheta en un corcho, una película que pudo ser un gran éxito pero no lo logró.

Ahora se obliga a salir de casa para airear la mente y desentumecer el cuerpo, se abriga seguramente más de lo normal, dejando visible a ojos de los demás únicamente parte del rostro. Lleva gorro, bufanda, guantes, tal es el frío que la invade y pasea por el campo que rodea su pueblo costero, se interna en él hasta llegar a un viejo invernadero, sin duda en desuso, olvidado, con las ventanas rotas a pedradas y completamente hueco. Lo contempla y no siente pena por él, ni compasión, sólo empatía, ese invernadero podría ser ella misma.

Le consuela observarlo, lo imagina en toda su plenitud, poblado de las más bellas plantas y flores, lleno de vida y de color, respirando de forma acompasada como un enorme pulmón de acero. Ahora lo ve vacío y avejentado, pero no está hundido; mantiene, cree ella, un aire de dignidad. Se sabe majestuoso y lleva con grandeza los momentos bajos que vive actualmente, no hay de qué avergonzarse.

Después de detenerse, como cada tarde, como en cada paseo, a observar el invernadero, vuelve a casa sintiéndose algo mejor. De hecho esa vieja estructura metálica de ventanas reventadas le resulta cada vez más magnética y más reconfortante. Así lo creen también en su casa, la ven, con alivio, más animada estos últimos días. Ella les cuenta que se debe al invernadero, causa un efecto calmante en ella.

¿El viejo invernadero? Su madre lo recuerda en sus tiempos buenos, cuando todo el pueblo y mucha gente de la comarca se acercaba hasta él para admirar sus preciosas plantas y para llevarse a casa las más bonitas, que en seguida se reponían por otras aún más bellas. Le cuenta que lleva años en venta. Está tan destrozado que su propietario perdió hace tiempo la esperanza de venderlo, el precio debe de ser irrisorio, pero aun así parece no interesarle a nadie.

Bueno, pues a ella sí le interesaba, nacía en ese instante una compradora. Adquiriría el invernadero una chica a la que se le morían las plantas, pero algo en su interior le decía que eso no pasaría más. Lo pondría a punto, lo haría entrar en calor. Ella también quería conservar ese calor, no soportaba más el frío, se negaba a seguir necesitando tanta ropa, quería volver a ir en manga corta por la vida; si la apuras, en tirantes.

Lo fue adecuando poco a poco, reponiendo las ventanas aislantes al mismo tiempo y ritmo que reparaba su corazón a la intemperie. Y cuando quiso darse cuenta los vivos tonos verdes de la vegetación superaban al gris de la estructura de metal. Dentro de su invernadero todo era color y calidez. No había ni una sola rendija por la que se colara el frío. Lo mismo pasó con su corazón, volvió a sentirse en el trópico; sola, pero en el trópico. Y respiró tranquila.

Foto y ©: Brooke Cagle


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